Mircea Nedelciu no llegó a cumplir los 49 años: de ellos, 39 los vivió bajo un régimen totalitario y durante los últimos 10 se enfrentó a la enfermedad y
“Yo, un tal Mircea Nedelciu...”
Mircea Nedelciu debuta en 1979 con un volumen de prosa breve titulado Aventuras en un patio interior, publicado en Cartea Românească. A lo largo de la década siguiente ven la luz casi todos los volúmenes publicados en vida: El efecto de eco controlado (prosa breve, Cartea Românească, 1981), Enmienda al instinto de propiedad (prosa breve, Eminescu, 1983), La frambuesa de la llanura (novela, Editura Militară, 1984), Tratamiento fabulatorio (novela, Cartea Românească, 1986) y También ayer será otro día (prosa breve, Cartea Românească, 1989). Aunque fueron escritas durante el mismo periodo, se publicaron posteriormente las novelas La mujer de rojo (escrita en colaboración con Adriana Babeţi y Mircea Mihăieş y editada por Cartea Românească en 1990) e Historia de las historias de la generación de los 80 (prosa erótica, publicada por
Lo cierto es que en la terrible y desigual (de ahí la tragedia) lucha con la muerte, Mircea Nedelciu vive interiormente de un modo afirmativo (con un pensamiento positivo, repiten todos sus allegados) y con un gran empeño por vivir. En 1996, tras su segundo regreso de Francia, confiesa en una entrevista concedida a Viorica Rusu: “Volviendo al tema de la angustia, hay dos maneras de relacionarte con ella: cediendo y dejando que sean los demás los que hagan algo por ti (pero tú has cedido) o luchando. Por diferentes motivos, yo nunca he vivido ese momento de renuncia. Ni siquiera cuando me enfrenté a aquella enorme cantidad [70.000 $, la suma necesaria para el tratamiento]. Enseguida me planteé el problema de por qué vía y de qué manera conseguir el dinero. Empecé a pensar en ello, evitando, por supuesto, lo de “es imposible juntar esa cantidad” y, al mismo tiempo, evitando la solución de la humillación” (Adevărul literar şi artistic, V., nº 203, 28 enero 1996, p.3). En su último año de vida sigue creyendo que “la desesperación es, aun así, un pecado” (Formula AS, nº 346, 25 enero/1 febrero 1999) y sólo unos días antes de su muerte confiesa – en un texto sobrecogedor, a modo de testamento – que se apresta a darse cita con Dios y continúa su lucha con la muerte: “Lo sé, el tiempo parece haber mermado, ni siquiera vale escribir todo lo que se te ocurre. Hay que seleccionar, hacer pruebas, tienes que saber hacer lo contrario que hace un sastre: medir una sola vez y cortar diez veces, tirar, sugerir más que desarrollar algo al detalle. Pero estas son cosas que se van aprendiendo; de hecho, ni siquiera se aprenden, sino que vienen solas, bajo la presión del tiempo que, como decía anteriormente, da la impresión de haberse abreviado. Lo que ahora te espera al final tiene una forma (repulsiva) y no te quita los ojos de encima. Sabías desde hacía tiempo que ese rostro estaba ahí, pero no hacías más que ignorarlo, pensando que está lejos y tratando de llevar a cabo tu papel dándole la espalda y hasta burlándote, sabiendo que tampoco ella te mira con seriedad. Ahora no, se acabó. El enfrentamiento es inevitable y tienes que luchar en vez de esquivarla. Recordarle que es fea, a diferencia de la vida, que es hermosa, basarte en el espacio que os separa como si fuera un espacio extremadamente elástico, dilatable, capaz de desdoblarse a través de decenas de métodos, entre los cuales está también
“Las cosas suceden tal y como las entendéis”
La crítica siempre ha separado (incluso cuando la intención era la contraria) el cómo escribe del qué escribe Mircea Nedelciu, esto es, la dimensión experimental, por una parte, de la realista o existencial de su escritura. Si en sus primeros años la tendencia era subrayar la innovación, con el tiempo la orientación fue resaltar la consistencia de lo dicho, así como señalar las características tradicionales del autor. Para entender este cambio (e incluso cierto impasse de lectura) me parece reveladora la opinión de Gheorghe Craciun, prosista también él y reconocido defensor y practicante de la experimentación, que – exasperado por el posicionamiento que la crítica había adoptado a la hora de