UNA MAÑANA PERDIDA

LA CALLE CORIOLAN

Gabriela Adameşteanu | February 01, 2009
Translated by: Susana Vasquez Alvear, Revision: Victor Ivanovici

 

UNA  MAÑANA  PERDIDA

En otras épocas ¿hubiera estado ella así, días enteros sin moverse de casa, como ahora? ¡Ni muerta!  Habría sentido que se le caía la casa encima. Se las arreglaba lo mejor que podía y, hala, a la calle. Hoy visitaba a uno, mañana a otro: iba de casa en casa; pero de volver a la suya con las manos vacías, eso sí que nunca; andaba de palique  con todo el mundo, se enteraba de cosas, pues de tanto estar con el mudo del marido, le entran a una ganas de salir pitando... Nunca tuvieron grandes temas de conversación, pues al fin y al cabo, ¿de qué se puede  hablar con los  hombres?

- El marido que sepa de ti sólo de cintura para abajo... -dice, y la cuñada, al escucharla, se encrespa.

- Cállate, Vica,  ¡qué bruta! Te está oyendo  el chico... Ya estás vieja, y dale que dale con tus guarrerías...

- Y si me oye ¿qué? Pues, que oiga. Acaso, cuánto más va a seguir pegado a tus faldas? No te preocupes, que yo he estado en buenas casas y sé como hablan las señoras... Y en todas partes nos entendíamos muy bien, todos me tenían cariño y aprecio, la señora Ioaníu, por ejemplo: cómo nos reíamos... con ella y con Ivona...

Una muda esa cuñada suya: ni con sacacorchos le arrancabas una palabra. Pobre de su hermano, toda la vida siguiéndole la corriente, que así son los hombres, se dejan llevar por la mujer. Sólo al testarudo de su hombronazo ella nunca ha podido sacarle de lo suyo. De moza se amargaba con todo lo que le decía el fulano, cómo lloraba, cómo sufría, adelgazó tanto que, como quien dice, la levantaba el viento. Hasta que un buen día va a verla su madrina, que en paz descanse, y le dice:

- ¿Qué tienes, Vica? ¿qué te ha pasado, que estás como  un  fideo?

- Bueno, verá... me pasa  esto y  lo  otro...

- Venga, mujer - le dijo-, no le hagas tanto caso...

Así era su marido, gruñón; lo que es ella, no, su carácter era distinto, había salido a mamá, alegre como ella; ay, cómo hubiese querido que le tocase una pareja  igual, que le gustara reír... Los hay también de esta laya, pero en cambio tienen otros defectos,  en este mundo todos los varones son iguales, ni pensar que haya unos mejores que otros...

Pero, quién iba a creerlo, ahora cada vez se le hace más duro salir de casa. Sin embargo, siquiera una o dos veces al mes, coge su bolsa de cuero (esa que se la regaló la señora Daniel), la rellena con todo lo que encuentra a la mano, se embute en su abrigo, se coloca la dentadura, se tapa la cabeza con dos pañolones, se calza la boina tiesa que se hizo de los restos de un gabán viejo (de eso ya van nueve años), la asegura atándola con una bufanda, y se las pira. O eso es lo que dice su marido:

- ¿Conque otra vez te las piras, ¿eh?... -rezonga desde la cama, debajo de las mantas amontonadas sobre el edredón, donde yace con la cabeza envuelta en un jersey de ella, viejo y andrajoso, desde que se le ha perdido la gorra descolorida que se ponía siempre al acostarse. Habla jadeando entre palabra y palabra, es gordo y alto, pesa más de cien kilos. La piel del cuello le cuelga fláccida, pero sus mejillas se ven rozagantes, casi sonrosadas, y en ellas la barba sin afeitar de varios días crece áspera y cana.

- ...tú y tu maldita costumbre de no parar en tu casa...  siempre volando a casas ajenas y paras en la tuya.

- ¡Vete, ya! exclama ella.

Ni  lo mira. Lista para salir, abrigada a más no poder, se da vueltas por la sala hurgando entre los cachivaches para coger alguna que otra cosa, un bote de pimentones encurtidos, algo de cebolla, pues a ella le queda bastante para pasar este invierno, unas cabezas de ajo, un culín de aguardiente que escurre en un frasco vacío de jarabe para la tos. Lo acomoda dentro de la talega, encima de unas bolsas de plástico. A ella no le gusta ir con las manos vacías, y unas cosillas, no le van  mal a nadie, ¿no?

- ¡Vete, ya!  repite.

Tampoco hace caso de lo que le está diciendo él. Que siga refunfuñando cuanto quiera, pedazo de boquirrasgado, que hable solo, para él mismo, palabra de varón es una sinrazón, como solía decirle a la señora Ioaníu... y cómo le divertía esto a la vieja... Lo que es Vica, ya aprendió la lección: apenas siente que el marido está por desvariar y soltar su rollo, ella se pasa a la sala y, que el diablo os lleve, a ti, a tu madre y a tu padre, y a toda tu parentela -masculla entre dientes...

Rezongando entra y sale, de la sala a la tienda y de la tienda a la sala, sin parar de machacarle, pero él ni se entera; de un tiempo para acá se está quedando sordo de un oído, así que sólo escucha lo que le conviene. Y ella habla que hablarás hasta quedar aliviada. La tienda está a oscuras. Y en cuanto al calor, sólo el que se cuela de la sala.  Antes la calentaban con la estufa, ahora ya, para qué; ya van veinticinco años o más - ¿cuántos serán? - desde que cerraron el negocio. Ahora  usan la tienda para almacenar la leña y el carbón. ¿Cómo encender, pues, el fuego, si no hay por dónde dar un paso? Ahí están además el viejo aparador de puertas desvencijadas, las redomas  llenas de pimentones en salmuera, los costales de patatas, cacerolas, el cubo de agua y la fregona...  Da vueltas entre todo ello y sigue haciendo sus cosas hasta que el otro se aburre de tanto hablar solo y se calla. Entonces vuelve a la habitación, se agacha suspirando y llena bien la estufa con carbón, cuidando de dejar abierta la portezuela de abajo porque, ¿acaso una puede confiar en él? y al volver por la noche, puede que se encuentre con la casa fría del todo.

