Las sombras del capitán de dragones

Filip Florian | May 01, 2009
Translated by: Rafael Pisot, Cristina Sava

 

Las sombras del capitán de dragones
            En junio, cuando el solsticio está cerca, amanece más temprano que nunca. Sólo que aquel miércoles, la aurora no se dejó ver. El carruaje cargado de maletas, talegas y baúles se puso en marcha de una breve sacudida, uno de los caballos (una yegua parda y más bien alta), farfulló y empezó a morder las riendas, y el otro (un alazán con una cicatriz en el cuello) hinchió el pecho y, en un cesto de mimbre y con tapa, el gato Sigfrido dio un terrible maullido. El dentista perdió de vista los verdes postigos de la pensión, la puerta maciza, el tonel de agua del patio y el montoncito de margaritas de la verja, pero vio un gato rayado que, a paso ágil y acelerado, huía por el borde de la valla, dando saltos sobre los maderos rotos, empeñado en seguir el ritmo de los caballos. Le pareció hermoso y panzudo. En uno de los cruces, cuando el carruaje viró hacia el sur, el gato debió de cansarse o de trastabillarse en algún charco, porque no volvió a verse y, al cabo de un rato, por las calles que salían de Oberbaumbrücke, Sigfrido dejó de moverse y de maullar como un descosido. Se acurrucó en su cesto con la oreja negra aguzada y el rabo hacia arriba, mientras Herr Strauss, con aquella jaqueca que no lo dejaba en paz, miraba las nubes a través de las ventanas manchadas, los muelles recién levantados, las interminables hileras de edificios a orillas del río Spree, los regueros de humo que brotaban de cientos de chimeneas, el agua mansa en la que se reflejaba un cielo negruzco que anunciaba la lluvia. Pensó en el final de los fogones de tantas cocinas, se vio sacudido con fuerza al cruzar el puente y sintió un vacío en el estómago, tal vez por culpa del zarandeo, o quizá por la cerveza y el champán de la víspera, o lo mismo por la imagen de los salchichones, la corteza de cerdo y la costilla frita en cada una de las casas, o quién sabe si por aquel paisaje que empezaba a desaparecer, como si una mano invisible hubiera borrado las siluetas y los colores de un cuadro suficientemente conocido.
            La tormenta se desató al acabar la mañana, como una hora después de que el dentista consiguiera vomitar y librarse de los mareos. No fueron los truenos ni los relámpagos, para nada vigorosos, los que los obligaron a guarecerse sino las fustigadoras ráfagas, de frías gotas. Hicieron un alto en una venta rodeada de colinas, donde un hombre y una mujer encalaban las paredes y una muchachita desgarbada fregaba sin ganas el suelo. Junto a la ventana, Joseph tuvo tiempo suficiente para observar que, afuera, calado hasta los huesos, el cochero trataba de atar los caballos en un espacioso cobertizo, de taparlos con mantas y de colgarles al cuello alforjas de avena.
            Dentro, el ventero manejaba la brocha a toda prisa y sudaba como nunca (se quitaba el sombrero remendado y se secaba la calva con un trapo), la mujer resollaba y se ponía de puntillas (cosa nada fácil debido a la orondez de su cuerpo achaparrado), la muchacha se movía de aquí para allá, de rodillas, con la camisa por fuera de la pretina de la falda (dejando a la vista un trozo de piel, blanca y llena de lunares, de la espalda). Curiosamente, ni la cal ni la lejía lograban disipar el olor a aguardiente, sidra y humo del cuarto. Un olor fuerte, que le revolvió el vacío del estómago. Luego, a la hora del almuerzo, una anciana trajo sopa de pato y guisantes, y al gato le tocaron los huesos y las ternillas que habían sobrado de unas patitas de pollo. Ni siquiera las tocó.
            Cuando la tierra se oreó un poco, por el viento y aquel sol del mediodía que había engañado a las nubes, la carroza volvió a emprender el camino. Un trote ligero, rápidamente transformado en galope, llevó al doctor en medio de aquel extraño viaje (¿bienaventurado o maldito? no tenía cómo saberlo) un viaje tortuoso y arriesgado, fragmentario y raro, sobre el que empezaba a creer que no acabaría siendo un error irreparable, el viaje más largo de su vida, el único importante, tan importante que a veces lo comparaba con el viaje al otro mundo, pues, a fin de cuentas, se dirigía a un mundo con vegetación o, en cualquier caso, con trigo, con muchos trigales, tal y como le había dicho un