contabilizar las novedades e inventariar de los procedimientos – se refiere a la prosa breve de su colega: “Mircea Nedelciu no es un vanguardista (preocupado por minar y descalificar el lenguaje) del mismo modo que no es un autor experimental (preocupado por explorar los límites del lenguaje)” (“Un outsider de lo literario”, Observator cultural, nº 3, 14/20 marzo 2000, p. 5). En el mismo número figuran dos artículos más sobre la prosa breve de Nedelciu, firmados por L. Marcu y C. Rogozanu, que expresan puntos de vista similares. Para garantizar una buena apreciación del prosista no creo que sea necesario negar un aspecto evidente y central de su obra. Por supuesto, el experimento preocupó permanentemente a Nedelciu (con mayor intensidad en sus años de debut, pues sus primeros tres volúmenes asumen un carácter experimental) y nadie discute el hecho de que el escritor consiguiera imponer, junto a otros prosistas de su generación (pensemos en Gheorghe Crăciun, Ioan Groşan, Adina Kenereş, Sorin Preda, Gheorghe Iova, Al. Vlad o Cristian Teodorescu) una manera nueva de producir y emplear el relato, contribuyendo de modo decisivo a la adaptación de la prosa rumana a unos procedimientos que hoy en día nos resultan ya habituales (desde la técnica de la inserción y la cita hasta la narración en segunda persona, el cruce y fragmentación de relatos presentes en el mismo texto o la multiplicación de sus variantes). Pero esta “catarata de procedimientos” – empleando la expresión del autor de Un nuevo personaje principal, texto incluido por Gh. Crăciun en
Hoy en día, cuando la prosa de Mircea Nedelciu atraviesa un proceso de “canonización” (en el sentido de reconocimiento institucional) pero también de superación de la prueba del clasicismo (comprobando, pues, si su discurso es capaz de hablar en un lenguaje universal) es legítimo preguntarse – con la exigencia que demandan los grandes escritores – si Nedelciu es únicamente un técnico del discurso o si, además de esta cualidad incontestable, es también un artista: si cuenta con la habilidad de levantar maquetas y andamios o si en sus textos construye igualmente mundos vivos, singulares e irrepetibles. Dos observaciones elementales piden paso en este momento: la apreciación de clásico está destinada a los escritores que han tenido la conciencia y la voluntad de innovar, que han trastocado los confines de la lengua, de la percepción, de la idea de lo humano, teniendo en cuenta que no todos los esfuerzos innovadores alcanzan la excelencia, que algunos de ellos se quedan en honestos estadios de ejecución que dan muestras de la seriedad y la responsabilidad del experimentador. Tales observaciones son igualmente válidas en el caso de la prosa breve de Mircea Nedelciu: algunos textos certifican las opciones discursivas y estéticas, dan muestras de cierta orientación y de un gran esfuerzo, de una profesionalidad de la escritura, pero no logran un valor artístico de largo alcance. Otros, en cambio, son de una excepcional calidad literaria y constituyen un buen número de argumentos para considerar que el técnico y estratega Nedelciu es un artista del relato breve. En las páginas que siguen voy a analizar una serie de textos prodigiosamente construidos, en los que el lector tiene la ocasión de encontrar sus propios temas existenciales y de reconocer (modulados de un modo único, propio del arte verdadero) tanto sus preguntas como sus propias contrariedades.
La mayor parte de la prosa breve del escritor se refiere a la realidad inmediata y cotidiana, centrada en el tema del viaje (con sus variantes de andanzas y vagabundeos) que favorece menos la peripecia (tal y como ocurre en la prosa tradicional) y más la investigación de una prosa caleidoscópica. A través de una serie de personajes que siempre están de camino (como Great Bibi que “se dispone a partir sin importarle el cansancio, el sueño o el estado de ánimo”, como otros conductores, profesionales autónomos o como los guías – su profesión preferida – “porque un guía hace una incisión en el mundo que nos rodea”) se construye un mundo de gran variedad de formas y, sobre todo, de lenguajes, registrados y representados en su sabrosa diversidad.