-Anda,  crees que me quedaré yo  aquí a empollar, como tú, viéndote la cara... No estaré harta a estas alturas, después de cuarenta años...

La respuesta ha tardado tanto que él la mira, con los ojos desencajados, y  no dice ni pío. Está callado, sin comprender qué mosca le ha picado, así de pronto... Ya me la pagarás – esto Vica  no se lo suelta en voz alta – por lo endemoniado que has sido toda tu vida; por eso no lo quiso, aunque cuando lo vio por primera vez, la verdad que sí le había gustado. Ella estaba detrás del mostrador, en la tienducha de Iancului; fue una clienta quien lo trajo y les presentó. Ella tenía a la sazón diecinueve años, era alegre y todos la querían. Lo que es él, era buen mozo, alto y fuerte, tenía la nariz recta y los labios delgados,  el pelo liso peinado a un lado; mira, igual que en esta foto de la pared. Se la sacaron el día de su boda; por ese entonces él era empleado en la fábrica de Zamfirescu... ¡Qué maravilla de confitería la de Zamfirescu!  Estaba más o menos donde está hoy la estatua de Kogalniceanu. ¡Y la de cosas que le traía de la fábrica! Un día chocolates, otro bombones de todos tipos, otro fondants.  A todos sus trabajadores Zamfirescu les regalaba dulces, por Navidad y Semana Santa, ¡qué de huevos, qué de barras de de chocolate, así de grandes! ¡Qué no diera ella por tener ahora un poquito  de aquello! Mientras que entonces ni en pintura quería verlo de lo empalagada que estaba... que a veces una no sabe valorar lo que tiene... Zamfirescu, ni qué decir, ¡todo un señor! La prueba, que llegó a ser de los íntimos de la reina y a codearse con los Bratianu... Tres años trabajó su marido para Zamfirescu; lo que se llama un intelectual no lo era, pero siempre tuvo buena letra; aún ahora, cuando firma, hay que ver qué caracolillo tan bonito le chanta encima...

Al fin y a la postre con lo que ahorraron entre ambos, con lo que su señor padre le diera de dote, abrieron la tienda. Al contar el dinero  de su dote, papá - ¿quién iba a creerlo? - se equivocó.  A él, que no soltaba un céntimo ni pidiéndoselo de rodillas, se le escurrieron por entre los dedos  unos quince mil de más. Con lo zorro que es, el marido se asustó como un tonto y va y ldice:

- ¿Qué hacemos? Mira que tu padre ha metido la pata con los billetes... ¿Qué hacemos? - pregunta el muy torpe-. ¿Devolverlos? Toma, corre y dáselos...

- Venga, trae esto aquí, --dijo ella--, y ni chitón, que estos cuartos son míos. Que con esto me quede siquiera...

Dicho y hecho, y en buena hora, pues papá todo lo que tuvo lo dejó a los hermanastros, ¡qué se les atragante!... Mas con la dote de ella y con lo que juntó el marido mientras trabajaba donde Zamfirescu, reunieron lo suficiente para abrir su tienda en Coriolano. Y luego, hay que ver al muy bestia cómo se las daba de gran señor, desde que pusieron el negocio... Llegaba en coche de alquiler, encima de primera, y él sentado atrás, orondo, tumbado en los almohadones. Una vez le trajo una ajorca de oro, otra un medallón de zafiro con su cadenita, después dejó de hacerlo:

- ¿Pa qué? Si nunca los luces...

Cómo y dónde iba a lucirlos, si pasaba el día entero pegada al mostrador... ¡Y a él le importaba un bledo! Iba al cine, al fútbol, no se perdía un solo partido del Juventus. ¡Ni que fuera el jefe del Venus!... Ahora, de salir ya casi no sale, salvo cuando hay sol le apetece dar una vuelta por el jardín de Cişmigiu; va caminando bien tieso, sacando barriga, su tripa de mercader, que nunca llegó a tener el otro viejito, su padre, quien, enclenque como todos los oltenios, siempre quiso ser barrigudo. Al envejecer se lo pasaba quejándose todo el tiempo, que qué clase de comerciante seré yo, si ni tripa tengo. El marido en cambio, alto y fornido, camina tieso, con fuertes pisadas, sacando la panza, echando miradas codiciosas hacia el tienducho de la esquina, donde venden empanadas de hojaldre y gasesosas. Ella le da algún billetico, pero lo mismo da, que no lo tocará para nada, sin embargo le gusta saber que algo trae en el bolsillo, que así son los hombres...

- Tú te vas y a mí me dejas aquí, solo...  -lloriquea él.

Y sigue mirando la tele, incorporado a medias sobre las almohadas, está viendo la  película de anoche, que  repiten día siguiente, pero qué importa, él la ve por segunda vez. Y casi seguido añade, cambiando el tono de la voz:

- Vica, ¿me traes un vaso de agua?...

- Lévantate tú, que el diablo te levante, se diría que en tu pueblo te lo daban todo en la boca...

Pero deja su talega en el suelo, vuelve a la sala, le lleva un vaso lleno de agua y se lo pone en la mano. Arrebozada como está, lista para salir desde hace una hora, permanece junto a él esperando a que beba, luego coge el vaso y lo deja sobre la mesa.

-¿Qué decías? pregunta él y se acomoda de nuevo en la cama, bostezando.  ¿Qué  farfullabas hace un  rato?... Bla, bla, bla...

- ¡Por qué no te callas!, le grita ella.

Agarra la bolsa y sale, dando un portazo que hace tintinear los cristales de las ventanas.

 

 

                                                      

              

 

 

Camina con cuidado sobre el empedrado del patio, resbaladizo por la escarcha matutina. Siente calambres en sus pies hinchados, aunque hace poco los ha frotado con petróleo y lleva medias gruesas de lana. Está claro que el tiempo va a cambiar. Se detiene un momento para tomar aliento, que el aire frío la ha mareado; saca del bolsillo su mano encogida, metida en un guante de lana de puntas deshilachadas y se arrima a un postigo cascado. Hará veinte años desde que cerró la tienda, y todo está herrumbroso, empolvado y el portillo se confunde con la pared, Vinos de “Dealul Zorilor” ponía con grandes letras, abajo, a la derecha, en un extremo de la contrapuerta; existía además un peldaño que quitaron al liquidar el negocio. Emparedaron la entrada, sacaron el escalón, pues ya ¿qué falta hacía, si por delante no entraba nadie? Estanco. Bebidas espirituosas. ¡Y que fiambres tenían! ¡Y qué ruedas de queso! Acudían clientes desde Coriolano y desde Sabinas... la gente llegaba, compraba,  charloteaba un rato, se les ofrecía una copilla, se  servía  alguna tapa. ¡Qué  de quesos frescos! ¡qué rimero de sardinas! ¡qué infinidad de ultramarinos! ¡Cuántas exquisiteces no traían! Y los vinos exclusivamente  de “Dealul Zorilor”...