comerciante de especias. Seguía las huellas del capitán de dragones como una sombra demorada, copiando sus pasos y movimientos a siete semanas de distancia, reconstruyendo el itinerario, siguiendo sus consejos y gastando su dinero. Tras la epístola de mediados de abril, a la que había contestado apresurado y agradecido, mostrando su consentimiento, Herr Strauss había recibido, un mes y medio más tarde, de manos de un enjuto funcionario, otro sobre, acompañado esta vez de un pequeño paquete envuelto en papel encerado. Usando un abrecartas de mango plateado, había abierto los dos, con cuidado de no romper los sellos de lacre, el uno conocido, por ser de la familia Hohenzollern-Sigmaringen, y el otro nunca antes visto, pero sin duda, el reciente emblema del nuevo monarca. Su antiguo paciente, Kart Eitel Friedrich Zephyrinus Ludwig, recién ascendido al trono de un país de cinco millones de almas, le había mandado un saquito de tabaco de pipa, en el que había escondido tantos gulden, florines y monedas de plata que a Joseph le había entrado el mareo, así como un mapa del continente, sobre el que había trazado con tinta roja un itinerario, marcando con cruces pardas algunos puntos clave. En la carta, le detallaba minuciosamente qué debía hacer para llevar a cabo aquel viaje agotador, sobre todo porque la guerra con Austria estaba a punto de estallar y él, como médico pruso, debía recorrer un territorio hostil, cruzando fronteras y controles enemigos, aguantando sospechas y preguntas escudriñadoras. Se le pedía que ocultara su identidad, cosa que no conllevaba únicamente la adquisición de una documentación falsa, cuestión que había sido esclarecida al detalle, sino algo realmente ridículo como dejar a un lado las menudencias que hubieran podido traicionarle. Joseph Strauss lo había aceptado enfurruñado, hasta con disgusto, y en uno de aquellos días en los que preparaba el equipaje, descosió con una tijerita para la uñas los monogramas cosidos en la ropa interior, rascó con la navaja la letra S de la bolsa del doctor, escondió un diploma y algunos documentos en el forro de piel de un abrigo y, examinando libro por libro, arrancó las guardas que llevaban su firma hológrafa.
            De la yegua parda (para nada tozuda) y del caballo alazán (honesto y trabajador) se separó en la estación de Magdeburgo. Le pagó al cochero su estipendio, dejó que un mozo se encargara de todos los bártulos y, con la cesta de mimbre colgada de un brazo, entró en una taberna que había por allí, al atardecer, cuando una farola verdosa se tambaleaba sobre la puerta. Aunque pidió trucha con nata, para que ambos disfrutaran de la cena, el gato rehusó comer. Once horas habían pasado desde que se habían puesto en camino. Enroscado, con el pelo erizado y las patas delanteras pegadas a los ojos, Sigfrido parecía muy enfermo. El dentista pestañeó, encendió la pipa, dejó escapar unas bocanadas de humo en dirección el techo y le dio un sorbo a un licor de grosellas. Luego pasaron la noche y la primera mañana en el tren, con el traqueteo de las ruedas, con el bufido y los silbidos de la locomotora, con los estivales paisajes del sur, con la imperturbable amabilidad del conductor y la verborrea de un pequeño agente de banca, que visitaba a su hermana en un sanatorio de Graubünden. Apenas en Zúrich, en la buhardilla de un hotel barato, Joseph cogió a su amigo en brazos, lo acarició resueltamente en la coronilla y debajo de la barbilla, lo apretó en su pecho y le habló precipitadamente, explicándole cosas que sin duda el gato no quería oír, por ejemplo, por qué no ha elegido el ferrocarril desde el primer momento y se han arrastrado ciento cincuenta kilómetros en carroza, por qué no se han dirigido directamente al Este y han tirado hacia el Oeste y el Sur, llegando hasta Suiza, por qué se necesita un pasaporte falso, cómo traquetean los tambores de dos ejércitos, cómo se ondean las banderas de guerra y cómo marchan las tropas, por qué la dueña de la pensión de Berlín, los amigos y las chicas de las Once tetas tienen que saber que él se ha ido a vivir a Stuttgart y que no ha emprendido un viaje en busca de un príncipe aventurero, por qué un rey es un rey, no importa en qué estado estén sus dientes, qué siente uno al contar y juntar en la palma de su mano monedas de oro, por qué los relojes suenan por todas