La República Popular Rumana es el país
en el que aprendiste por primera vez a escribir en un pupitre de
madera, un pupitre alto y lleno de garabatos. Todos los años, cuando
el curso tocaba a su fin, la camarada profesora os pedía que
trajerais de casa trozos de vidrio, papel
de lija, trapos y cubos de agua con lejía. Las marcas de lápices,
de tinta y de navajas, los garabatos, las palabras y los arañazos
desparecían como por arte de magia. Dejabais los pupitres
relucientes, os cortabais algún que otro dedo, se os entumecían las
manos, os salían ampollas, risas, gritos, chirridos, miradas
inquietas, trabajabais con la seriedad de los adultos, abríais las
ventanas de par en par y el polvo de la madera vieja desaparecía
lentamente, como el humo. Todavía recuerdas el olor a madera de
haya, lijada con la punta afilada de un cristal roto, esmerilada con
aquellas tiras de tela abrasiva, unas veces más ásperas, otras más
finas, hasta que se te hinchaban las palmas de las manos. Era
agotador, pero te encantaba cómo quedaba. Y cómo olvidar el brillo
y la blancura del pupitre de madera, su nitidez, su frescura:
imposible olvidar nada. Las palmas hinchadas sobre la madera bruñida.
Y otras sensaciones relacionadas con los ruidos, crujidos,
castañeteos, palmoteos, voces, interjecciones… Tu pupitre, un
recinto hostil, como una jaula, como la torreta de un tanque, al que
te subías jadeando tras las carreras que echabas en el patio y allí
te quedabas, quietecita, encaramada en las alturas, porque hasta
tercero no lograste tocar el suelo con los pies. Escuchabas a la
profesora, con su voz ronca por el tabaco, y en el aire afloraba
aquel insoportable olor a gasóleo barro virutas y botas de goma pan
con mermelada tinta botas sucias y zapatillas de deporte traídas de
China. A veces, en invierno, te quedabas dormida junto a la estufa de
terracota.
Aún
no ibas al colegio, como mucho tenías seis años y todavía no te
sabías todo el abecedario. Buscabas las letras en los titulares de
los periódicos. Sabías poner el dedo en la A de REPÚBLICA y en la
O de POPULAR. Sabías encontrar la palabra MOR [muero] en la palabra
ROMANA [RUMANA], leyéndola al revés, pero todavía no eras capaz de
silabear las palabras de principio a fin, porque aún no sabías leer
de verdad. No, era imposible decir del tirón acilbuper ralupop
anamor como hacías en cuarto, cuando ya eras pionera
y te creías extraordinaria porque nadie
sabía leer tantas palabras del revés como tú. O al menos eso
creías. A veces, podías hasta leer frases enteras a una velocidad
increíble. Preguntabas, por ejemplo, ¿éuq lat sátse? o
¿ednóda sav? y te reías sin saber por qué. No te costaba
nada usar esta lengua y te hubieras pasado la vida usando palabras
del revés. Minodora Elena, tu compañera de pupitre, se ponía de lo
más contenta cuando te contestaba, brevemente y como conspirando,neib o em yov a raguj. Aún no ibas al colegio, pero ya
sabías dibujar, y forcejeabas con cada una de las letras de la
siguiente oración:
[ApeLE din RpeR
duc RepeDE un PepeNE:
“Las
aguas de la R.P.R. (República Popular Rumana)
arrastran velozmente una sandía]
“¿A que no sabes lo
que he escrito aquí?” te apresurabas a preguntarle a mamá y a
papá, y a la abuela y al abuelo y a Ileana y a Tuti y a Gigela y al
señor Willi y al señor Mihai y a la tonta de Aneta y a Sandramarrana y a
Ana búfala y a Gabrielito cerdito y SNicolasito enanito y a Valentín
hace pis y a Juanitoburrito y a todos los que te
encontrabas por la calle en el bar donde le comprabas el tabaco a
Briotă, el vecino, en la guardería, en la tienda
en los columpios en el bosque donde ibas a coger moras o en el jardín
de Muşat donde ibas a robar.
Pero
allí, ¿qué robabais? ¿fresas rábanos ciruelas
dátiles algarrobas a que no me pillas cara de papilla? O más bien
¿nasti de plasti y pito pito gorgorito? No, robabais manzanas
verdes, moras verdes, uvas agrias, ciruelas que os daban dentera,
gatitos, nidos de gorriones, barro para poneros negros como los
gitanos, paja para el fuego, leñita, trozos de cristal, latas para
la comida de las muñecas, cartones, papeles, tapones de corcho,
frascos de medicamentos, trozos de tela, excrementos de oveja, hojas
de guadaña, zapatos rotos que se convertían en barcos o trineos
para vuestras muñecas de tela, clavos oxidadados, tornillos, cámaras
de bicicleta, alambres, cabos de cuerdas, trozos de hojalata que se
convertían en monedas.