- Vaya, vaya, madam Delca, decía más de uno, ¡aquí se está mejor que en lo de Dragomir Niculescu!

Y así, detrás de la barra húmeda de zinc pasaron los años mozos. Andando todo el día al retortero, entre el choque de vasos, y las voces impacientes de los de las mesas.

-¡ Misiá Vica!... ¡oiga!  ¡Misiá Viiicaaa!

            Su marido, impávido, como hasta hoy,  se quedaba tumbado en la cama, en la trastienda. Salía de vez en cuando, sólo si había que echar fuera algún borrachín, o a curiosear, no sea que alguien se atreviera a tocar a la mujer. ¡El rato menos pensado aparecía detrás de una!  Tamaño hombretón y no se le sentían los pasos. Entraba, husmeaba por todo lado, que así le gustaba: estar mano sobre mano, pero luego, meter sus narices en todo. Además, cómo percatarse de si venía que se armaba tal jaleo. No bien aparecía, chitón, que todos le tenían miedo.

- ¡Venga aquí, don Delca! ¡Bébase un trago con nosotros! se oía a algún cliente novel, que no conocía sus manías.

Y él, en un hilo de voz.

- No gracias, no acostumbro ...

Y seguía revoloteando por ahí, el muy plomazo,  aguarles la fiesta, no otra y que se les atascara el trago. Al rato, volvía a desaparecer en la trastienda. Se arreglaba, se acicalaba y salía: al fútbol, al cine o simplemente a gandulear por el centro. Y ella quedaba a cargo de todo, de los proveeedores, del descargue de la mercancía, con el fardo a cuestas.  Era, a la sazón, una mujer robusta, no como las de ahora, flacas y planas como tablas, sin culo ni agarraderas para la mano de hombre... Mujer rozagante, fornida y tetona, haciendo vibrar el entablado bajo sus pies, el cabello rizado y recogido en un pequeño moño sobre la nuca, la cara carnosa y la piel muy blanca... De haber querido se hubiese permitido algún desliz, pero ella no era de tal estofa, ¡qué va! no era de ésas... Había un tipejo; uno alto, de bigote fino y negro, de ojos maliciosos, que lo está viendo ahora. Trabajaba en la Prefectura de Policía, se venía aquí, hacía la compra; eso sí, fíjate, que sólo caviar,  esturión ahumado, fiambres y vinos de lo más caros. Cargaba todo en un coche de alquiler y acarreaba para sus jolgorios. Otra cosa era ver cómo se  le quedaba mirándo, misiá Vica p’ arriba, misiá Vica abajo... Y la de sortijas que llevaba... una en cada dedo y en el pequeño un anillo con una piedra así de grande...

- ¿Le gusta? le dijo un día. Si le gusta, tómelo, es suyo.

- Guárdelo y que le aproveche, que a mí falta no me hace, que yo tengo mi marido...

Era muy apuesto, pero qué canalla debíó de haber sido, se le notaba, y los ojos, cómo le bailaban... Cuando subieron al poder los comunistas, desapareció. Dejó mujer, casa, hijos y se hizo humo. ¡Nadie supo más nada de él! Si lo cogieron, le habrían comido vivo, pues seguro que andaba metido en algún asunto oscuro, viendo el mogollón de anillos que gastaba... ¡Y si  hubiera sido el único! ¡Pero fueron tantos y tantos más! Sea como fuere, ella no estaba para guarrerías, era de otra ralea y  encima mujer de trabajo. Se lo había dicho una vez la madame Ioaniu, mujer sabida, que tuvo dos maridos.

- Vica, óyeme bien lo que te digo ahora: hembra desgastada esposa fracasada...

Llegar aquí es  el paraíso, así le decía. Ya van tres años desde que se mudaron, y su cuñada no para de renegar, que las ventanas no cierran, que  la puerta tampoco, qué esto queda tan lejos...

Anda tan encorvada que parece gibosa, con el  abrigo azul, descolorido, reventando de tanta ropa que lleva  debajo, talega en mano. Anda con la cabeza gacha, sin mirar a ningún lado; serán quince años desde que fue por última vez al centro, qué sentido tiene, si todo lo necesario está a la mano: la Caja de Ahorros, la peluquería en la esquina, la botica, la zapatería, el teléfono público junto a la verdulería, adonde  va a hacer llamadas, con las fichas metálicas si falta de casa la vecina Reli. Pasa por el asador de albóndigas y cada vez, hace un alto a paladear unas cuantas. Coloca la bandejita de cartón sobre una de las banquetas del mercado –a esa hora vacías-, unta la albóndiga en mostaza y se deleita. Siempre la misma cavilación, que si guarda una o no y llevársela al marido; no vale la pena, se decide al fin, mientras se limpia la boca con el pañuelo, no vale la pena, que está muy gordo y con todo, no deja de embuchar sus empanadas de queso, cuando va a dar una vuelta al parque Cişmigiu...

Avanza doblada, ya ha dejado atrás el jardincillo, donde los jubilados juegan al ajedrez en verano, unos cuevos graznan parados en la estatua de una mujer esmirriada; su hermano Elías, que en paz descanse, sabía su nombre. Pasaban por ahí y la nombraba...  A ver... ¿cómo la llamaba? Nifa... parece que Nifa. Aun con los ojos vendados podía llegar de su casa al tranvía, de todo se acuerda,  de cada casa, de cada hendedura del camino, pese a que más allá de esas verjas, ha llegado gente nueva,  pero los antiguos, todos sin excepción,  la conocen.

- Beso la mano, madam Delca, cómo está; beso la mano, madam Delca, dan de voces, apenas la ven.