partes y, en definitiva, por qué la gente envejece. En este punto, al oír las palabras sobre el tiempo y la edad, Sigfrido se sobresaltó, aguzó la oreja negra (la blanca siguió cabizbaja) y levantó la punta del rabo. La voz del amo se ablandó, las caricias empezaron a holgazanear, el aire del cuarto era cada vez más cálido, quizá por el tejado abrasador y por las confesiones que empezaban a brotar. Pero antes de nada, como de un cazo agujereado, gotearon varias gotas de sinceridad, que se juntaron en un ojo de agua, pequeño, ovalado, centelleante en la quietud del mediodía, y el agua empezó a descender por el suelo, como un hilo fino y limpio, un líquido que se veía y no se veía, formado, por un capricho de la química, sólo por sueños, decepciones, esperanzas, heridas, suposiciones y vanidades. Herr Strauss, que en mitad del último invierno, en el mes de enero, en el octavo día, había cumplido treinta años, decía de todo, no contaba, no le daba al pico, simplemente decía que quería salir de un callejón sin salida, que en el mundo hay un montón de tetas, en cualquier caso, muchas más de once, que todo lo que es monótono acaba atontando, que la cerveza y el schnapps son buenos, pero que tampoco el vino se queda atrás, que cualquier mercadillo rebosa de gatos rayados, manchados, blancos y negros, grises, amarillos, esqueléticos o rechonchos, bizcos, cojos, gatos de todo tipo, igual que un incendio que te arrebata a tu madre o a tu hermana te quema para siempre el corazón, te lo seca, te lo deja ahumado como la cecina, que llega el día, así de repente, en que ya nada te une a nadie, ni a la gente de tu alrededor, que más allá de un imperio, de tres cadenas de montañas y de inabarcables llanuras es posible volver a nacer, que ser el dentista de un rey no es lo mismo que estrujar el pus de la boca de un capitán de dragones, que una esposa significa hijos, que un país nuevo es un lugar nuevo y un lugar nuevo es una oportunidad nueva, que las partidas de whist se pueden jugar en cualquier sitio, que el presente y la tristeza se parecen a la mierda, y el futuro puede parecer, con la compasión del Señor, mejor, igual que una esposa significa una madre, que un gato joven tiene semillas como para llenar la tierra de crías, que más allá de un imperio, de tres cadenas de montañas y de inabarcables llanuras no estará el paraíso, pero tampoco el infierno, que si las ocas salvaron la ciudad de Roma y el país aquél ha tomado el nombre de România, habrá por allí suficientes hígados como para freírlos con rodajas de manzana, con pimienta negra y cebolla, que una esposa es una hermana, que no hay camino que no sea también de vuelta, que siempre el tuerto, en el país de los ciegos, es el rey, que una esposa significa una mujer, pero no una mujer cualquiera, sino una que ha salido de un huevo de ángel o de demonio. En fin, todo eso le dijo Joseph Strauss en la buhardilla de un hotel de Zúrich, justo cuando la temperatura del cuarto se volvió tórrida y al final le pidió perdón al gato y se calló. Entonces, Sigfrido, espatarrado desde hacía un rato sobre el pecho de un hombre de pelo castaño y delgado, con el hocico colocado entre las clavículas del hombre pálido y desprendido, y mirando a los ojos del hombre de grandes ojos marrones, dio un brinco hacia la ventana y agarró al vuelo un moscardón gigante. Se lo tragó, luego maulló afiladamente, como si el hambre lo hubiera pinchado en el vientre.
            Almorzaron a toda prisa, por supuesto con el hígado de oca, pero no a la sartén sino al horno, en concreto, con rodajas de una panetela envuelta en pimentón dulce, jengibre y flores de acacia, pidieron luego coñac y leche fría, el uno prefirió los sorbos despaciosos, lo justo para que la bebida se paseara por los carrillos y por debajo de la lengua, el otro eligió los chasquidos acelerados, para sentir cómo corre por la garganta algo fresco, se reconciliaron hasta el punto de que la paz, de que la situación, como estado de las cosas, les parecía irrisoria y aburrida, caminaron por calles serenas, subieron numerosos escalones y nuevamente llegaron a la sofocante buhardilla, convencidos de que la pereza es una virtud suprema, se entregaron al sueño, uno en la cama no precisamente blanda, el otro sobre la alfombra y bajo los rayos del sol, uno soltó un suspiro y el otro un gimoteo cuando