En una tarde de viernes

Răzvan Petrescu | June 01, 2009
Translated by: Rafael Pisot, Cristina Sava

 

En una tarde de viernes
            Papá ha muerto. Era un hombre tranquilo, un poco místico, con dos surcos hondos a ambos lados de la nariz, a veces melancólico y los domingos, a la hora de la comida, solía hacer bromas. Tiraba la cuchara de la sopa hacia la lámpara y luego intentaba cogerla. Pero no la cogía. Unas veces rompía la lámpara, otras el plato de sopa. La sopa se vertía, grasienta y amarilla, no sólo encima del mantel sino también sobre sus pantalones de raya en medio, escurriéndose finalmente hasta la alfombra persa, donde se volvía extremadamente visible y estable. Yo me moría de risa, mi madre no. Incluso ahora me entran ganas de reír, mirando la Orden al Mérito en el Trabajo Clase III que mi padre recibió hacia el 68. Es una cajita muy mona, granate, agradable al tacto y dentro hay una insignia de plata, una cinta roja y papá. La insignia representa el escudo del país, rodeado por unos rayos de sol.
            La verdad es que mi padre nunca persiguió a nadie, ni siquiera a un vecino. Al contrario, ayudó a todo el mundo, y todo lo que pudo. Por ejemplo, uno quiso irse a Venezuela una primavera y mi padre le consiguió, con grandes esfuerzos, un astrolabio. Por desgracia, el hombre no supo dónde ponerlo y ni siquiera fue capaz de llegar al aeropuerto, sino que se internó en medio del bosque, a paso acelerado, así que se lo cargaron desde una torreta, descerrajándole un tiro justo entre los ojos. Nos lo trajeron al anochecer para que lo reconociéramos. A excepción de la cara, que parecía firmada por Kandinski (Vasili), era el mismo profesor de piano que conocíamos todos en el bloque, sólo que más amarillo de lo habitual y enfundado en un traje negro de lo más expresivo, abrochado hasta el cuello. Recuerdo que la señora de la limpieza murmuró algo relacionado con la peste que echaba, aunque el caso es que nadie la había invitado a participar en la identificación. O en el velatorio, porque se quedó dos días en el pasillo, para que la gente lo viera.
            Mi padre era una persona alegre y llevaba tirantes. El único, en todo el bloque, que se lo pasaba bien. Había agujereado la puerta de la entrada para instalar tres mirillas de cristal verde, por las que miraba sobre todo los domingos, anotando en una agenda negra quién entraba en la escalera. Cuando no conocía el nombre del que pasaba, hacía una pequeña muesca en el marco de la puerta, como a la altura de la cadenita.
            Un día, buscando entre los papeles de un vecino sospechosamente viejo (siempre me animaba a hacerlo, con la ganzúa) encontré un comentario algo atípico, titulado Epístola, escrito con caracteres intencionadamente infantiles y firmado por un tal Gabriel, del que cito un breve fragmento: “Un conocido prestidigitador (ovacionado en Madrid y Estocolmo, decía el cartel) apareció una tarde en la arena del circo de nuestro pueblo. Todos nos juntamos para presenciar el espectáculo, esperando ver lo nunca visto. Y cuál no sería nuestra sorpresa al descubrir, y bastante rápido, que el hombre no sólo era incapaz de hacer malabarismos con las bolitas de plástico blanco, algunas de ellas rojas, que se le caían sin parar y tras las cuales tenía que correr de un lado a otro, a veces derrapando en la arena, y no sólo soltaba una especie de humo azulado que olía a orina de diabético, sino que era absolutamente incapaz de decir algo ingenioso, una adivinanza, por ejemplo, que todo el mundo pudiera entender, o por lo menos los niños que, presa del aburrimiento, empezaron a cortar con una sierra el pilar central de la carpa, que se cayó restallando encima de unas viejas, haciendo que gritaran, no sin razón, que ya está aquí el fin del mundo, pero es que ni siquiera le salían las volteretas más simples y no era por culpa de aquellas imponentes alas, de chapa, de mago – en realidad se parecía más a un avión que a otra cosa – sino debido a aquella cabeza suya de sorprendentes dimensiones, cubierta por mechas de pelo astral, como bien tuvo a observar un paleto que exageraba como todos los paletos, de hecho, unos mechones mezquinos y teñidos, de noche enrollados a unos rulos y de día pegados con gomina, unos mechones que, hay que reconocer, alguien hubiera podido tomar por una maqueta de constelaciones lejanas, a aquella edad o si vivías en un pueblo como ése, sin luz eléctrica ni monumentos históricos que recordar, uno podía llamarse fácilmente a engaño en lo relativo a la pilosidad y, a fin de cuentas, la mayoría de las sensaciones dependían del lugar en el que uno se encontrara, porque si estaba en las primeras filas no tardaba en darse cuenta de que aquel cabezón desequilibraba claramente al ilusionista acróbata, aunque no era de color tierra, como hubiera sido de esperar, ni tenía forma de pera, ni presentaba señales de mutilación, ni sangraba, ni te miraba con los ojos como platos, así, enseñándonos todos los dientes para hacernos reír. Era la cabeza de un ángel. Al cabo de dos horas conseguimos llevarlo hasta el ambigú, donde lo emborrachamos como una cuba”.