¿Y
qué hacíais allí, en la casa, en el
jardín y en el cobertizo abandonado de Muşat? Uno de vosotros cogía
una hoja de papel y una cerilla quemada y preguntaba “¿Quién sabe
leer?” y luego hacía un dibujo como éste (pero aún peor y
todavía más difícil de descifrar):
y decía “¡Ahora lee!”
y tú respondías “Es que yo no sé leer” y otro decía
“Pues entonces lee como yo: JAMÓN-CASA-LÁMPARA-CAMA” [N.T.:
en rumano las cuatro palabras “şuncă-cat-lampă-pat” pueden
leerse como “şi-un căcat l-am păpat”, esto es, “y
una mierda me-he comido”] y tú
leías como él o como ella y al final todo el mundo se reía hasta
que le dolía la barriga y se revolcaba y se tronchaba de risa y se
reía a carcajadas, hasta que no podía más y se moría de risa. ¡TE
HAS COMIDO LA CA-CA! ¡TE HAS COMIDO LA CA-CA! Gritaban a coro
Andrei, y Tăvică, Ghinea y Manea, Tuţi y Sanda, Mioara y Gigela,
Ana y Aneta. Sobre todo Ana y Aneta, a las que nadie ganaba hablando
de aquella manera: bupienos dipias,
tipia Anapi, ¿tepi haspi copimido lapimanpizapina?
O sea “Buenos días, tía Ana, ¿te has comido la manzana?”.
Pero,
¿qué es lo comprabais y vendíais vosotros? Comida, pistolas,
judías, edredones, libros y cuadernos, cajas y ollas, macarrones,
aceitunas, zanahorias, castillos, transistores, países y
continentes, chubasqueros, plátanos, velas, papeles del
ayuntamiento, trajes de estofa, tierra, trilladoras, carricoches,
blusas, pañuelos, ametralladoras y tanques, gabardinas, herraduras
de acero, tractores y carretas, hectáreas y fanegas, creolina para
los caballos y veneno para los ratones, trampas para pinzones,cerdos de Bazna, maíz, toldos,
aldabillas y horquillas para sujetar el pelo, todas las palabras que
habíais oído en casa y aprendíais cada día y usabais cada día en
vuestros juegos para presumir de todo lo que sabíais.
Venía
algún que otro niño dispuesto a venderos
hasta el alfabeto Morse, pero esto pasaba sólo después de haberos
aprendido el otro alfabeto, el de las letras. Venía con un librito
más pequeño que la palma de la mano, os dejaba tocar las tapas
negras de vinilo y os preguntaba: “¿Sabéis qué es esto?”, a lo
que vosotros contestabais: “Pues un librito”. “No, es una
agenda”, se oía por ahí. Y Aneta o Ghinea, Tăvică o Ileana,
decían: “Pues entonces, una agendita”. “Vale, una agendita.
Vamos a abrirla. Os cuesta 5 bani.
A ver...¿qué tenemos aquí?” Y luego empezabais a aprenderos las
líneas y los puntos, y a hablar con líneas y puntos, dando
golpecitos en la pared, en las paredes de los cobertizos, en los
troncos de los árboles, en las ventanas, en los pupitres del
colegio, en las puertas del lavabo de la escuela y en todo aquello
que podía emitir sonidos largos y cortos, en los lápices y en los
pinceles de la clase de dibujo, en los botes de tinta, en las
carteras del cole, en la cancela de la iglesia y en las tripas de los
cerdos con los que salíais el día de Año Nuevo, en la tapa del
caldero donde preparabais la comida de los cerdos y en las paredes de
madera del gallinero, en la puerta de chapa del tío Willi y en la
tapa del ataúd, cuando murió el hijo del tío Willi. No existía
nada sagrado para vosotros. Vuestra mente se confundía con el
alfabeto Morse y las morsas eran unos animales que vivían en un
océano congelado, lejos de aquel país llamado Grecia en el que la
gente escribía usando solamente el alfabeto griego. Porque en la
agenda de las tapas de vinilo, que durante algunos meses os había
cambiado sustancialmente la vida, tú descubriste también ese
alfabeto que tenía Γ, Δ, Λ, Ξ, Π, Σ, Ф y otras letras
(algunas se parecían a las mayúsculas del rumano, que ya te sabías
desde hacía tiempo). Te las aprendiste rápidamente y empezaste a
deleitarte dibujando estos signos, sólo tuyos, por todas partes,
sobre todo en las vallas y en las paredes de las casas para que la
gente las viera y se asombrara. Era tu secreto, un secreto sólo
tuyo. Y lo orgullosa que estabas, como una odalisca en la morada del
sultán...
