En
junio, cuando el solsticio está cerca, amanece más temprano que
nunca. Sólo que aquel miércoles, la aurora no se dejó ver. El
carruaje cargado de maletas, talegas y baúles se puso en marcha de
una breve sacudida, uno de los caballos (una yegua parda y más bien
alta), farfulló y empezó a morder las riendas, y el otro (un alazán
con una cicatriz en el cuello) hinchió el pecho y, en un cesto de
mimbre y con tapa, el gato Sigfrido dio un terrible maullido. El
dentista perdió de vista los verdes postigos de la pensión, la
puerta maciza, el tonel de agua del patio y el montoncito de
margaritas de la verja, pero vio un gato rayado que, a paso ágil y
acelerado, huía por el borde de la valla, dando saltos sobre los
maderos rotos, empeñado en seguir el ritmo de los caballos. Le
pareció hermoso y panzudo. En uno de los cruces, cuando el carruaje
viró hacia el sur, el gato debió de cansarse o de trastabillarse en
algún charco, porque no volvió a verse y, al cabo de un rato, por
las calles que salían de Oberbaumbrücke, Sigfrido dejó de moverse
y de maullar como un descosido. Se acurrucó en su cesto con la oreja
negra aguzada y el rabo hacia arriba, mientras Herr Strauss, con
aquella jaqueca que no lo dejaba en paz, miraba las nubes a través
de las ventanas manchadas, los muelles recién levantados, las
interminables hileras de edificios a orillas del río Spree, los
regueros de humo que brotaban de cientos de chimeneas, el agua mansa
en la que se reflejaba un cielo negruzco que anunciaba la lluvia.
Pensó en el final de los fogones de tantas cocinas, se vio sacudido
con fuerza al cruzar el puente y sintió un vacío en el estómago,
tal vez por culpa del zarandeo, o quizá por la cerveza y el champán
de la víspera, o lo mismo por la imagen de los salchichones, la
corteza de cerdo y la costilla frita en cada una de las casas, o
quién sabe si por aquel paisaje que empezaba a desaparecer, como si
una mano invisible hubiera borrado las siluetas y los colores de un
cuadro suficientemente conocido.
La
tormenta se desató al acabar la mañana, como una hora después de
que el dentista consiguiera vomitar y librarse de los mareos. No
fueron los truenos ni los relámpagos, para nada vigorosos, los que
los obligaron a guarecerse sino las fustigadoras ráfagas, de frías
gotas. Hicieron un alto en una venta rodeada de colinas, donde un
hombre y una mujer encalaban las paredes y una muchachita desgarbada
fregaba sin ganas el suelo. Junto a la ventana, Joseph tuvo tiempo
suficiente para observar que, afuera, calado hasta los huesos, el
cochero trataba de atar los caballos en un espacioso cobertizo, de
taparlos con mantas y de colgarles al cuello alforjas de avena.
Dentro,
el ventero manejaba la brocha a toda prisa y sudaba como nunca (se
quitaba el sombrero remendado y se secaba la calva con un trapo), la
mujer resollaba y se ponía de puntillas (cosa nada fácil debido a
la orondez de su cuerpo achaparrado), la muchacha
se movía de aquí para allá, de rodillas, con la camisa por
fuera de la pretina de la falda (dejando a la vista un trozo de piel,
blanca y llena de lunares, de la espalda). Curiosamente, ni la cal ni
la lejía lograban disipar el olor a aguardiente, sidra y humo del
cuarto. Un olor fuerte, que le revolvió el
vacío del estómago. Luego, a la hora del almuerzo, una anciana
trajo sopa de pato y guisantes, y al gato le tocaron los huesos y las
ternillas que habían sobrado de unas patitas de pollo. Ni siquiera
las tocó.