            A veces, cuando caía la noche, jugábamos a los espías. Yo era, en concreto, el espía y mi padre me perseguía a cuatro patas, hasta el baño. Allí me cogía, con admirable regularidad y me apretaba los dedos en un torno fabricado por él, que tenía unos tornillos grandes, de madera, minuciosamente cincelados. Me dolía, pero yo tenía que gritar de placer.
            Un poco más tarde, al cumplir los dieciséis, descubrí a mi padre en su despacho – donde tenía todo tipo de micrófonos, emisores, objetos difíciles de identificar pero que electrocutaban, cámaras de fotos, embudos y auriculares con los que escuchaba las tuberías de la calefacción – dibujando con delicadeza a una vecina desnuda. La vecina, aunque era de una enorme belleza, gemía. Lo mismo porque la había atado a la lámpara de pie con un alambre. Después no volví a verla más que un par de veces, parecía cambiada, pero el dibujo lo sigo guardando hoy en día, encima de la cama, es, de hecho, un guache que sugiere extraordinariamente bien tanto los pechos como la lámpara de pie.
            Y, aun así, repito, papá ha sido una buena persona. Mantengo firmemente mi opinión, con conocimiento de causa y a pesar de que, últimamente, se sigue afirmando, cada vez con más virulencia, que mandó a cientos de personas al canal. Donde se ha sabido que sufrieron enormemente. No es verdad. Ellos no tenían nada mejor que hacer que construir cada día, cada uno de acuerdo a sus fuerzas, un pequeño castillo de arena, que nadie les pidió jamás que fuera demasiado grande. Lo único difícil era lo de buscar, porque se sentían obligados, si no por una dosis de decencia, por los menos por razones de orden estético – para pagar, de algún modo, la manutención y el alojamiento gratuitos – a juntar conchas nacaradas, de aquellas denominadas uñas de sirena, que luego clavaban justo en lo alto del castillo. Algunos, más comodones, más ancianos y más enigmáticos, prefirieron arrancarse sus propias uñas, normalmente de la mano, con los alicates, y alguna que otra vez también de los pies, para colocarlas en la torre de arena más alta, que de paso se coloreaba con un poco de sangre, intentando, a través de este método, engañar a mi padre cuando venía en inspección. Por supuesto que no lo conseguían. Y, como era lógico, recibían su castigo. Por desgracia, ellos ya no pueden dar testimonio, porque murieron cuando vinieron las olas.