El
hielo de los tejados se derrite y gotea justo delante de la ventana,
desde hace unos días al alfeizar donde esparces por la mañana las
migas de pan, acude un pajarillo verde o amarillo o pardo o bermejo o
jaspeado por todos estos colores, ha empezado (según el calendario
que hay bajo el cristal de la mesita de noche, en la que Agnes guarda
los leotardos, los lápices, los botes vacíos de mermelada, los
cuadernos, el paquete de algodón y el costurero) la semana Rosina –
Mathilde – Klemens – Hilarius – Gertud – Eduar, que se
terminará con una nevisca suave, húmeda e imponderable para
dejarles sitio a los santos Josef – Irmgard – Alexandra – Lea –
Toribio – Katharina, todos descendiendo en medio de la ciudad,
justo en la antigua ciudadela medieval, envueltos por la lluvia y por
la niebla y tal vez dejando al descubierto sus ásperos rostros en un
día de luz anémica que se cuela por el ramaje de los castaños que
hay junto a la torre.
Aun
así es primavera. Lunes por la tarde y
ventana abierta. Tienes fiebre, te encuentras mal, tres días de
reposo, estás sola y tus compañeras de habitación prisioneras en
la sala de preparación,
dormitorio común, siete camas de hierro: Anne, Maria, Schmidt,
Nicoleta Deleanu, Emilia Sabău, Isabella Teutsch,
Agnes Popazu, Crina Minea y tú, Leontina Guranu. Y ahora te has
convertido en una rata de la soledad, escuchas el silencio licuado de
las paredes, el silencio como un agua, el líquido azul verdoso
espeso y transparente del aire en el que callan las sillas, las
mesillas, la ropa tirada en la silla, tus manos calientes. Acurrucada
en la cama, temblando debajo de las mantas que huelen a polvo y a
perfumes mezclados. El día se apaga y se escurre en el tímpano,
como si buscara encenagarse en el inmenso y oscuro embudo de tu oído.
Las voces de los niños que juegan bajo los castaños y el retumbarde las alfombras sacudidas en los
patios de alrededor, el timbre de la bicicletas, un perro que aúlla
a lo lejos, un gorrión de pecho pardo, petrificadopor un instante en el marco de la
ventana. El mundo nace ahora en tu cabeza y se instala allí como una
dulce amalgama de ruidos sin nombre. Podrías tomarte la molestia de
diferenciarlos, arrancándote del calor embriagador de la fiebre y
descubriendo la trivialidad de esta soledad, pero, si lo hicieras, el
mundo que hay en tu cabeza anularía cualquier encanto. Lo que ahora
ocurre en este cuerpo estremecido por la fiebre – mira tú el
perfil tan masculino del profesor Horacio Malinas, hojeando un atlas
de anatomía de láminas multicolores – podría responder a la
palabra “voluptuosidad”, con la palabra voluptas,
que conoces por las clases de latín, en las que desde el principio
sentiste una especie de amenaza, una suerte de ferocidad de ese
placer completamente ajeno a tus poderes de ser humano indefenso, que
enseguida asociaste con el deseo de pérdida, con el ansia de
fundirte con el mundo de alrededor, renunciando a ti misma.