se oyó el repiqueteo de la puerta. Para sorpresa de Joseph, en la habitación entró el mismo funcionario enjuto que, dieciséis días antes, en Berlín, le había entregado el sobre con dos sellos de lacre y el paquetito envuelto en papel encerado. Hicieron las presentaciones justo allí, en ese momento, sudando juntos, cuando los párpados del dentista eran pesados como el plomo y su porte no era, lo que se dice, el más adecuado. El visitante se llamaba Wolf Dieter Trumpp y pareció no darse cuenta de cómo el doctor se abrochaba los botones de la camisa y se ponía el chaleco, de cómo se alisaba las arrugas del pantalón. Era el secretario particular de la princesa María, la benjamina de la familia Hohenzollern. Aquel hombre tosió suavemente, como si la tos hubiera podido ayudarlo de algún modo, puso el pasaporte encima de la mesa, se mostró sorprendido por la costumbre del hotel de hospedar gatos en las habitaciones (será para proteger a los clientes de los ratones, pensó) y especificó que el documento estaba en toda regla, con todos los membretes, todos los sellos y firmas oficiales, expedido por el mismísimo gobernador del cantón St. Gallen, Herr Äpli, y no había sido fabricado por algún falsificador. Comentando que una ligera lluvia no vendría nada mal, porque avivaría la naturaleza, el invitado pronunció también un nombre, Joseph Kranich, que el dentista estaba obligado a llevar durante el resto del viaje, una elección fruto de la inspiración (o del capricho) del gobernador, que había considerado que un avestruz y una grulla, eine Strauss und eine Kranich, guardan algún tipo de parentesco entre sí. Con las manos juntas detrás de la espalda, el lunes al atardecer, el secretario añadió que había hecho una reserva en el tren que el viernes dejaría atrás Baviera, a la caída de la noche. Después, Herr Trumpp se sacó del bolsillo una cajita envuelta en terciopelo amarronado, la limpió con la yema de los dedos y la puso junto al pasaporte. El soldadito de plomo que había dentro, con una actitud presta al ataque y la victoria, tenía que llegar a manos del joven rey de los Balcanes. A toda costa. De parte de María, su hermana pequeña, que lo había encontrado escondido bajo de una pila de tratados militares, en su despacho del castillo de Sigmaringen.
            La travesía del lago Bodensee no fue lo que se dice un placer, pues los destellos que venían del medio del lago, la agitación del embarque, la rutina de los marineros y el aroma del té del puerto, en Rorschach, se derritieron bajo el balanceo de aquella inmensidad azulada, también bautizada con el nombre de Schwäbisches Meer. El vaivén le produjo al doctor náuseas más terribles que la cerveza y el champán, haciendo que en tres ocasiones se asomara al parapeto de la cubierta de abajo para salpicar el agua con las partes indigestas del desayuno y con un zumo amarillento y agrio, quizá como los regueros de espuma de las olas, esparcidas por aquel lago que también tenía una tercera denominación, Konstanz, no hubieran merecido. Los mareos parecieron disiparse en Landau, donde consiguió tragar, no sin temblores, diez gotas de quinina mezcladas con azúcar moreno y desaparecieron definitivamente en el postillón que corría hacia el norte, luego de restregarse las sienes y el dorso de la mano con tampones empapados en vinagre. Hizo noche en Memmingen, luego en Augsburg y en Múnich descubrió que la ciudad era alegre, como en el albor del estío. Se permitió una comida ligera y varias horas de asueto, contempló a las mujeres que salían de paseo, a las gobernantas y a los niños ruidosos, a un grupo de monjas dominicanas, a una panadera bañada en sudor y a una muchacha con una pila de ropa sucia, se le antojaron de cerezas y almíbar, se detuvo a la sombra (donde la pipa se le apagó lentamente) junto a una criada que, subida a una escalera, limpiaba el escaparate de una droguería, con una falda bien remangada y un moratón en el muslo izquierdo, hojeó los diarios (con la pipa encendida), encontró momentos para la cerveza y pasó el tiempo mirando a unos artistas circenses que echaban fuego, tocaban los timbales y las trompetas, bailaban y hacían malabarismos con bolas de colores. Allí, en la pequeña plaza, se interrumpió aquella sucesión de placeres cuando un perro con chistera, que gañía al ritmo de la música y se columpiaba, pasó de la representación y dejó de obedecer al domador para abalanzarse sobre Sigfrido. Dos chicas gritaron, una mujer se tropezó con los faldones del vestido y a punto estuvo de caerse encima del empedrado, un seminarista y un tendero se subieron a un carro de carbón, una vieja se pegó a un muro mientras el perro, con lo pequeño que era y lo emperifollado que estaba, ladraba ahogadamente, desvelaba sus encías, rezongaba y mordía el aire. Encaramado a una valla, el gato erizó el rabo y escupía, antes de contorsionarse y salpicar al perro con pipi.