            El piano de pared era de mamá. Creo que andaría yo por los cinco o seis años cuando me sorprendió la violencia con la que mi padre decretó, con la cabeza debajo de la lámpara, que ya era hora de que empezara a tocar. Mamá objetó que soy demasiado pequeño y que, de todos modos, no veía de qué iba a servirme. Sobre todo porque ni siquiera había empezado a hablar. No importa, dijo mi padre, ya es hora de que también él haga algo inteligente. En nuestra casa, situada en el centro de la ciudad, nadie había tocado jamás ningún instrumento. Ni siquiera mamá. Y de los vecinos no tengo nada que contar, porque ninguno se atrevía a saltar la alambrada. Sólo al cabo de tres años, cuando nos fuimos a vivir a un bloque, las cosas adquirieron otro cariz. Apareció, pues, un profesor. Era delgado, llevaba gafas de cristal redondo y sentía pavor por mi padre. A pesar de ello, durante las dos horas que duraba la lección semanal de piano, jugábamos, el profesor y yo, con su teatro de marionetas en miniatura o hacíamos figuras de plastilina. No tenía oído musical. Pero cuando llegaba mi padre, no era yo el que tenía que enseñarle lo que habíamos estudiado ese día, sino el profesor. Se sentaba en el taburete, con la espalda encorvada, las manos visiblemente temblorosas y manchadas de plastilina roja amarilla verde, e interpretaba tímidamente una sonata de Chopin, siempre la misma, en si bemol menor opus 35, luego, para delicia de mi familia, hundida en el sillón, el vals de los asnos, que acababa durmiendo a todo el mundo, hasta a la criada, que otra vez había puesto azúcar en el estofado. En vez de sal. El profesor soportó el estofado con azúcar y las observaciones de índole musical de mi padre casi durante seis meses, hasta que una mañana, entró en casa enfundado en una caperuza de lana, golpeó con odio el teclado del piano, los bajos, se encerró en el trastero, confesó que era un enemigo del pueblo y que yo era un retrasado mental y que ya no aguanta más – dijo que ya no aguanta más en un tono agudo – preguntándome al final si no quería que hiciéramos los dos con plastilina, había traído él un paquete, la cabeza de Garibaldi en su lecho de muerte. La hicimos, y no salió bastante bien, con sus bigotes azules y todo, sólo que al día siguiente el profesor no volvió a aparecer. Lo que es yo, no volví a verlo hasta entonces, de noche, cuando nos lo trajeron vestido de negro. Mi padre tiró la cabeza de Garibaldi, yo rompí la placa de bronce del piano y luego le arranqué un pedal. El pedal lo ajusté a la bicicleta con la que participé en un concurso regional de triciclos. No gané, quedé el último, para desesperación de mis padres. Mi sueño era ser artista. Todo mi ser aspiraba a semejante meta. Unos diez o veinte años más tarde, logré hacer algo en esta dirección, al ser elegido, tras una prueba de telegenia, para actuar en una película religiosa cuyo nombre he olvidado, de lo que me acuerdo es de que tenía el papel de prota, o mejor dicho, era el doble del personaje principal y hacíamos que los ciegos vieran, los cojos anduvieran y los leprosos rieran. Sólo que el mundo del cine no me gustó. Y eso que sigo saludando por la calle al ciego que curé. Y en mi infancia, a pesar de mis aspiraciones evidentes, me tocó aprender todo tipo de tonterías, patinar, correr los mil metros, saltar al potro (¿?), trepar por una soga, pero nada me salía, y el profe de gimnasia, un plasta al que sólo le quedaba un año para jubilarse, se chivó a mi padre, y así fue como desaparecieron tanto la soga como el profesor. La historia no se me daba nada bien, de la química lo único que me gustaba eran los ácidos con los que salpicaba las faldas de la chicas, a ellas no les hacía ni pizca de gracia, las mujeres no tienen sentido del humor, y en la asignatura de rumano era un cero a la izquierda. Eso sí, tenía talento para el dibujo. Dibujaba sin parar, con febrilidad, y con la lengua fuera, personajes minúsculos, como si fuera un pequeño Bosch. Jugaba mucho en el cementerio. Les arrancaba las alas a las moscas, metía mariposas en el horno, cortaba las orugas en dos y les clavaba alfileres a los ratones, en los ojos. Era, lo que se dice, un niño maduro. En aquellos días, normalmente durante el fin de semana, en los que oía gritos insoportables que bajaban desde el desván donde trabajaba papá, hacía una acuarela y corría a toda prisa hasta donde estaba mamá, a la que veía con unos auriculares estéreos en las orejas y una máscara negra en la cara. No podía enseñarle la acuarela porque no podía quitarle la máscara. Tuve una niñez difícil, no hallaba consuelo por ninguna parte. Y mi padre trabajaba. Trabajaba sin parar. No podía molestarlo en aquellos momentos, se hubiera enfadado. Se le había metido entre ceja y ceja la idea de purificar el barrio. De limpiarlo. En cambio, el tragaluz siempre estaba lleno de polvo.