Así
es como empieza todo, con la renuncia. Escapando de tu rigidez
masculina de chica buena para los juegos en equipo, en los que se han
depositado grandes esperanzas, olvidando esa permanente inclinación
a desmenuzar cada detalle de las palabras de los que te rodean,
buscando sus numerosos matices, a recogerte rápidamente la falda
junto a los muslos para que no te la levante demasiado el aire, a
morderte los labios para decirle a Didi Zagreanu, un impresentable
henchido de arrogancia y de voz chillona lo que de verdad piensas de
él. Renunciar y regresar a las colinas que hay bajo las montañas,
al fuego en el que se fríe el tocino, al establo en el que el vapor
caliente que emanan las boñigas de vaca te envuelve como un camisa
empapada en aceite, a la cocina de verano llena de moscas, con la
frente pegada al delantal radiante de la abuela Profira. Volver allí,
al patio de vuestra casa, donde el sinvergüenza de Valer, tu primo,
te baja de repente las bragas y mira, como entre sueños, el oscuro
pliegue de tu sexo de niña sin pechos, para encontrar de nuevo las
punzadas de los rastrojos en las plantas de tus pies desnudos, la
sensación cálida y correosa del pan partido en pedazos, justo
delante del horno, las botas llenas de sangre del abuelo Marcu, en
diciembre, después de la matanza, tiradas como si fueran ratas
muertas junto a los escalones de la entrada de la casa, el olor
persistente de la manteca rancia impregnada en las vigas del desván,
el polvo de los bolsillos en el ocaso del verano, cuando las hojas
del cerezo palidecen en balde.
Sin
embargo, aquí está el aire en el que ha
perdurado el olor a oveja merina y harina de la estudiante Teutsch
Isabella y la fragancia a agua estancada en un vaso con tres tallos
de albahaca que esparce Emilia a su alrededor, la morena y corpulenta
y moralista Emilia Sabău, la hija de un pope, aquí no hay más que
el perfume de manzana jugosa y agria, medio mordida y olvidada por
Nicoleta en una esquina de la mesilla – la manzana verde verdosa,
con puntitos, como los poros de la epidermis de un niño – y tu
compañera, que se fugó a la ciudad, a un cine asqueroso,
encandilada por la ancha palma de Fery, apretándole febrilmente los
dedos e intentando tocarle las rodillas, buscando temblorosa los
muslos, con sus piernas encapsuladas en los leotardos marca Triumph,
finos y pardos como una telaraña, regalo de Anne Maria, la chica
sajona de Saschiz, la pecosa y menuda, la linfática Anne, con sus
dientes de ratoncito famélico y su cabello rígido, demasiado
brillante, de muñeca sintética, Anna, un ser humano tan diminuto y
anónimo, que nunca encuentra leotardos de su talla.
Con
los dientes apretados, porque otra vez se te viene a
la memoria el perfil de Horacio Malinas, emergiendo de entre las
láminas de
anatomía, con sus labios moviéndose por igual y casi sin parpadear,
pero también con una dulce sensación de desmayo que desciende por
lo más recóndito de tu médula desde la coronilla y se detiene,
aterciopelada, en los sensibles pliegues del esfínter. Regreso,
recaída, eyección a un tiempo que se parece a una especie de
acuario, infancia despreciada, odiada, tu pueblo en las faldas de la
montaña, el mundo de la ruina milenaria de la vida. Huiste, tuviste
la suerte de poder huir, ahora estás en el penúltimo año del
instituto, en una ciudad de verdad, te has jurado a ti misma que
huiste para siempre y ahora basta con oír la rítmica ola de gritos
de los niños de afuera, el apagadokikirikí del gallo en una de las
colinas que rodea la ciudadela, el claxonar de los coches, ruido de
pasos, el aleteo de las palomas refugiadas en las cornisas de la
iglesia luterana que hay al lado de vuestro internado de murallas
medievales, para que todo se deslice y se derrumbe en una oscuridad
que no te asusta.
El
murmullode la ciudad se insinúa por
doquier, atrapados por una sensación de extraña alegría, invade el
aire pardo que te envuelve y en el que los objetos parecen haber
entrado sin darnos cuenta en un intercambio infinetisimal y continuo
de sustancia material, la manta parece renunciar a sus bordes
deshilachados y los bordes parecen escurrirse en la melaza de la
colcha, las sábanas blancas parecen haber alcanzado una
transferencia de átomos con la pelusilla de cal de las paredes. Has
descubierto el silencio de una tarde de lunes y tu carne invadida por
la fiebre se siente ahora fuerte. Los témpanos de hielo de delante
de la ventana se quedan inertes en su opaca transparencia. La
enfermería del internado está llena, las chicas estornudan y tosen
sin parar, no queda sitio, el médico te ha recomendado tres días de
reposo, té, aspirinas y mucha miel y limón, así que las puntas de
tus pies tantean el suelo en busca de las zapatillas de andar por
casa, te deslizas entre las camas, sacas la estufa del armario, la
enchufas, coges de la mesilla el cazo en el que aún brillan los
restos de un líquido dorado que tintineabajo una reluciente costra de óxido,
abres la puerta y sales al pasillo, bajo una luz de celuloide
arañado.