            El vagón de segunda en el que le habían reservado una plaza a Joseph Kranich parecía nuevo. Y en aquel decorado, con revestimientos de madera y banquetas hermosamente barnizadas, el doctor pasó un rato largo, muy largo, pero no a tenor de cómo giraban las agujas del reloj de bolsillo, sino por cómo lo medían a él sus instintos. Examinó el maderamen y se convenció de que era madera de roble, sicómoro y haya, miró por la ventana sin distinguir nada en la oscuridad, descifró el ritmo y el tono de las respiraciones de su alrededor (en aquel silencio zumbón, que era de todo menos silencio) tosía el hombre que estaba junto a la puerta, los chasquidos de un cura del campo, el ligero ronquido de una mujer de luto, el ajetreo de un comerciante de patillas pelirrojas y los pedazos de palabras, imposibles de entender, de una chiquilla pecosa. Apenas en Salzburg, en la aduana austriaca, escuchó el latido de su corazón, que, extrañamente, era más intenso que el tictac del reloj. Como no pudo mirar su corazón miró el reloj dorado y con tapa, en cuyo dorso estaba grabado el nombre de su madre y el de su hermana, Getrude e Irma. Eran las cuatro menos diez de la madrugada, una hora fría y húmeda que no tardaría en perecer engullida por la luz del alba. Pero antes de que aquella hora desapareciera y entrara en la memoria de los libros y del mundo, en ese momento, a las cuatro menos diez de la madrugada, el viento se coló por el vapor de la locomotora, despachó los olores ferroviarios e invadió los orificios nasales de Joseph con un perfume de lirios. Asombrado, el dentista vio no lejos de allí una mata esponjada, nada alta, en flor, a finales de junio. Pensó que ésa era la cadencia de las plantas de montaña, siempre tardía y el pensamiento, el asombro y el bullicio del andén hicieron que se olvidara de los latidos del corazón y se dirigiera a la sala de espera. Adentro, los cuerpos abandonaban a trompicones el sueño, las conversaciones tenían lugar en sordina, el aire resonaba junto a las velas y esparcía las gotitas de sudor, sólo un oficial se movía sin parar, examinaba de nuevo los pasaportes, les hacía severas preguntas a los viajeros, les daba órdenes a los aduaneros, a los soldados y a los propios edecanes. Cuando llegó su turno, Herr Kranich estaba masticando una rodaja de filete ahumado de esturión. La había encontrado en el pañuelo, donde se había quedado desde la última comida del gato. No cabe duda de que al lugarteniente no le gustó el hálito de pescado ahumado, torció el gesto, leyó a toda prisa la documentación y miró con desprecio al médico suizo, católico, soltero, castaño, de ojos marrones que se dirigía a Bukarest, con el deseo de poner cataplasmas en las muelas de los valacos y de hacer fortuna. Luego el tren siguió deslizándose sobre las vías en dirección a Viena, se escurrió entre movimiento de tropas y maniobras de guerra, se dejó acariciar por el bochorno y los trigales maduros, resopló como un galgo flaco y fiel a su destino, echó humo y, en cierto modo, se turbó como un señorito cuando se acercó a aquella ciudad mimada por las hadas. Uno de los pasajeros, con un cesto de mimbre en el brazo y con su nombre verdadero inspirando tantos lazos con el vals, sin que en realidad existiera ninguno, consiguió desasirse del alboroto cuartelero de la estación del oeste y cruzó el corazón del imperio, en carroza, entre edificios y jardines felices, por bulevares joviales, hasta la estación del este. A lo largo del viaje, le pidió al cochero que se detuviera en tres ocasiones: en una catedral, en busca de un momento de paz y gratitud, en una abacería, para comprar jamón, gruyer y aceitunas, y en una cervecería para tomarse una sola jarra. Joseph conoció el nuevo crepúsculo mientras daba cabezadas, en un nuevo vagón de segunda