            De todos modos, confieso que casi nunca me animó a pintar. Decía que eso es cosa de mujeres. Que un hombre tiene que echar mano de la azada. O disparar con el cañón. Además, comentaba que no soy capaz de dibujar gente en movimiento, o al menos gente fácil de reconocer. Mejor miras por la mirilla. Aprende a hacer esbozos, me aconsejaba él. Hice todo lo que pude, hasta esbozos, pero el caso es que contento no lo vi nunca. No estaba de acuerdo con mis inquietudes y yo no entendía por qué, pues me había traído un profesor de piano, cosa que se acercaba bastante a las actividades que en realidad a mí me gustaban. Sólo una vez, en Babele, en lo alto de la montaña, pude despertar su interés. Para su delicia, le disparé al sol dos ventosas con una pistola de ventosas. No volví a encontrar proyectiles. Me pasé el día llorando, y no pude ni tocar el cuaderno de dibujo. Entonces mi padre me prometió una pistola de las de verdad, cuando fuera mayor. Cuando me hice mayor, me matriculé en la escuela paralelipipédica para hijos de militares. Éramos un montón en el edificio, un edificio gris. Los profesores se portaban de una manera rara, rígida, llevaban uniforme. Unos tenían la costumbre de tirar el libro desde la puerta del aula hasta la mesa. Me dijeron que sueño demasiado, en demasiados colores, demasiado irreal. En la clase de orientación turística tiré justo en la otra dirección, me tropecé y di con un champiñón rojo. El mismo champiñón lo descubrió también el monitor, que me explicó que es una planta inferior, carente de clorofila, que vive como un parásito o saprofito y que se reproduce por esporas. Luego me soltó el nombre de algunas setas venenosas: falo hediondo (Phalus impudicus), amanita de las moscas (Amanita muscaria), Boletus satanas, Russula emetica, hifoloma de láminas verdes (Hypholoma fasciculare). Ésta es, siguió mientras me quitaba la planta de la mano, un Lactarius deliciosus. También recibe el nombre de níscalo. Y para demostrarme lo delicioso que es, se lo comió. Un minuto más tarde entraba en coma.
            Luego participé en las prácticas de tiro. Un sargento que conocía a mi padre me saludó, un cabo me dio un beso en las dos mejillas, cuando no andaba yo muy atento. El problema era cargar y disparar con el fusil automático. Al principio les pregunté que por qué tengo yo que disparar, pero como nadie me contestó, apunté al árbol que estaba más cerca. Era un roble. Le di dos veces en la copa, entre los aplausos de mis compañeros. Algunos pájaros echaron a volar trinando. Me ordenaron que volviera a disparar. Esta vez a una liebre. Aunque no la vi, la hice pedazos. Unos gitanos, cuyas casas lindaban con el muro del este del cuartel, cantaban y celebraban una boda. No sé lo que me entró, pero me puse a dispararles. Le di a la cantante en una pierna. Luego hubo gritos. Para poner fin a todo aquello, volví a disparar tres veces más. El violinista murió en el acto. Lo enterraron a toda prisa al lado de la liebre. En fin, a cierta distancia. Y así es como se acabó toda la historia, no hubo denuncias, mi padre tenía contactos y yo alucinaciones, eso es lo que todos dijeron, que las tenía incluso mientras dormía y el músico había sido una persona modesta y sin familia. Desde entonces ya no sueño. Al cabo de cuatro años pasé de curso. Luego me desperté en el hospital.