Cuando
la tierra se oreó un poco, por el viento y aquel sol del mediodía
que había engañado a las nubes, la carroza volvió a emprender el
camino. Un trote ligero, rápidamente transformado en galope, llevó
al doctor en medio de aquel extraño viaje (¿bienaventurado o
maldito? no tenía cómo saberlo) un viaje tortuoso y arriesgado,
fragmentario y raro, sobre el que empezaba a creer que no acabaría
siendo un error irreparable, el viaje más largo de su vida, el único
importante, tan importante que a veces lo comparaba con el viaje al
otro mundo, pues, a fin de cuentas, se dirigía a un mundo con
vegetación o, en cualquier caso, con trigo, con muchos trigales, tal
y como le había dicho un comerciante de especias. Seguía las
huellas del capitán de dragones como una sombra demorada, copiando
sus pasos y movimientos a siete semanas de distancia, reconstruyendo
el itinerario, siguiendo sus consejos y gastando su dinero. Tras la
epístola de mediados de abril, a la que había contestado apresurado
y agradecido, mostrando su consentimiento, Herr Strauss había
recibido, un mes y medio más tarde, de manos de un enjuto
funcionario, otro sobre, acompañado esta vez de un pequeño paquete
envuelto en papel encerado. Usando un abrecartas de mango plateado,
había abierto los dos, con cuidado de no romper los sellos de lacre,
el uno conocido, por ser de la familia Hohenzollern-Sigmaringen, y el
otro nunca antes visto, pero sin duda, el reciente emblema del nuevo
monarca. Su antiguo paciente, Kart Eitel Friedrich Zephyrinus Ludwig,
recién ascendido al trono de un país de cinco millones de almas, le
había mandado un saquito de tabaco de pipa, en el que había
escondido tantos gulden, florines y monedas de plata que a
Joseph le había entrado el mareo, así como un mapa del continente,
sobre el que había trazado con tinta roja un itinerario, marcando
con cruces pardas algunos puntos clave. En la carta, le detallaba
minuciosamente qué debía hacer para llevar a cabo aquel viaje
agotador, sobre todo porque la guerra con Austria estaba a punto de
estallar y él, como médico pruso, debía recorrer un territorio
hostil, cruzando fronteras y controles enemigos, aguantando sospechas
y preguntas escudriñadoras. Se le pedía que ocultara su identidad,
cosa que no conllevaba únicamente la adquisición de una
documentación falsa, cuestión que había sido esclarecida al
detalle, sino algo realmente ridículo como dejar a un lado las
menudencias que hubieran podido traicionarle. Joseph Strauss lo había
aceptado enfurruñado, hasta con disgusto, y en uno de aquellos días
en los que preparaba el equipaje, descosió con una tijerita para la
uñas los monogramas cosidos en la ropa interior, rascó con la
navaja la letra S de la bolsa del doctor, escondió un diploma y
algunos documentos en el forro de piel de un abrigo y, examinando
libro por libro, arrancó las guardas que llevaban su firma
hológrafa.
De
la yegua parda (para nada tozuda) y del caballo alazán (honesto y
trabajador) se separó en la estación de Magdeburgo. Le pagó al
cochero su estipendio, dejó que un mozo se encargara de todos los
bártulos y, con la cesta de mimbre colgada de un brazo, entró en
una taberna que había por allí, al atardecer, cuando una farola
verdosa se tambaleaba sobre la puerta. Aunque pidió trucha con nata,
para que ambos disfrutaran de la cena, el gato rehusó comer. Once
horas habían pasado desde que se habían puesto en camino.
Enroscado, con el pelo erizado y las patas delanteras pegadas a los
ojos, Sigfrido parecía muy enfermo. El dentista pestañeó, encendió
la pipa, dejó escapar unas bocanadas de humo en dirección el techo
y le dio un sorbo a un licor de grosellas. Luego pasaron la noche y
la primera mañana en el tren, con el traqueteo de las ruedas, con el
bufido y los silbidos de la locomotora, con los estivales paisajes
del sur, con la imperturbable amabilidad del conductor y la verborrea
de un pequeño agente de banca, que visitaba a su hermana en un
sanatorio de Graubünden. Apenas en Zúrich, en la buhardilla de un
hotel barato, Joseph cogió a su amigo en brazos, lo acarició
resueltamente en la coronilla y debajo de la barbilla, lo apretó en
su pecho y le habló precipitadamente, explicándole cosas que sin