clase, con nuevos compañeros y un nuevo objetivo, Pest, uno de los pulmones del imperio, al lado de Buda. Más allá, suponiendo que alguien le diera la vuelta al globo terráqueo (tal y como había hecho un conde constipado, más o menos en febrero, en Bruselas) o que estudiara el planisferio, podría afirmarse que el dentista había bajado un centímetro, o un centímetro y medio como mucho (unos quinientos kilómetros, de hecho), hasta uno de los pedestales del imperio, hasta el lugar donde se terminaba el ferrocarril y se divisaban, de nuevo, las aguas del Danubio. Y en Baziaş, un burgo taciturno, asaltado por el comercio del carbón, las maletas, las talegas y los baúles que habían salido de Berlín, junto a su dueño y al gato del cesto, subieron por segunda vez a un barco. La documentación de los pasajeros fue minuciosamente examinada, de modo que la profesión de Herr Kranich no le resultó ajena al capitán, un individuo de bigote cuidado y buena memoria. Este hecho, menor a simple vista, empezó sin embargo a crecer en importancia, de repente, en algún lugar entre las gigantes peñas entre las que el río había trazado su cauce, creció y creció, se hinchó y acabó convirtiéndose en un hecho importante justo delante de una isla alargada, ocupada por un fuerte, casas blancas, un monasterio franciscano y unos cultivos de tabaco. Allí, junto a aquella isla de nombre más bien turco, Ada Kaleh, el oficial de guardia se dejó ver precipitadamente en la cubierta inferior, gritó el nombre de un ave migratoria y se encontró con un señor pálido y delgado que llevaba un gato en su regazo. Le pidió que acudiera urgentemente a uno de los camarotes de primera clase, donde una baronesa, una joven rusa, estaba a punto de dar a luz.
            Con toda su querencia por la curación de los dientes, el doctor no lo dudó y corrió en busca de su botiquín, con tal de llegar al cuarto, ni ancha ni estrecha, de soleados ojos de buey, en la que la mujer gemía y temblaba, lívida, rubia, asustada y asombrada, tumbada en la cama. Axinia Larisa Iakovleva estaba a punto de culminar un viaje de bodas de más de un año, había mojado el vestido y las sábanas al rompérsele la placenta, sumergida en los dolores del parto, mientras su marido, un hombre maduro, mucho más maduro que ella, la acariciaba y le besaba las palmas de las manos, hablaba sin ton ni son, gemebundo, lloraba (así, ahogadamente), se echaba la culpa por haber calculado mal el día del parto y haber aplazado el regreso a casa. Joseph miró y calló, un cuarto de minuto, tal vez medio, sin dejarse impresionar por el llanto del barón, le prestó una frasquito de sales, lo invitó a salir al pasillo y le pidió que hiciera traer una olla de agua caliente. Luego el tiempo se dilató de nuevo, como un caracol perezoso, a veces se encogía en su caparazón y se quedaba dormido, otras avanzaba indeciso, hasta que el niño vio la luz del día hacia el atardecer. Era un niño rubicundo, que gritaba mucho y no sin asombro en un entorno asombroso: sus padres eran rusos, había sido parteado por un dentista suizo (alemán, en realidad) y estaba en un barco austrohúngaro, con capitán checo, entre la orilla rumana y la búlgara, ambas acariciadas por los vientos de Estambul. Gracias a Osip Afanasievici Iakovlev, el médico apuró cuatro vasos de vodka, grandes, llenos y reconoció que, hasta ese momento, nunca antes había asistido un parto. Supo a las claras, cuando el cielo y la gente de la cubierta se bamboleaban de un modo mareante, que su primer hijo también sería niño. Golpeando el Danubio con sus paletas y dando sacudidas, como si hubiera llevado a los lados unas ruedas de molino, el barco ya había dejado atrás Turnu-Severin, donde él debería haber bajado y se aprestaba a arribar a Giurgiu. Hasta allí, Joseph durmió como un tronco, apenas dos horas, olvidándose de Sigfrido, de la joven madre, del pasado y del futuro. En tierra firme, lo acompañó una tormenta de polvo y decenas de personas, algunas de ellas descalzas, que se apiñaban con tal de llevarle el equipaje. Apenas en la berlina que lo llevaba a trompicones camino de Bucarest encontró el anillo con el diamante. Estaba en la caja de cerillas. Al lado de la pipa. Lo había visto antes en la mano izquierda del barón ruso, en el dedo corazón, cuando brindó por la buena estrella del recién nacido. Se echó a reír.
 