Todos le tienen cariño y aprecio. Y ella, no bien se topa con alguno, se pone de parloteo: cada cual con sus dolencias, uno que el hígado, otro que la bilis, otro que la presión. A cuántos no fió ella, que de lo contrario hoy sería  mujer pudiente; y ahora nadie viene a decirle:

- Tome, doña Vica, tenga cinco duros, que no le vendrán mal...

Así es este mundo, mientras tienes para regalar eres bueno, de lo contrario, vales menos que una perra gorda. Ella no iba a saberlo, con tantas cosas que  ha vivido, tantas que podría dar cátedra a los demás. La escuela de la vida, cursos vespertinos, así le decía a la señora Ioaníu y había que ver cómo se reía la vieja... La escuela de la vida; amén de eso, de qué más se iba a enterar ella, que sabe sólo de trabajo, sin descanso. Luchar y luchar y nada más que eso...

Sube pesadamente la escalerilla del tranvía. Saca las monedas que tiene preparadas en el bolsillo y se abre camino entre los cuerpos hacinados hasta los asientos delanteros. Bregar y bregar, eso ha sido su vida, desde los once años  cuando se murió mamá y ella quedó íngrima y desamparada, con una caterva de hermanos, pues papá se había ido a la guerra y al año de eso, hacia el verano, a mamá le dio la tifoidea, el tifus, sólo ella sabe qué le dio y falleció pobre mamita. También murió Basilio, el menor, que siendo niño de pecho no tenía qué mamar y también se murieron los gemelos. Pero  Elías, Nicolás y ella se salvaron, que eran ya mayorcitos. Se quedaron solos en la vieja casa del barrio de San Pantaleón, cerca de “La Cabra”. la iglesia donde está enterrada mamá; ella con su retahila de hermanos menores; el que tenía  que vivir, vivió y el que tenía que morir, murió, según estaba escrito... Tarde mal y nunca venía a visitarlos su abuela, la griega, que se las daba de gran dama. Parece que la está viendo con su vestido gris plateado, de otomana, cerrado hasta el cuello con botonadura, ribetes de encaje en las mangas y los hombros cubiertos por un manto de piel. La ve clarito, que fuese hoy día mismo: robusta, panzona, de tetas grandes, como todas las mujeres de su familia. Con razón se apretaba el corsé, tenía un corsé enorme con ballenas. Sólo de la giba no recuerda nada: ¿sería acaso corcovada la abuela? Era toda una señorona su abuela, la griega, era dueña de un quiosco de periódicos, muy cerca de su casa. Era casa de cuartos adosados y puerta vidriera en la entrada, por ahí, por el barrio de los Santos Apóstoles. Era toda una señora, pero ellos, los nietos  no la podían ver, porque a mamá la había entregado a gente ajena, en adopción; si no, si la hubiese criado con su hijo y su otra hija, ¿quién duda? otra habría sido la vida de mamá. También ella habría cursado una escuela de pago y criado como señorita; sin tener que casarse con un oltenio mercachifle y  consumir su vida detrás del mostrador. Viviendo en el barro de San Pantaleón con siete hijos colgados de sus faldas. ¡Pobrecita mamá! De no haberla abandonado su madre, la griega, distinta hubiera sido su vida y a lo mejor no se moría a los treinta años, en la flor de la edad. En eso insistían las vecinas, cuando su abuela, la griega, daba por San Pantaleón, a ver a sus nietos. No la sufrían las vecinas,  tampoco ellos, sus nietos, y cuando ella les rogaba que la llamasen granmamá los chicos la decían granmamuerte... Que en paz descanse también ella, la granmamuerte, que hace años y años estará convertida en polvo. Aún guarda en el cajón la foto de ella, que se sacó en el estudio de Federico Binder, hay que ver lo ufana que se ve la granmamuerte, con una piel de pelo enroscada al cuello  y sus botines de tacón. Botines elegantes, de cuero fino, crujiente y  cierre de corchete que ella solía  untar con aceite de ricino para mantenerlos nuevos. Pues de todo un siempre la granmamuerte cuidaba de su personita; por eso a una de sus hijas la entregó a otros, en adopción, librarse quería de tantas bocas para alimentar. Con sus nietos, igual,  para el caso que les hacía, pobrecitos, que en caso de necesidad, acudían al tío Lavaberzas. El vivía enfrente de la iglesia, en un enorme caserón, con vallar alto, bodega de vinos y unos perros como fieras. No era menos avaro, un tacaño era, un roñoso, por lo que la gente le apodaba Lavaberzas.

- Retira, mujer, el chisme ese a un lado, que desde que te has subido, el chisme y tú estáis cerrando el paso y no dejáis pasar a la gente... grita, junto a su oído, un tío achaparrado, ancho de espaldas.

 

El chisme es una espuerta, y adentro cacarean dos gallinas de cresta gacha. Hace dos paradas que se subió la campesina con su cesta, subió por la puerta delantera del tranvía, Vica sí lo notó.

- ¿Y  dónde  quiere que lo ponga? pregunta la mujercita.

Levanta del suelo su espuerta y empieza a arrastrarla entre las piernas de los de al lado, las gallinas avientan las alas y  sacuden sus patas atadas.

- Así es en segunda clase, te vienen con cestos, con repollos, con todo lo que puedas imaginar... Hay algunos que llevan hasta sus perros... dice el achaparrado, dirigiéndose a un viejo escuálido, de  boina y que está justo enfrente.

El viejo queda callado, asiente con la cabeza y las venas endurecidas del cuello se le hinchan bajo la piel fláccida.

- Ponlo aquí, a mi lado... dice Vica.

Y empuja el cesto debajo de su asiento.

- La gente se sube con lo que tiene, tendría acaso que ir a pie, sólo porque a algunos les viene mal... Paga su billete y coge el tranvía, por qué no lo iba a coger... le increpa ella, alzando la voz.

¡Toma! Que oigan todos, incluso los que se fruncen la  nariz y no soportan viajar más que en vagón de primera, que la segunda les apesta.  Ella, desde que cerró su tienda, así se moviliza y no se ha muerto. Paga veinticinco céntimos y va en segunda, en una y otra igual son gente, que de no ser  ella precavida, ahorrativa, con lo que aporta el  marido no alcanzaría ni para una semana.