duda el gato no quería oír, por ejemplo, por qué no ha elegido el
ferrocarril desde el primer momento y se han arrastrado ciento
cincuenta kilómetros en carroza, por qué no se han dirigido
directamente al Este y han tirado hacia el Oeste y el Sur, llegando
hasta Suiza, por qué se necesita un pasaporte falso, cómo
traquetean los tambores de dos ejércitos, cómo se ondean las
banderas de guerra y cómo marchan las tropas, por qué la dueña de
la pensión de Berlín, los amigos y las chicas de las Once tetas
tienen que saber que él se ha ido a vivir a Stuttgart y que no ha
emprendido un viaje en busca de un príncipe aventurero, por qué un
rey es un rey, no importa en qué estado estén sus dientes, qué
siente uno al contar y juntar en la palma de su mano monedas de oro,
por qué los relojes suenan por todas partes y, en definitiva, por
qué la gente envejece. En este punto, al oír las palabras sobre el
tiempo y la edad, Sigfrido se sobresaltó, aguzó la oreja negra (la
blanca siguió cabizbaja) y levantó la punta del rabo. La voz del
amo se ablandó, las caricias empezaron a holgazanear, el aire del
cuarto era cada vez más cálido, quizá por el tejado abrasador y
por las confesiones que empezaban a brotar. Pero antes de nada, como
de un cazo agujereado, gotearon varias gotas de sinceridad, que se
juntaron en un ojo de agua, pequeño, ovalado, centelleante en la
quietud del mediodía, y el agua empezó a descender por el suelo,
como un hilo fino y limpio, un líquido que se veía y no se veía,
formado, por un capricho de la química, sólo por sueños,
decepciones, esperanzas, heridas, suposiciones y vanidades. Herr
Strauss, que en mitad del último invierno, en el mes de enero, en el
octavo día, había cumplido treinta años, decía de todo, no
contaba, no le daba al pico, simplemente decía que quería salir de
un callejón sin salida, que en el mundo hay un montón de tetas, en
cualquier caso, muchas más de once, que todo lo que es monótono
acaba atontando, que la cerveza y el schnapps son buenos, pero
que tampoco el vino se queda atrás, que cualquier mercadillo rebosa
de gatos rayados, manchados, blancos y negros, grises, amarillos,
esqueléticos o rechonchos, bizcos, cojos, gatos de todo tipo, igual
que un incendio que te arrebata a tu madre o a tu hermana te quema
para siempre el corazón, te lo seca, te lo deja ahumado como la
cecina, que llega el día, así de repente, en que ya nada te une a
nadie, ni a la gente de tu alrededor, que más allá de un imperio,
de tres cadenas de montañas y de inabarcables llanuras es posible
volver a nacer, que ser el dentista de un rey no es lo mismo que
estrujar el pus de la boca de un capitán de dragones, que una esposa
significa hijos, que un país nuevo es un lugar nuevo y un lugar
nuevo es una oportunidad nueva, que las partidas de whist se
pueden jugar en cualquier sitio, que el presente y la tristeza se
parecen a la mierda, y el futuro puede parecer, con la compasión del
Señor, mejor, igual que una esposa significa una madre, que un gato
joven tiene semillas como para llenar la tierra de crías, que más
allá de un imperio, de tres cadenas de montañas y de inabarcables
llanuras no estará el paraíso, pero tampoco el infierno, que si las
ocas salvaron la ciudad de Roma y el país aquél ha tomado el nombre
de România, habrá por allí suficientes hígados como para freírlos
con rodajas de manzana, con pimienta negra y cebolla, que una esposa
es una hermana, que no hay camino que no sea también de vuelta, que
siempre el tuerto, en el país de los ciegos, es el rey, que una
esposa significa una mujer, pero no una mujer cualquiera, sino una
que ha salido de un huevo de ángel o de demonio. En fin, todo eso le
dijo Joseph Strauss en la buhardilla de un hotel de Zúrich, justo
cuando la temperatura del cuarto se volvió tórrida y al final le
pidió perdón al gato y se calló. Entonces, Sigfrido, espatarrado
desde hacía un rato sobre el pecho de un hombre de pelo castaño y
delgado, con el hocico colocado entre las clavículas del hombre
pálido y desprendido, y mirando a los ojos del hombre de grandes
ojos marrones, dio un brinco hacia la ventana y agarró al vuelo un
moscardón gigante. Se lo tragó, luego maulló
afiladamente, como si el hambre lo hubiera pinchado en el
vientre.