En sus mejores páginas, esta prosa asocia el tema del viaje al de la interioridad desconcertada o al menos, contrariada, la interioridad de una serie de individuos que se ponen en camino para no darse a sí mismos la ocasión de analizar, y que escuchan sus voces exteriores con tal de no tener que escuchar las que brotan de su interior. En sus momentos de tregua, este tipo de personajes atraviesa terremotos emocionales mayores o menores, que van del llanto sofocado del errabundo Alexandru Daldea al intento de suicidio de
El narrador del excepcional relato “El partido” (en Taxi-Sauvage), representa otra naturaleza frágil en su interior, otro personaje “echado a perder”. Abandonado hace un año por su novia, sigue sin salir de su estado de convalescencia emocional, que trata de abandonar a través de una vida desordenada y marginal, buscando y provocando “riesgos gratuitos”. Junto a Great Bibi y G. V. (otros desengañados), los personajes viven en un sórdido desván (el prosista es un verdadero maestro a la hora de sorprender espacios fríos y hostiles en los que los jóvenes consumen sus apasionamientos y sus desengaños, léase, en este sentido, el relato Una travesía), hacen de taxistas clandestinos, consiguiendo ilegalmente gasolina de un piloto de aviación utilitaria. El precario equilibrio ofrecido por las trampas cotidianas, por las notas de humor y el ruido ajeno de las calles, se pierde en el momento en que Great Bibi lleva a su buhardilla la trágica historia de un niño de ocho años muerto de hemofilia. Esta extraña historia los sitúa en su condición de excluidos, dejando al descubierto la falta de sentido de sus propias vidas, lo cual motiva que G. V. plantee la patética pregunta que, de alguna manera, late en muchos de los personajes del escritor. “¿Qué lado integrador le falta a este mundo?”. Un enfrentamiento consigo mismo – si bien a otra edad – encontramos en El efecto de eco controlado, relato en el que el jefe le pide a Grigor Vranca que lleve a cabo por escrito una delación sobre un superior que ocupa un cargo en el ministerio. Contable de profesión, el personaje trata de convencerse a sí mismo de que carece de una conformación heroica, mientras su amigo el Pintor (un artista, pues), saca a la luz su naturaleza mezquina, de criatura atemorizada: “ahora eres un ratón, hombre, dice el Pintor, un ratón de piel gris y ojos temerosos”. Cabe señalar que, además del significado evidente del “efecto de eco”, el Pintor trabaja en un cuadro que lleva por título “La calle del eco”, mientras que al protagonista se le pide que sea el “eco” que desenmascare una escena trivial. El texto es, en su totalidad, un eco intertextual, dado que Gregor Vanca es, de modo transparente, una representación tardía del Gregor Samsa de la Metamorfosis de Kafka.
Cuando sondean la memoria familiar (otro tema central de la obra global del escritor) los personajess adquieren una identidad indecisa e inconclusa. Una gran distancia separa las generaciones, no importa si se trata de los hijos de unos campesinos que ya no hablan la lengua de sus padres y acaban viviendo su existencia contra la simplicidad original, “como una novela barroca” (Viaje con vistas a la negación) o de los hijos de unos ciudadanos impuros e inmorales. En pocas palabras, ellos son huérfanos, tal y como, genéricamente, son los descendientes de los turbulentos años cincuenta, de los que las generaciones posteriores no hablan con claridad: “Preguntes a quien preguntes, hacen como si supieran muchas cosas, pero cuando se trata de relatar algo, nadie sabe hacerlo. Además, algunos dicen que antes era peor, otros, que, en cierta manera, era mejor; no tengo ni idea de lo que deberíamos creer sobre todas esas historias suyas” (Enmienda...). Estos personajes tienen, pues, una paternidad incierta desde el punto de vista moral, oscilando entre víctimas y agresores, como en el caso de Bebe Pârvulescu (en Enmienda...) o en el de Marcel Rădulescu (en Los crisantemos de la tundra). Ambos son hijos de oficiales del aparato represivo, mientras que sus madres se han enamorado de enemigos del pueblo.