Levanta la bolsa del suelo y baja  cuidadadosamente por la escalerilla del tranvía.

El aire huele a humedad, a fin de invierno, pero se puede ver todavía algunos viandantes con bolsas de la compra en la mano y tirando de trineos, cargados  con  niños semirecostados, sobre la costra emporcada de la nieve. Entre las grúas, se divisan edificios de vivienda aún sin enlucir, montículos de cascote cubiertos de hojas de cartón alquitranado, también unas barracas de madera con las puertas cerradas. Ella cruza jadeante, arrastrando el paso más que de costumbre, por miedo a no enredarse en cualquier alambre que esos albañiles hideputas dejaron esparcidos, desde el otoño. Está impaciente por llegar, que de un tiempo a esta parte ya no está para trotes, no aguanta tantas caminatas... Qué fea es la vejez, y para colmo le está entrando un hambre, pese a que tomó una taza grande de té con pan remojado, antes de ponerse en marcha.  A como dé lugar, ella primero que todo tiene que embuchar algo, pues no acostumbra ocuparse de sus asuntos con el estómago vacío, si eso, le dan una especie de desmayos y se siente mala, queda inservible para el resto del día. Lo que es su cuñada, pondría  la mano en el fuego, que hasta esas horas, aún no ha parado la olla... Eso no es novedad, eso de toda la vida, si es una alelada que se le escurre el día en la menor tarea, y para quejosa no hay quien la gane: antes de venirse a vivir en este barrio, dizque, estaban apiñados, que  ni por donde moverse y ahora que está lejísimos, que pierde horas enteras en los autobuses... Ya le viera, viviendo como ella, cuarenta años en esa chabola, calentándose con carbón, siempre pendiente de las bombonas de gas, en ese caso tendría derecho a protestar... Cuando Vica llega donde su cuñada, se le hace que ha llegado al paraíso, así piensa, que ya van tres años desde la mudanza y su cuñada sin dejar la plañidera: que las ventanas no cierran bien, que ni la puerta, que esto es el culo del mundo.

- Cállate mejor, se abalanzó ella cierta vez, cierra tu bocaza, no provoques la ira de Dios, que aquí donde vivís no es otra que el paraíso terrenal, a que sí...

Y se comprobó, eso parece que fue de mal agüero que ni apenas cumplido el año, el pobre Elías sufrió el accidente y se mató... Ahí sí que, empezó a ver lo duro la cuñada, a aprender lo que era ir tirando sola. Pobre Elías, tan buenazo, toda su vida sin chistar, hasta el dinero de casa ella administraba, de modo que el hermano, cuando Vica terminaba la visita, le pasaba a escondidas unos cuartos:

- Venga, Vica, cógelos, que tengas para el tranvía a la vuelta..., le insistía, al despedirla  en la puerta de la calle.

Con su hijo Gelu, no se las apaña así de fácil la cuñada... Ese chaval tiene un carácter de los mil demonios, a ella ha salido y a la familia de ella, es igualito, de buenas a primeras, se vuelve una fiera con la madre. Y ella malcriándole todo el día: Gelu, hijito, y patatín y patatán... Gelu ni caso, día y noche con la nariz clavada en sus libros, pero eso sí,  bien servido a toda hora... Si ella hubiese tenido hijos,  verían al mismísimo demonio, no otra; mejor así, que no los tuvo, quién sabe cómo le habrían salido, que hoy en día los chavales no saben de respeto, ni conocen la vergüenza.

 

 

                                                            Berceni

 

                                                                

 

-  Aquí en vuestra casa, una se siente como en el paraíso... exclama, dejándose caer en la silla de la cocina.

El calor le ha encendido la cara y las manos y las piernas se le han relajado tanto en las junturas, que lo único que le apetece es estarse quieta.  Observa las tazas de té sin lavar en la pila, sobre la mesa cubierta de  hule hay migajas y en un plato, un pedazo de queso blanco que ha hecho una costra amarillenta.

- ¿Y a dónde se  ha marchado?

- Al trabajo –esta semana está de turno por la mañana... ¿no lo sabía? contesta, Gelu pausadamente.

Está apoyado en la puerta.  Es alto y delgado, con  rasgos aún no definidos, como abultados por el hervor que lleva adentro. La mira fijamente, esbozando una sonrisa en sus labios gruesos.  Lleva pantalones de casa, sin cinturón, que le resbalan por el cuerpo esmirriado, y encima una camisa de un verde descolorido.

- Si llego a saberlo, no me hago tanto viaje en balde...

Pero, se incorpora, se quita la boina e inclinándose sobre la bolsa coge el bote con los encurtidos, la botellita, el ajo y la cebolla y los deja encima de la mesa. Está molesta que ha venido hasta aquí y no está, que si esperas que vayan ellos, ninguno aparece, y sólo ella, la mar de años, sigue llamando a puertas ajenas. Pues a veces no le falta razón al marido... Ay, que si hubiese vivido mamá, otro gallo cantaría. Ella había terminado la primaria y su madre quería mandarle estudiar para bachillerato, le había cosido el uniforme, con el bonete, sí, se acuerda como si fuese hoy, eso pasó en julio y en agosto se decretó la movilización... Papá se fue al frente y a poco de eso murió mamá; mujer hecha y derecha, yacía en la cama y desvariaba, y los labios se le habían reventado por la fiebre altísimas que le había dado... Y ella, ¿qué entendía ella,  una cría de once años? Se iba a jugar por los baldíos, pues de volver a casa no le daban ganas...

Luego todo se le puso color de hormiga, viéndose obligada a cuidar de los hermanos menores, hacer la cola del pan (y qué pan tan negruzco y crudo, hecho con afrecho en vez de harina), pues sin no la hacía ella, ¿entonces quién? ¿No era acaso la mayor?...  A sus once años andaba con la tarjeta de razonamiento en el bolsillo, hasta hoy se acuerda de los vales: U 800 gramos Pan.  U 440 gramos Pan. U 300 gramos Pan. Entrega supeditada a la presentación de la presente. Las contravenciones serán castigadas con prisión de hasta 6 meses o con multa de hasta 3000 lei, o con ambas sanciones.