Almorzaron
a toda prisa, por supuesto con el hígado de oca, pero no a la sartén
sino al horno, en concreto, con rodajas de una panetela envuelta en
pimentón dulce, jengibre y flores de acacia, pidieron luego coñac y
leche fría, el uno prefirió los sorbos despaciosos, lo justo para
que la bebida se paseara por los carrillos y por debajo de la lengua,
el otro eligió los chasquidos acelerados, para sentir cómo corre
por la garganta algo fresco, se reconciliaron hasta el punto de que
la paz, de que la situación, como estado de las cosas, les parecía
irrisoria y aburrida, caminaron por calles serenas, subieron
numerosos escalones y nuevamente llegaron a la sofocante buhardilla,
convencidos de que la pereza es una virtud suprema, se entregaron al
sueño, uno en la cama no precisamente blanda, el otro sobre la
alfombra y bajo los rayos del sol, uno soltó un suspiro y el otro un
gimoteo cuando se oyó el repiqueteo de la puerta. Para sorpresa de
Joseph, en la habitación entró el mismo funcionario enjuto que,
dieciséis días antes, en Berlín, le había entregado el sobre con
dos sellos de lacre y el paquetito envuelto en papel encerado.
Hicieron las presentaciones justo allí, en ese momento, sudando
juntos, cuando los párpados del dentista eran pesados como el plomo
y su porte no era, lo que se dice, el más adecuado. El visitante se
llamaba Wolf Dieter Trumpp y pareció no darse cuenta de cómo el
doctor se abrochaba los botones de la camisa y se ponía el chaleco,
de cómo se alisaba las arrugas del pantalón. Era el secretario
particular de la princesa María, la benjamina de la familia
Hohenzollern. Aquel hombre tosió suavemente, como si la tos hubiera
podido ayudarlo de algún modo, puso el pasaporte encima de la mesa,
se mostró sorprendido por la costumbre del hotel de hospedar gatos
en las habitaciones (será para proteger a los clientes de los
ratones, pensó) y especificó que el documento estaba en toda regla,
con todos los membretes, todos los sellos y firmas oficiales,
expedido por el mismísimo gobernador del cantón St. Gallen, Herr
Äpli, y no había sido fabricado por algún falsificador. Comentando
que una ligera lluvia no vendría nada mal, porque avivaría la
naturaleza, el invitado pronunció también un nombre, Joseph
Kranich, que el dentista estaba obligado a llevar durante el resto
del viaje, una elección fruto de la inspiración (o del capricho)
del gobernador, que había considerado que un avestruz y una grulla,
eine Strauss und eine Kranich, guardan algún tipo de parentesco
entre sí. Con las manos juntas detrás de la espalda, el lunes al
atardecer, el secretario añadió que había hecho una reserva en el
tren que el viernes dejaría atrás Baviera, a la caída de la noche.
Después, Herr Trumpp se sacó del bolsillo una cajita envuelta en
terciopelo amarronado, la limpió con la yema de los dedos y la puso
junto al pasaporte. El soldadito de plomo que había dentro, con una
actitud presta al ataque y la victoria, tenía que llegar a manos del
joven rey de los Balcanes. A toda costa. De parte de María, su
hermana pequeña, que lo había encontrado escondido bajo de una pila
de tratados militares, en su despacho del castillo de Sigmaringen.
La
travesía del lago Bodensee no fue lo que se dice un placer, pues los
destellos que venían del medio del lago, la agitación del embarque,
la rutina de los marineros y el aroma del té del puerto, en
Rorschach, se derritieron bajo el balanceo de aquella inmensidad
azulada, también bautizada con el nombre de Schwäbisches Meer. El
vaivén le produjo al doctor náuseas
más terribles que la cerveza y el champán, haciendo que en tres
ocasiones se asomara al parapeto de la cubierta de abajo para
salpicar el agua con las partes indigestas del desayuno y con un zumo
amarillento y agrio, quizá como los regueros de espuma de las olas,
esparcidas por aquel lago que también tenía una tercera
denominación, Konstanz, no hubieran merecido. Los mareos parecieron
disiparse en Landau, donde consiguió tragar, no sin temblores, diez
gotas de quinina mezcladas con azúcar moreno y desaparecieron
definitivamente en el postillón que corría hacia el norte, luego de
restregarse las sienes y el dorso de la mano con tampones empapados
en vinagre. Hizo noche en Memmingen, luego en Augsburg y en Múnich
descubrió que la ciudad era alegre, como en el albor del estío. Se
permitió una comida ligera y varias horas de asueto, contempló a
las mujeres que salían de paseo, a las gobernantas y a los niños
ruidosos, a un grupo de monjas dominicanas, a una panadera bañada en
sudor y a una muchacha con una pila de ropa sucia, se le antojaron de
cerezas y almíbar, se detuvo a la sombra (donde la pipa se le apagó
lentamente) junto a una criada que, subida a una escalera, limpiaba
el escaparate de una droguería, con una falda bien remangada y un
moratón en el muslo izquierdo, hojeó los diarios (con la pipa
encendida), encontró momentos para la cerveza y pasó el tiempo
mirando a unos artistas circenses que echaban fuego, tocaban los
timbales y las trompetas, bailaban y hacían malabarismos con bolas
de colores. Allí, en la pequeña plaza, se interrumpió aquella
sucesión de placeres cuando un perro con chistera, que gañía al
ritmo de la música y se columpiaba, pasó de la representación y
dejó de obedecer al domador para abalanzarse sobre Sigfrido. Dos
chicas gritaron, una mujer se tropezó con los faldones del vestido y
a punto estuvo de caerse encima del empedrado, un seminarista y un
tendero se subieron a un carro de carbón, una vieja se pegó a un
muro mientras el perro, con lo pequeño que era y lo emperifollado
que estaba, ladraba ahogadamente, desvelaba sus encías, rezongaba y
mordía el aire. Encaramado a una valla, el gato erizó el rabo y
escupía, antes de contorsionarse y salpicar al perro con pipi.