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            Al principio, una luz difusa cubrió los detalles y las particularidades, dejando que sólo se distinguieran las siluetas y los trazos gruesos, de modo que sus historias personales se parecieron como dos gotas de vino. Aun así, las gotas de vino no son como gotas de agua, pues pueden tener formas y colores idénticos, pero sabores diferentes; una gota de cabernet y otra de pinot-noir, por ejemplo. En su camino hacia el Principado, el capitán de dragones escribió en un papel y envió epístolas al rey pruso, al zar, al emperador francés y al austriaco, estuvo acompañado del fiel chambelán von Mayenfisch, del consejero von Werner y de otros tres criados del montón, llevó gafas de cristal normal, sin dioptrías, para que no lo reconocieran, por todas partes se hizo pasar en todo momento por Kart Hettingen, tomando prestado el nombre del castillo suizo de la familia, de Weinburg, una vez se vio rodeado de viejos amigos del ejército habsbúrguico y se vio obligado a parapetarse tras un periódico abierto de par en par, pasó tres días en una infecta posada esperando un barco bloqueado por culpa de los transportes militares, saltó sorprendentemente sobre el pontón de Turnu-Severin, aunque tenía billete para Odessa, en fin, le ocurrieron cosas diferentes a las que habían sucedido durante la peregrinación del dentista, que no le mandó cartas a nadie, disfrutó de la compañía de un gato, recibió un nombre falso luego de que cambiaran entre sí dos especies distintas de aves, no se disfrazó ni tampoco vio ningún rostro conocido. A pesar de todo, para la lógica de la época, sus viajes se parecieron todo lo que pueden parecerse dos gotas de vino de especies diferentes. Pues habían seguido el mismo itinerario, los dos eran alemanes, tenían pasaportes falsos, ambos habían elegido un sitio en segunda clase y habían pensado, de repente, en el soldadito de plomo encerrado en una cajita envuelta en terciopelo amarronado.
            Sin embargo, tras pisar tierra valaca, uno el 8 de mayo de 1866 (según el calendario juliano) y otro siete semanas más tarde, el 25 de junio, nada volvió a ser igual. Joseph Strauss no buscó un telégrafo para anunciar su llegada a la nueva patria, no tuvo a su disposición una carroza tirada por ocho caballos, ni pasó el Jiu por un puente flotante (al alba, en medio de un tiempo de perros), no encontró en Craiova una multitud variopinta y un arco de triunfo hecho de ramas de sauce, no fue flanqueado por dos hileras de soldados ni pasó la noche en una refrescante mansión (de palique con Zinca, una mujer que había visto de todo, con su hijo Nicolae, liberal y triunviro, con diferentes ministros y con el jefe del gobierno, en algún momento bey de Samos), entró en Bucarest por el sur, cruzando un apestoso arrabal, a bordo de una berlina de todo menos bonita, y en ningún caso viniendo desde Titu (en una calesa adornada con guirnaldas, tirada por doce caballos blancos, escoltado por un destacamento de soldados de caballería y seguido por un ceremonioso séquito), no se lavó ni vistió ropas de gala para recibir las llaves de la ciudad (al lado del bosque Băneasa), no escuchó el discurso del alcalde (que sonaba más o menos así: “Soberano de Rumanía: te he dado la corona de Esteban el Grande y de Mihai el Valiente, antepasados tuyos de hoy en adelante; devuélvele su antiguo esplendor. ¡Haz de esta hermosa tierra aventajado vigía de las libertades modernas y bulevar invencible de las civilizaciones occidentales!”) y no contestó en francés, suscitando primero rumores, luego ovaciones y finalmente una lluvia torrencial (la primera tras tres meses de sequía), no recorrió de una punta a otra aquella calle larga y ancha, la única adoquinada (denominada El puente de Mogoşoaia), asombrado por los hoyos, el hedor y los edificios, no se esforzó por estar firme y mesurado entre tanto traqueteo, flores, banderas, alfombras sacadas al balcón, hurras (o gritos de la plebe), salvas de cañón y repiques de campanas, palomas blancas revoloteando hacia el cielo, cuervos volando asustados y hojas de papel (con poesías hermosamente caligrafiadas) flotando como las hojas secas (en medio de la primavera), no saludó a los monteros ni a las tropas de infantería, caballería o artillería que le brindaban sus honores, no preguntó (delante de una casa de un solo piso y con dos soldados en la puerta) “Qu´est-ce qu´il y a dans cette maison?” y no insistió, al no entender la respuesta, “Où est le palais?”, no fue acompañado hasta la cumbre de una colina por su Ilustrísima Señoría Nifon (con una cruz dorada a la derecha, el Evangelio plateado a la izquierda y una comitiva de curas detrás, con costosas vestiduras), no asistió a la misa de la Metropolía y no pisó la gran sala del Parlamento (algo pequeña, de hecho) para pronunciar la primera palabra rumana de su vida (“¡Juro!”), para ver a Manolache Costache Epureanu tosiendo y carraspeando (en calidad de presidente de la Asamblea Constituyente) y para ser proclamadoDomnitor(una especie de rey, digamos) de aquel país. Pero, como nada en el mundo es perfecto, ni siquiera las diferencias, hubo algo común a su llegada a Bucarest. Al príncipe Karl Eitel Friedrich Zephyrinus Ludwig, antes de ser llamado Carol I, y Herr Joseph Strauss, en cuanto llegaron al centro de la ciudad, se le pusieron los ojos como platos al ver una montonera de cerdos, sueltos y de buen año, revolcándose en el barro, justo debajo de las ventanas de aquella casa que pasaba por ser el palacio principesco. Fue lo único.
            Y cuando el día 25 de junio empezaba a aclarar, de modo que las nubes de polvo se disipaban y la basura desaparecía lentamente, lentamente en medio de la oscuridad, el dentista se destuvo en una posada, cerca de un río, hizo acopio de unas longanizas llenas de pringue y se quedó sin fuerzas para mojar la pluma en el tintero. Apenas por la mañana, tras deshacer diez gotas de quinina en azúcar moreno y conseguir un vaso de leche para el gato, le escribió con calma a su benefactor. En uno de aquellos días que siguieron, tras recibir en su despacho al soberano y después de que éste, a cambio del soldadito de plomo, le asignara un lugarteniente de guardia que lo ayudara a buscar residencia, Joseph topó con una calle alemana, con todo tipo de comerciantes, abogados, artesanos y farmacéuticos, notarios, empleados de banca, joyeros y relojeros. Se llamaba Lipscani, en recuerdo de Leipzig. Pronto, el doctor berlinés descubrió que él no era la única sombra del capitán de dragones, tal y como, por culpa de la ingenuidad y de su cautela por no devanarse los sesos, se había imaginado durante un tiempo. Alrededor del trono pululaban numerosas sombras, entre las cuales había un médico con grado de coronel, bastardo, al parecer, un señor llamado Brătianu, con sus iniciales I. y C. y un profesor que hablaba de un modo sumamente extraño, como si fuera latín, aunque se esforzaba en insuflarle al príncipe la lengua rumana. Es más, Joseph se enteró de que ni siquiera era el primer dentista de la ciudad. Entre las novelas, versos y tomos de ciencia, se encontró en alguna parte un librito bermejo, con caracteres cirílicos, en cuya portada el librero le leyó I. Seligher, dentista en Bucarest; Consejos para el cuidado de la boca y el mantenimiento de la salud de los dientes. Había sido impreso en 1828. Lo compró.
 