Eh, había salido segunda en su curso, pues podía leer de corrido. Mientras hacía la cola, repasaba la tarjeta del pan, por esto se le grabó en la mente, y hasta ahora no olvida ni una coma, como el Padrenuestro se la había aprendido...

-¡Qué vas a comprender tú lo que es quedarse sin madre a los once años!... Que apenas murió mamá, pasamos sin fin de apuros... dice rumiando un mendrugo de pan.

Al cabo de tantos años, sigue sintiéndose  húerfana y desamparada.

- Por eso, escúchame bien, debes querer a tu madre...

Coloca meticulosamente las tazas lavadas sobre la alacena y, como está de espaldas al chico, corta un pedacito de queso y se lo lleva a la boca.  Tapa el resto con un plástico y saca el plato fuera de la  ventana. Mira, que bien queda aquí en bordillo exterior, sólo a su cuñada se le ocurre lamentarse:

- De haber vivido el pobre Ilie, este año ya hubiésemos comprado la  nevera,

-¡Al cuerno con la nevera! le increpa ella. ¡Dinero tirado! Le das un hervor a la comida todos los días, y ya verás cómo te dura...

-Por eso tienes que querer a tu madre y obedecerla, que no tienes a nadie más en este mundo. Que la quieras y os cuidéis el uno al otro, le sermonea en voz alta.

Qué le oiga el chaval y qué se  le meta bien en la cabeza.

Gelu se ha alejado un poco de la puerta y está pasando el peso de su cuepo de un pie al otro, mientras bosteza. Piensa en qué pretexto inventar para largarse de la cocina, pues si abre la boca y se pone a charlar con ella, el día de hoy se irá al traste. Igual, desde que se ha levantado, ha estado remoloneando y perdiendo el tiempo. Los libros, el tablero de dibujo, todo está aún tirado por el dormitorio, y encima...

¡Vaya con este chico! se dice para sus adentros, al tiempo que extiende una manta sobre la mesa, enchufa la plancha y se dispone a alisar una ropa arrugada que ha encontrado en el baño, que cuando vuelva la cuñada se lo agradecerá. Hay que ver, siempre está de mal humor; su padre, que en paz descanse, era distinto; el menor de los hermanos: cuando murió mamá, apenas había dejado de gatear. De criar lo crió ella, Vica;  fue una verdadera madre para él, y cómo peleaba con su viejo para que lo mandese a la escuela...

- Si te digo que no hay con qué, es que no hay, ¿qué quieres que le haga? Alegaba el padre.

Como todos los de Oltenia era un agarrado; había llegado a la ciudad, al parecer del pueblo de Carbuneshti, o quén sabe de dónde. Acarreando al mercado cestos de verduras, pescado, gallinas, vinagre y carbón, corderos pelados, enteros, envueltos en tela, o solamente paletillas. De todo vendía papá, hasta que juntando, duro sobre duro, se hizo una casa de adobe en la barriada de San Pantaleón, y al final a su caudal se sumó la dote de mamá, y con eso abrió la tienda. En los últimos tiempos, vendía hilos,  gas y jabón en barras; le iba bien, se había acostumbrado a vestir de ciudad, tenía un reloj bolsillo colgado de una cadena gruesa y gastaba  bigotes de guías torcidas hacia arriba. Le iba bien con su negocio, pero aquel agosto repicaron las campanas toda la noche y se decretó la movilización. Cuando volvió de la guerra, no le quedaba nada.  Sin embargo papá, oltenio como quien dice de veinticuatro muelas, que a los ochenta años cascaba las avellanas con los dientes, pues no le faltaba ni uno, papá, pues, volvió a empezar de cero. Iba de pueblo en pueblo con sus mercancías.  Mamá ya había fallecido cuando él volvió del frente. Papá estaba todo el día  fuera de casa, con su comercio. Al fin y a la postre, se enredó con la Cateta, se puso a vivir con ella en su casa y la preñó varias veces.

- Si quereís, venid conmigo, nos dijo cuando se preparaba a ajobarse con la Cateta, pero nosotros preferimos quedarnos en la casa vieja de Pantaleón, cerca de la iglesia de “La Cabra”, donde está enterrada mamá.

Desenchufa un momento la plancha, que está demasiado caliente. Abre la puerta de la despensa, pero no encuentra sino unos bizcochos secos, coge uno y lo moja en el vaso de agua; una vez  remojado, lo mamullea en la boca.

- Tía, que me tengo ir al lado, tengo un mogollón de cosas que hacer, ni sé por dónde empezar.

Se va, tirando las pantuflas por cualquier rincón, se estira en una silla y apoya la mandibula en la palma de la  mano.  Repasa la mejilla con los dedos: afeitarse hoy o no afeitarse...  Está mareado con tanta labia de la vieja, con sus historias de siempre: a ratos uno cree que va a parar, pero qué va, dale que dale. otra vez desde el comienzo. De un tiempo a esta parte se le pega la hebra más que nunca, y además  no para de comer...

Pero hoy tampoco él puede estarse quieto. Hojea los papeles con los cálculos, anota alguna que otra cosa al margen, bosteza, se levanta y va a mirar por la ventana. No hay nada que ver, la misma calle, bordeada de edificios de viviendas y delante, justo delante de la ventana, un espacio baldío con  cerco de alambre de púas. Un cubículo destartalado de metal: el refugio, abandonado desde que allí estaba la terminal del tranvía. A través de las paredes delgadas del edificio se oye el sonido de una radio a todo volumen y las voces airadas de unos que están riñiendo. Se arremanga maquinalmente la camisa y, con dos dedos, se pone a reventar los granos que le han salido en el brazo. Hay días como éste, cuando uno está de bajada, desalentado. Un cielo blanquecino, el lodazal delante del edificio, el temor a la vida incierta que le espera y que le hace sentirse indefenso y lleno de rabia; los nervios de su madre, su timidez con las chicas y la falta de dinero – todo le pone tenso, de ceño fruncido, exprimiéndose uno a uno los granos del brazo. ¿Cómo es la vida en realidad? ¿Cómo la ve él ahora? ¿O como se le aparece cuando está de mejor talante y se olvida de todo esto? Se tira en la cama, cierra los párpados, esperando el recuerdo insoportable, rechinando los dientes y ahuyentándolo, y él volviendo otra vez a su memoria, haciendo bullir su sangre. En el aire el perfume vivo, estremecedor, de una primavera muy temprana; los montones de nieve ennegrecida bordeando la acera y chorreando hilos de agua. Y él, sabiéndose tan joven, corriendo dentro de una luz inesperada, atravesando  todos los semáforos en rojo, por temor a tardar.