El
vagón de segunda en el que le habían reservado una plaza a Joseph
Kranich parecía nuevo. Y en aquel decorado, con revestimientos de
madera y banquetas hermosamente barnizadas, el doctor pasó un rato
largo, muy largo, pero no a tenor de cómo giraban las agujas del
reloj de bolsillo, sino por cómo lo medían a él sus instintos.
Examinó el maderamen y se convenció de que era madera de roble,
sicómoro y haya, miró por la ventana sin distinguir nada en la
oscuridad, descifró el ritmo y el tono de las respiraciones de su
alrededor (en aquel silencio zumbón, que era de todo menos silencio)
tosía el hombre que estaba junto a la puerta, los chasquidos de un
cura del campo, el ligero ronquido de una mujer de luto, el ajetreo
de un comerciante de patillas pelirrojas y los pedazos de palabras,
imposibles de entender, de una chiquilla pecosa. Apenas en Salzburg,
en la aduana austriaca, escuchó el latido de su corazón, que,
extrañamente, era más intenso que el tictac del reloj. Como no pudo
mirar su corazón miró el reloj dorado y con tapa, en cuyo dorso
estaba grabado el nombre de su madre y el de su hermana, Getrude e
Irma. Eran las cuatro menos diez de la madrugada, una hora fría y
húmeda que no tardaría en perecer engullida por la luz del alba.
Pero antes de que aquella hora desapareciera y entrara en la memoria
de los libros y del mundo, en ese momento, a las cuatro menos diez de
la madrugada, el viento se coló por el vapor de la locomotora,
despachó los olores ferroviarios e invadió los orificios nasales de
Joseph con un perfume de lirios. Asombrado, el dentista vio no lejos
de allí una mata esponjada, nada alta, en flor, a finales de junio.
Pensó que ésa era la cadencia de las plantas de montaña, siempre
tardía y el pensamiento, el asombro y el bullicio del andén
hicieron que se olvidara de los latidos del corazón y se dirigiera a
la sala de espera. Adentro, los cuerpos abandonaban a trompicones el
sueño, las conversaciones tenían lugar en sordina, el aire resonaba
junto a las velas y esparcía las gotitas de sudor, sólo un oficial
se movía sin parar, examinaba de nuevo los pasaportes, les hacía
severas preguntas a los viajeros, les daba órdenes a los aduaneros,
a los soldados y a los propios edecanes. Cuando llegó su turno, Herr
Kranich estaba masticando una rodaja de filete ahumado de esturión.