De la prosa de lo cotidiano, que logra establecer una red y una homogeneidad de individuos (gracias sobre todo a la peregrinación de personajes de un texto a otro), hay dos relatos que se diferencian del resto, aunque compartan la temática de la identidad: Desafío a lo Moreno y Problemas de identidad. Además del poder asombroso de haberse anticipado al destino del escritor, Desafío… es una historia que insinúa una dimensión mortal en lo cotidiano. Una relación de extrañas coincidencias y una “espiral imaginaria” conducen a la milagrosa curación de los protagonistas, que se han quedado inválidos tras el terremoto: el narrador está en una silla de ruedas, al tiempo que su novia ha perdido el habla. Esta inesperada curación (que en sí misma constituye un alejamiento de lo cotidiano) es posible porque el calendario habitual coexiste con un calendario popular y mágico. El día de la conmemoración de los muertos (que algunos personajes han preparado) adquiere aquí un valor que orienta el significado del texto en dos direcciones: una literaria, en el sentido impuesto por Caragiale, como un día de carnaval y muchedumbre por las calles y otra popular, en el que el cielo se abre. Y es precisamente este “tráfico” cósmico el que da pie a la aparición del milagro, de un modo que recuerda ligeramente a Eliade.
Problemas de identidad (variaciones en busca del tema) es probablemente la cumbre estética de la prosa breve de Nedelciu. El texto incluye tres variantes, dos ficticias y una autobiográfica (comprobable en la realidad, al hacer referencia a personajes reales, especialmente a escritores de Timişoara) del mismo suceso. El joven Mureşan Vasile, a los que sus conocidos llaman Murivale, un bohemio con talento para la pintura (otro errante, como la mayoría de los personajes del autor) se entera de la muerte del poeta Nichita Stănescu y decide, enfrentando todos los obstáculos (que no son pocos: en la primera variante es un escritor que deja tirado a su jefe, en la segunda, un soldado que desierta y abandona a su sargento y en la tercera un joven artista plástico que se encuentra, sin dinero, en Timişoara) acudir a Bucarest para participar en el velatorio, rindiéndole un primer y único homenaje al poeta junto a su catafalco. Más que el tema del arte y la condición del artista (en su doble realidad: consagrado y aficionado o aspirante) el texto incide en el tema de la humanidad insustancial que, enfrentada a la muerte, adquiere una gran fragilidad, pero también, paradójicamente, en el tema de la grandeza humana. En sus movimientos patéticos, desordenados y ridículos, Murivale acaba viviendo uno de esos momentos de elevación espiritual. Existe un desfase – con intensos efectos estilísticos y emocionales – entre las vivencias luctuosas del joven y la realidad cotidiana que éste recorre: es la vida de embustes, traiciones y exasperación, de berrinches domésticos e inesperadas complicidades que Nedelciu construye no de modo antitético sino complementario, para que el arte adquiera, incluso en el caso del individuo normal y corriente, un brillo inexplicable incluso para él. El tema de la predestinación y la fatalidad (que adquiere un gran peso en el relato, superando en importancia a todos los demás) resuena en los poemas recitados por Murivale y en el villancico del ciervo que los niños entonan en el tren.
A pesar de no ser del agrado de la generación de los 80 (la más urbana de cuantas ha tenido la literatura rumana), la cuestión de la ruralidad acaba penetrando en algunas de sus obras. También en un puñado de relatos de Mircea Nedelciu, pero más bien en forma de ruralidad agredida y pervertida, a través de personajes nómadas, incapaces de instalarse en una identidad estable. Además de los ya clásicos 8006 desde Obor a Dîlga e Historia de la panadería nº 4 (que han merecido, por lo general, el aplauso de la crítica), cabe señalar igualmente los relatos El gallo de ladrillo (cuyo personaje, Calafoc el viejo, guarda un evidente parentesco con
[1] El propio autor se refiere a los costes existenciales que el ingreso en este nuevo mundo supone para su generación: “Esta gente se ha visto de repente con un tremendo apetito por la nueva vida. De pronto ha descubierto que puede hacerse cargo de los sueños que tenía a los 25 años, que puede tratar de constatarlos en la realidad (…) Y, aun así, ésta es la tragedia, porque una cosa es tener 40 años y otra 25. Tal vez seamos más sabios, pero las fuerzas hay que concentrarlas y medirlas. Lo mismo uno tiene el mismo ímpetu que cuando se le ocurrió aquella idea tan buena, pero la salud no le permite ponerla en práctica con la misma velocidad (…) porque esta desgastada por partida doble: primero por culpa de una espera tan prolongada y, en segundo lugar, por el excesivo enardecimiento que conlleva el momento de liberación. Una generación que debe sopesar muy bien sus esfuerzos” (Formula AS, IX, nº 350, 22 febrero–1 marzo 1999; p. 2).