About this issue

This July, The Observer Translation Project leaves its usual format to present a special CRISIS ISSUE. Things are tough all over. Hard Times suddenly feels like the book of the moment. The global economic crisis impacts life as we know it, and viewed from Bucharest the effects reverberate in domains that include geo-politics and publishing in Romania and abroad, with the crisis at The Observer Translation Project as an instance of a universal phenomenon. read more...

Translator's Choice

Author: Stelian Tănase
Translated by: Jean Harris

From Maestro: A Melodrama. Episode 7

Emiluţa has an unfortunate thought. She’ll throw herself off the top of the building. Why? What the fuck? Let’s say for the cause of PeaceonEarth, for the slumdogs, Europe, for the lonely. Which is to say she doesn’t have a ghost of a reason. Viva Walachia! The way things stand, if ...

Translator’s Note
Translator’s Note: a synopsis
Author: Ştefan Agopian
Translated by: Ileana Orlich

How I Learned to Read (from Tache de Catifea / The Velvet Man)

The bearded man was the owner of an apothecary shop where he worked with two apprentices. Nobody paid me any mind, so I spent all day in what was supposed to be the shop. I say this because it was a large, dark room full of odors—a mix of smells from everywhere. The room hadn’t been cleaned ...

Translator’s Note
Re: Learning to Read, from Tache de catifea / The Velvet Man
Author: Gabriela Adameşteanu
Translated by: Patrick Camiller

Wasted Morning - Napoleon in Bucharest

“What you’ve got here is heaven on earth,” Vica says as she drops onto the kitchen chair. “But where’s your mother?” “At work,” Gelu lazily replies, leaning sideways against the door. “She’s doing mornings this week, didn’t you know?” He is tall and thin, with unset ...

Author: Petre Ispirescu
Translated by: Jean Harris

Youth Without Age and Life Without Death

It happened once as never before-y, ‘cause if it couldn’t be true, it wouldn’t make a story about the time when the poplar tree made berries and the willow tree broke out in cherries, when bears began to brawl with their tails, and wolf and lamb, unfurling their sails, threw arms around each ...

Translator’s Note
On Petre Ispirescu
Exquisite Corpse

Planned events in Cultural Agenda see All Planned Events

17 December
Tardes de Cinema Romeno
As tardes de cinema romeno do ICR Lisboa continuam no dia 17 de Dezembro de 2009, às 19h00, na ...
14 December
Omaggio a Gheorghe Dinica Proiezione del film "Filantropica" (regia Nae Caranfil, 2002)
“Filantropica” è uno dei film che più rendono giustizia al ...
12 December
Årets Nobelpristagare i litteratur Herta Müller gästar Dramaten
Foto: Cato Lein 12.12.2009, Dramaten, Nybroplan, Stockholm I samband med Nobelveckan kommer ...
10 December
Romanian Festival @ Peninsula Arts - University of Plymouth
13 & 14 November 2009. Films until 18 December. Twenty of Romania's most influential and ...
10 December
Lesung und Gespräch mit Ioana Nicolaie
Donnerstag, 10. Dezember, um 19.30 Uhr Ort: Szimpla Café Gärtnerstrs.15, ...
 
 

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