La había encontrado en el pañuelo, donde se había quedado desde la
última comida del gato. No cabe duda de que al lugarteniente no le
gustó el hálito de pescado ahumado, torció el gesto, leyó a toda
prisa la documentación y miró con desprecio al médico suizo,
católico, soltero, castaño, de ojos marrones que se dirigía a
Bukarest, con el deseo de poner cataplasmas en las muelas de los
valacos y de hacer fortuna. Luego el tren siguió deslizándose sobre
las vías en dirección a Viena, se escurrió entre movimiento de
tropas y maniobras de guerra, se dejó acariciar por el bochorno y
los trigales maduros, resopló como un galgo flaco y fiel a su
destino, echó humo y, en cierto modo, se turbó como un señorito
cuando se acercó a aquella ciudad mimada por las hadas. Uno de los
pasajeros, con un cesto de mimbre en el brazo y con su nombre
verdadero inspirando tantos lazos con el vals, sin que en realidad
existiera ninguno, consiguió desasirse del alboroto cuartelero de la
estación del oeste y cruzó el corazón del imperio, en carroza,
entre edificios y jardines felices, por bulevares joviales, hasta la
estación del este. A lo largo del viaje, le pidió al cochero que se
detuviera en tres ocasiones: en una catedral, en busca de un momento
de paz y gratitud, en una abacería, para comprar jamón, gruyer y
aceitunas, y en una cervecería para tomarse una sola jarra. Joseph
conoció el nuevo crepúsculo mientras daba cabezadas, en un nuevo
vagón de segunda clase, con nuevos compañeros y un nuevo objetivo,
Pest, uno de los pulmones del imperio, al lado de Buda. Más allá,
suponiendo que alguien le diera la vuelta al globo terráqueo (tal y
como había hecho un conde constipado, más o menos en febrero, en
Bruselas) o que estudiara el planisferio, podría afirmarse que el
dentista había bajado un centímetro, o un centímetro y medio como
mucho (unos quinientos kilómetros, de hecho), hasta uno de los
pedestales del imperio, hasta el lugar donde se terminaba el
ferrocarril y se divisaban, de nuevo, las aguas del Danubio. Y en
Baziaş, un burgo taciturno, asaltado por
el comercio del carbón, las maletas, las talegas y los baúles que
habían salido de Berlín, junto a su dueño y al gato del cesto,
subieron por segunda vez a un barco. La documentación de los
pasajeros fue minuciosamente examinada, de modo que la profesión de
Herr Kranich no le resultó ajena al capitán, un individuo de bigote
cuidado y buena memoria. Este hecho, menor a simple vista, empezó
sin embargo a crecer en importancia, de repente, en algún lugar
entre las gigantes peñas entre las que el río había trazado su
cauce, creció y creció, se hinchó y acabó convirtiéndose en un
hecho importante justo delante de una isla alargada, ocupada por un
fuerte, casas blancas, un monasterio franciscano y unos cultivos de
tabaco. Allí, junto a aquella isla de nombre más bien turco, Ada
Kaleh, el oficial de guardia se dejó ver precipitadamente en la
cubierta inferior, gritó el nombre de un ave migratoria y se
encontró con un señor pálido y delgado que llevaba un gato en su
regazo. Le pidió que acudiera urgentemente a uno de los camarotes de
primera clase, donde una baronesa, una joven rusa, estaba a punto de
dar a luz.
Con
toda su querencia por la curación de los dientes, el doctor no lo
dudó y corrió en busca de su botiquín, con tal de llegar al
cuarto, ni ancha ni estrecha, de soleados ojos de buey, en la que la
mujer gemía y temblaba, lívida, rubia, asustada y asombrada,
tumbada en la cama. Axinia Larisa Iakovleva estaba a punto de
culminar un viaje de bodas de más de un año, había mojado el
vestido y las sábanas al rompérsele la placenta, sumergida en los
dolores del parto, mientras su marido, un hombre maduro, mucho más
maduro que ella, la acariciaba y le besaba las palmas de las manos,
hablaba sin ton ni son, gemebundo, lloraba (así, ahogadamente), se
echaba la culpa por haber calculado mal el día del parto y haber
aplazado el regreso a casa. Joseph miró y calló, un cuarto de
minuto, tal vez medio, sin dejarse impresionar por el llanto del
barón, le prestó una frasquito de sales, lo invitó a salir al
pasillo y le pidió que hiciera traer una olla de agua caliente.
Luego el tiempo se dilató de nuevo, como un caracol perezoso, a
veces se encogía en su caparazón y se quedaba dormido, otras
avanzaba indeciso, hasta que el niño vio la luz del día hacia el
atardecer. Era un niño rubicundo, que gritaba mucho y no sin asombro
en un entorno asombroso: sus padres eran rusos, había sido parteado
por un dentista suizo (alemán, en realidad) y estaba en un barco
austrohúngaro, con capitán checo, entre la orilla rumana y la
búlgara, ambas acariciadas por los vientos de Estambul. Gracias a
Osip Afanasievici Iakovlev, el médico apuró cuatro vasos de vodka,
grandes, llenos y reconoció que, hasta ese momento, nunca antes
había asistido un parto. Supo a las claras, cuando el cielo y la
gente de la cubierta se bamboleaban de un modo mareante, que su
primer hijo también sería niño. Golpeando el Danubio con sus
paletas y dando sacudidas, como si hubiera llevado a los lados unas
ruedas de molino, el barco ya había dejado atrás Turnu-Severin,
donde él debería haber bajado y se aprestaba a arribar a Giurgiu.