La chica tenía los hombros frágiles y estrechos y los brazos delgados cubiertos de un vello negruzco. Llevaba una  media  deshilachada sobre una rodilla, cosida de prisa con hilo blanco.  La miraba de soslayo, al tiempo que, con manos torpes intentaba correr el cierre.  La sentía en sus brazos tiesa y malhumorada, sin  su normal volubilidad, pero la prisa y el temor le impedían detenerse. Sus dedos se atascaban en los botones, y de  rato en rato  miraba de reojo el despertador, con su tic tac vigilante, muy cerca de allí, sobre la mesa. Habían perdido casi todo el tiempo intercambiando frases sin importancia, y ahora, en menos de una hora, el compañero que le había prestado su habitación volvería. Algo, quizás el recuerdo de la media deshilachada, quizás la torpeza de la muchacha, le enterneció de pronto, e intentó moderar su febrilidad desllizando su mano sobre el cabello de ella, desde la coronilla brillante hasta la nuca, donde lo tenía recogido con un cordón negro. Pero ella se hizo  a un lado y le miró de reojo, suspicaz y con rencor. No, no tenía sentido intentar burlarla. De reojo, así lo había mirado durante el camino hasta aquí, dejando que los dedos húmedos y suaves de su mano resbalen al pasar por los valladares de palos empolvados, a lo largo de la pared amarillenta. mientras subían por la escalera hasta detenerse ante la puerta descascarillada, donde él había tanteado largo rato, haciendo girar con ansia cada vez mayor la llave en la cerradura ennegrecida. El sofá crepitaba a cada movimiento y el se protegió la frente para no chocar contra el espaldar, agobiado por la inercia de aquel cuerpo rígido que se negaba a responderle; sin embargo siguió en sus manejos, observando casi aterrorizado sus propios gestos como como si le fueran extraños. Como si todo lo que sucedería en adelante fuese algo que debía a toda costa cumplirse; un deber del que no podía librarse. Y ella intuyendo sin duda todo aquello, con sus ojos clavados en el techo - un techo al que descubría en sus mínimas irregularidades -, apretando sus labios sobre los dientes blancos, pequeños y afilados, luego parpadeando rápida y ritmicamente, dejando escapar por entre sus párpados entreabiertos destellos de maldad; una mirada torva, alegrándose del fracaso de Gelu, que ella ya podía contemplar.

- ¡No te hurgues tanto! ¡Mira cómo te has puesto! le reprime Vica, señalando con su dedo grueso y retorcido las manchas amoratadas del brazo que él sigue palpando con los ojos cerrados, en busca de otras espinillas.

Empujando la puerta de la habitación con su hombro, había entrado sigilosamente, jorobada, trayendo un plato con rodajas de pan con queso.

- ¡Déjame en paz! grita Gelu, furioso. ¡Déjame en paz! repite algo más quedo.

            Avanza hacia la ventana, apoya su mano en el alféizar y mira hacia afuera.

- Perdóname, le había murmurado a la chica, retirándose hacia el filo del sofá, hasta que  el canto afilado y frío de madera se le clavó en las carnes. Perdóname, balbuceó asqueado, con una desidia y una desesperación tan grandes que dejó de mirar el reloj y ni siquiera intentó cubrirse. Ahora ya podía suceder cualquier cosa. Reconocía en él todo el espanto de aquellas horas, como si hudiese sabido de antemano lo que iba a suceder. Así que hoy hasta podía pronunciar esa palabra, la última que, según había creído hasta entonces, hubiese jamás proferido delante de cualquiera. Y más tarde, mucho más tarde, sintió el brazo delgado de ella, empeñado en meterse debajo de sus hombros estrechos, y el pelo suave flotando sobre su mejilla.

- ...fíjate cómo estás,  vuelto hueso y pellejo. Por esto estás todo el rato adormilado,  sin vigor... En cambio yo, toda la vida me he cuidado, y lo mismo hace mi marido. En este instante lo estoy viendo como prepara un plato de huevos fritos, revuelve las yemas con miga de pan y empieza a engullir con su cuchara... Hombre, le digo yo cuando lo pillo, ni que fueras el viejo Mealache, el que mezcla todo lo que le sirve su nuera, la sopa con el segundo plato. Pa’ qué abrir la boca dos veces, si todo allí mismo va. Al oírlo, me responde: Pué’ qué te crees: ¿acaso yo también no soy un viejo? ¿Te parece que no soy viejo? Mira, que este verano cumplo los setenta y nueve...

- Pues, sí que es viejo. Si no lo será él, ¿quién más? le lanza el muchacho por encima del hombro.

Chaval de los mil demonios... Igual a su marido, huraño y mal geniado. Dios sabe a quién le hará éste la vida imposible. ¡La hostia! Cómo te iba yo a zurrar, si fueses mío, para hacerte hombre cabal... A su edad, es de esperar que tenga algo de sal en la mollera, y cuando hable, que diga palabras juiciosas. La madre tiene la culpa, la madre le ha dado alas y ahora es la primera que se queja.

- No sé que hacerme con Gelu. No sé cómo ac-tu-ar; se pasa todo el día encerrado en la habitación, nunca tiene un tema de conversación conmigo, y apenas le digo algo, lo más mínimo, me reprende. Cuando vivía su pobre padre, el chaval era distinto, y el aire que se respiraba en casa también era distinto. Bien sabes que Ilie era de carácter alegre, abierto, suspira su cuñada.

-¿Qué se le puede hacer? Déjalo a su aire,  le contesta Vica.

Mas para sus adentros: ¿Te admiras de que sea hosco y mudo? A ti se te parece, que tú eres igual. ¿Acaso te has portado jamás de otra manera conmigo y con todos los que han llegado alguna vez a esta casa?

            Se merece que se las cante claras, pero no vale la pena meterse en peleas. La suerte que tuvo su cuñada con el pobre Ilie, que en paz descanse. Ilie era blando de carácter, toda la vida la mujer hizo de él lo que quiso; a Vica, nunca se alegraba de verla abrir la puerta, nunca la veía con buenos ojos, por lo visto le disgustaba que Ilie le pasara a escondidas algún billete de veinticinco lei...

- Toma, Vica, que tengas para el tranvía cuando vuelvas por aquí...le decía en la puerta.

Ahora ha cambiado la cuñada, al verse sola en el mundo.

- Date alguna vuelta por aquí, Vica, ven a verme, que charlemos un rato, pues me zumba la cabeza de tanto silencio...

Y ella va, y le da una mano, como hoy, algo zurce, algo plancha, aunque ya empiezan a fallarle las fuerzas. Ojalá una no llegue a necesitar nada de nadie, ni de los parientes, ni de cualquier otro, que te comen viva; esto solía decirle madame Ioaníu. Mujer sabida la Ioaniu, sabida y refinada: dos maridos tuvo y a los dos los enterró.

- Que no llegues a vieja, Vica, y estés obligada a llamar a  puertas ajenas...

            ¡Cuántas veces no se lo habrá machacado!...

 

 

- Venga, tómalo tú, que yo no tengo hambre. Ya he sacado mis papeles sobre la mesa, y esto mas que nada me estorba...

            Gelu acaba de traer el plato con pan y queso. Se ha quedado con él en la mano, apoyado a medias en el dintel de la puerta, como indeciso: ni entra ni sale.

            - Cómetelo tú, total no hay gran cosa para comer, pues mamá apenas mañana cobrará ...

            - ¡Qué voy a comer! es lo último en que  estoy pensando...

            Pero toma el plato, lo pone a un lado, sobre el aparador y sigue ocupada con la cocina de gas: saca las hornillas metálicas y las friega en la pila. Si se volviera ahora el chico la vería reír con la boca desdentada; acaba de sacarse la dentadura, es que le aprieta y no puede soportarla por mucho rato. Diablo de chaval, ríe para sus adentros.  ¿Ves que ahora se arrepiente de haberse ensañado con ella, un poco más y la come viva,    pero ella, ¿que culpa tiene?  Ella le trajo algo para embuchar...  No es malo este chico, pero sí un maleducado,  que así lo malcrió su madre desde crío. Gelu, m´hijito, y patatín,  patatán. La verdad que era muy mono de pequeño, gordito y bonito, de pelo ensortijado, con muchos rizos. Ella lo bañaba de bebé, le ponía aceite en las junturas, le conjuraba contra el mal ojo, le besaba sus nalguitas, y lo llevaba con ella a la tienda.  Su lugar era bajo el mostrador, gateando y mirando la balanza. Y cuando la reforma monetaria, su marido le dio un saco de billetes para que jugara... 

- Come, pues, de una vez, le dijo Gelu alzando la voz.

            Qué mosca le ha picado otra vez, sólo él lo sabe. Ha salido y seguro va a encerrarse en su habitación.

                        Así, de improviso, le da la pataleta...  Vica estira la mano, coge un poco de masa de pan y un pedacito de queso y se los mete a la boca. Para qué volver a ponerse la dentadura si le aprieta. Quini

 

About this issue

This July, The Observer Translation Project leaves its usual format to present a special CRISIS ISSUE. Things are tough all over. Hard Times suddenly feels like the book of the moment. The global economic crisis impacts life as we know it, and viewed from Bucharest the effects reverberate in domains that include geo-politics and publishing in Romania and abroad, with the crisis at The Observer Translation Project as an instance of a universal phenomenon. read more...

Translator's Choice

Author: Stelian Tănase
Translated by: Jean Harris

From Maestro: A Melodrama. Episode 7

Emiluţa has an unfortunate thought. She’ll throw herself off the top of the building. Why? What the fuck? Let’s say for the cause of PeaceonEarth, for the slumdogs, Europe, for the lonely. Which is to say she doesn’t have a ghost of a reason. Viva Walachia! The way things stand, if ...

Translator’s Note
Translator’s Note: a synopsis
Author: Ştefan Agopian
Translated by: Ileana Orlich

How I Learned to Read (from Tache de Catifea / The Velvet Man)

The bearded man was the owner of an apothecary shop where he worked with two apprentices. Nobody paid me any mind, so I spent all day in what was supposed to be the shop. I say this because it was a large, dark room full of odors—a mix of smells from everywhere. The room hadn’t been cleaned ...

Translator’s Note
Re: Learning to Read, from Tache de catifea / The Velvet Man
Author: Gabriela Adameşteanu
Translated by: Patrick Camiller

Wasted Morning - Napoleon in Bucharest

“What you’ve got here is heaven on earth,” Vica says as she drops onto the kitchen chair. “But where’s your mother?” “At work,” Gelu lazily replies, leaning sideways against the door. “She’s doing mornings this week, didn’t you know?” He is tall and thin, with unset ...

Author: Petre Ispirescu
Translated by: Jean Harris

Youth Without Age and Life Without Death

It happened once as never before-y, ‘cause if it couldn’t be true, it wouldn’t make a story about the time when the poplar tree made berries and the willow tree broke out in cherries, when bears began to brawl with their tails, and wolf and lamb, unfurling their sails, threw arms around each ...

Translator’s Note
On Petre Ispirescu
Exquisite Corpse

Planned events in Cultural Agenda see All Planned Events

17 December
Tardes de Cinema Romeno
As tardes de cinema romeno do ICR Lisboa continuam no dia 17 de Dezembro de 2009, às 19h00, na ...
14 December
Omaggio a Gheorghe Dinica Proiezione del film "Filantropica" (regia Nae Caranfil, 2002)
“Filantropica” è uno dei film che più rendono giustizia al ...
12 December
Årets Nobelpristagare i litteratur Herta Müller gästar Dramaten
Foto: Cato Lein 12.12.2009, Dramaten, Nybroplan, Stockholm I samband med Nobelveckan kommer ...
10 December
Romanian Festival @ Peninsula Arts - University of Plymouth
13 & 14 November 2009. Films until 18 December. Twenty of Romania's most influential and ...
10 December
Lesung und Gespräch mit Ioana Nicolaie
Donnerstag, 10. Dezember, um 19.30 Uhr Ort: Szimpla Café Gärtnerstrs.15, ...
 
 

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