Hasta allí, Joseph durmió como un tronco, apenas dos horas,
olvidándose de Sigfrido, de la joven madre, del pasado y del futuro.
En tierra firme, lo acompañó una tormenta de polvo y decenas de
personas, algunas de ellas descalzas, que se apiñaban con tal de
llevarle el equipaje. Apenas en la berlina que lo llevaba a
trompicones camino de Bucarest encontró el anillo con el diamante.
Estaba en la caja de cerillas. Al lado de la pipa. Lo había visto
antes en la mano izquierda del barón ruso, en el dedo corazón,
cuando brindó por la buena estrella del recién nacido. Se echó a
reír.
*
Al
principio, una luz difusa cubrió los detalles y las
particularidades, dejando que sólo se distinguieran las siluetas y
los trazos gruesos, de modo que sus historias personales se
parecieron como dos gotas de vino. Aun así, las gotas de vino no son
como gotas de agua, pues pueden tener formas y colores idénticos,
pero sabores diferentes; una gota de cabernet y otra de pinot-noir,
por ejemplo. En su camino hacia el Principado, el capitán de
dragones escribió en un papel y envió epístolas al rey pruso, al
zar, al emperador francés y al austriaco, estuvo acompañado del
fiel chambelán von Mayenfisch, del consejero von Werner y de otros
tres criados del montón, llevó gafas de cristal normal, sin
dioptrías, para que no lo reconocieran, por todas partes se hizo
pasar en todo momento por Kart Hettingen, tomando prestado el nombre
del castillo suizo de la familia, de Weinburg, una vez se vio rodeado
de viejos amigos del ejército habsbúrguico y se vio obligado a
parapetarse tras un periódico abierto de par en par, pasó tres días
en una infecta posada esperando un barco bloqueado por culpa de los
transportes militares, saltó sorprendentemente sobre el pontón de
Turnu-Severin, aunque tenía billete para Odessa, en fin, le
ocurrieron cosas diferentes a las que habían sucedido durante la
peregrinación del dentista, que no le mandó cartas a nadie,
disfrutó de la compañía de un gato, recibió un nombre falso luego
de que cambiaran entre sí dos especies distintas de aves, no se
disfrazó ni tampoco vio ningún rostro conocido. A pesar de todo,
para la lógica de la época, sus viajes se parecieron todo lo que
pueden parecerse dos gotas de vino de especies diferentes. Pues
habían seguido el mismo itinerario, los dos eran alemanes, tenían
pasaportes falsos, ambos habían elegido un sitio en segunda clase y
habían pensado, de repente, en el soldadito de plomo encerrado en
una cajita envuelta en terciopelo amarronado.
Sin
embargo, tras pisar tierra valaca, uno el 8 de mayo de 1866 (según
el calendario juliano) y otro siete semanas más tarde, el 25 de
junio, nada volvió a ser igual. Joseph Strauss no buscó un
telégrafo para anunciar su llegada a la nueva patria, no tuvo a su
disposición una carroza tirada por ocho caballos, ni pasó el Jiu
por un puente flotante (al alba, en medio de un tiempo de perros), no
encontró en Craiova una multitud variopinta y un arco de triunfo
hecho de ramas de sauce, no fue flanqueado por dos hileras de
soldados ni pasó la noche en una refrescante mansión (de palique
con Zinca, una mujer que había visto de todo, con su hijo Nicolae,
liberal y triunviro, con diferentes ministros y con el jefe del
gobierno, en algún momento bey de Samos), entró en Bucarest por el
sur, cruzando un apestoso arrabal, a bordo de una berlina de todo
menos bonita, y en ningún caso viniendo desde Titu (en una calesa
adornada con guirnaldas, tirada por doce caballos blancos, escoltado
por un destacamento de soldados de caballería y seguido por un
ceremonioso séquito), no se lavó ni vistió ropas de gala para
recibir las llaves de la ciudad (al lado del bosque Băneasa), no
escuchó el discurso del alcalde (que sonaba más o menos así:
“Soberano de Rumanía: te he dado la corona de Esteban el Grande
y de Mihai el Valiente, antepasados tuyos de hoy en adelante;
devuélvele su antiguo esplendor. ¡Haz de esta hermosa tierra
aventajado vigía de las libertades modernas y bulevar invencible de
las civilizaciones occidentales!”) y no contestó en francés,
suscitando primero rumores, luego ovaciones y finalmente una lluvia
torrencial (la primera tras tres meses de sequía), no recorrió de
una punta a otra aquella calle larga y ancha, la única adoquinada
(denominada El puente de Mogoşoaia), asombrado
por los hoyos, el hedor y los edificios, no se esforzó por estar
firme y mesurado entre tanto traqueteo, flores, banderas, alfombras
sacadas al balcón, hurras (o gritos de la plebe), salvas de cañón
y repiques de campanas, palomas blancas revoloteando hacia el cielo,
cuervos volando asustados y hojas de papel (con poesías hermosamente
caligrafiadas) flotando como las hojas secas (en medio de la
primavera), no saludó a los monteros
ni a las
tropas de infantería, caballería o artillería que le brindaban sus
honores, no preguntó (delante de una casa de un solo piso y con dos
soldados en la puerta) “Qu´est-ce qu´il y a dans cette maison?”
y no insistió, al no entender la respuesta, “Où est le palais?”,
no fue acompañado hasta la cumbre de una colina por su Ilustrísima
Señoría Nifon (con una cruz dorada a la derecha, el Evangelio
plateado a la izquierda y una comitiva de curas detrás, con costosas
vestiduras), no asistió a la misa de la Metropolía y no pisó la
gran sala del Parlamento (algo pequeña, de hecho) para pronunciar la
primera palabra rumana de
su vida (“¡Juro!”), para ver
a Manolache Costache Epureanu tosiendo y carraspeando
(en calidad de
presidente de la Asamblea Constituyente) y para ser proclamadoDomnitor(una
especie de rey, digamos) de aquel país. Pero, como nada en el mundo
es perfecto, ni siquiera las diferencias, hubo algo común a su
llegada a Bucarest. Al príncipe Karl Eitel Friedrich Zephyrinus
Ludwig, antes de ser llamado Carol I, y Herr Joseph Strauss, en
cuanto llegaron al centro de la ciudad, se le pusieron los ojos como
platos al ver una montonera de cerdos, sueltos y de buen año,
revolcándose en el barro, justo debajo de las ventanas de aquella
casa que pasaba por ser el palacio principesco. Fue lo único.
Y
cuando el día 25 de junio empezaba a aclarar,
de modo que las nubes de polvo se disipaban y la basura desaparecía
lentamente, lentamente en medio de la oscuridad, el dentista se
destuvo en una posada, cerca de un río, hizo acopio de unas
longanizas llenas de pringue y se quedó sin fuerzas para mojar la
pluma en el tintero. Apenas por la mañana, tras deshacer diez gotas
de quinina en azúcar moreno y conseguir un vaso de leche para el
gato, le escribió con calma a su benefactor. En uno de aquellos días
que siguieron, tras recibir en su despacho al soberano y después de
que éste, a cambio del soldadito de plomo, le asignara un
lugarteniente de guardia que lo ayudara a buscar residencia, Joseph
topó con una calle alemana, con todo tipo de comerciantes, abogados,
artesanos y farmacéuticos, notarios, empleados de banca, joyeros y
relojeros. Se llamaba Lipscani, en recuerdo de Leipzig. Pronto, el
doctor berlinés descubrió que él no era la única sombra del
capitán de dragones, tal y como, por culpa de la ingenuidad y de su
cautela por no
devanarse los sesos, se había imaginado durante un tiempo. Alrededor
del trono pululaban numerosas sombras, entre las cuales había un
médico con grado de coronel, bastardo, al parecer, un señor llamado
Brătianu, con sus iniciales I. y C. y un profesor que hablaba de un
modo sumamente extraño, como si fuera latín, aunque se esforzaba en
insuflarle al príncipe la lengua rumana. Es más, Joseph se enteró
de que ni siquiera era el primer dentista de la ciudad. Entre las
novelas, versos y tomos de ciencia, se encontró en alguna parte un
librito bermejo, con caracteres cirílicos, en cuya
portada el librero le
leyó I.
Seligher, dentista en Bucarest; Consejos para el cuidado de la boca y
el mantenimiento de la salud de los dientes.
Había sido impreso en 1828. Lo compró.