            Todavía recuerdo con cariño los largos y sombreados senderos por los que solía pasear en las frescas mañanas de primavera, envuelto en una bata de felpa, tratando de adivinar desde qué ventana de qué salón me mira mi padre. Sabía que estaba pendiente de cualquier movimiento mío, nos habían ingresado a la vez. Lo pasé bien en el hospital, quizá por primera vez en mi vida, y eso que me habían dicho que estaba en misión. Me habían colocado en un pabellón para neuróticos de gravedad desconocida, unos se tragaban tenedores, otros perseguían pájaros, en fin, la mayoría eran pequeños autistas y maniaco-depresivos de lo más silenciosos. Los demás eran compañeros míos, también en misión. Habíamos improvisado una especie de equipo en nuestro salón de seis camas, nos ayudábamos entre nosotros a lavarnos los dientes, comíamos juntos los paquetes que nos mandaban nuestras familias, que lloraban de emoción, lo repartíamos todo, los medicamentos, el jabón, el spray contra las cucarachas. Las cucarachas del hospital eran abundantes, ágiles, rojas y negras, parecía gustarles el hospital, porque las veíamos por todas partes, en las mesitas de noche, en las camas, y eso que nos ponían, para que no las viéramos, un montón de inyecciones sebosas, y, al cabo de un tiempo, ya no podíamos caminar. Las enfermeras eran, sin excepción, rubias, creo que ex jugadoras de balonmano, una especie de descendientes femeninas (aunque no mucho), de Guillermo Tell, la opinión unánimemente expresada en voz baja, cuando jugábamos a las tablas reales en el pasillo, era que entre una ballesta y una jeringa no hay, en realidad, ninguna diferencia, ni siquiera en lo relativo a la distancia desde la cual se dispara. El tiempo pasaba. A veces me salían dos de seis en los dados.
            Entre los individuos de siempre yo veía gente extraña, que no hacía otra cosa que dar vueltas por el patio en pijama y zapatillas. Desde los primeros días entablé conversación con un pintor, un tipo interesante que había intentado suicidarse inyectándose aguarrás, pero no lo había conseguido y ahora le faltaba una mano, Bordea, me parece que se llamaba y se pasaba las horas muertas con la oreja pegada a una radio vieja. Una vez le pedí que me dejara escuchar también a mí y me dijo que no se oye nada, porque no la enciende. Y la verdad es que no tenía cómo encenderla, porque le faltaban casi todas las piezas. Otro, un dentista, después de exigirme que abriera la boca, me preguntó dos veces si he visto fantasmas. Él los había visto, cerca del parque Cişmigiu, viniendo desde la calle Brezoianu. Lo raro es que llevaban sombrero. Además, parecía maricón, y las dos veces, al final de la historia de los fantasmas, me invitó melancólicamente a pasar por su casa cuando le dieran el alta – llevaba diez años ingresado – tenía una joya de estudio cerca de la Estatua de los Aviadores, no se acordaba muy bien dónde, y le dije amablemente que no puedo. Aunque parecía convincente, y el caso es que una vez, mientras veía en la tele del comedor un concierto de violín de Mozart, vi a Oistrach, que había muerto hacía cuatro años, esto a propósito de fantasmas. Y, hablando de esto, recuerdo que nuestros padres nos visitaban puntualmente cada domingo. Nos traían zumo, tubos de colores y calcetines. En aquel momento yo pintaba brújulas, igualito que Braque. A mi padre no le gustaba Braque, en cambio me di cuenta un invierno de que le gustaba una empleada de la Fábrica de Pan. Estaba ingresada en otro edificio, donde las mujeres. Y hacía frío, nevaba como a través de una flauta y la empleada caminaba descalza por la nieve. Y entonces fue cuando conocí a un nuevo compañero, un tipo de unos sesenta años, más bien taciturno. Su problema era que no podía dormir y durante horas y horas paseaba por el pasillo, de una punta a otra, fumando sin parar, avanzando como a tirones, con pasos de idéntica longitud, motivo por el cual le habían puesto el nombre de trenecito. En una tarde del mes de diciembre hizo una escala inesperada en el hueco de la escalera, con una pirueta impecable, en el último momento, cayéndose de cabeza hasta el piso de abajo. Así que, por lo menos a él, no tuve que seguir vigilándolo. Y, aun así, le hice un retrato bastante aceptable, con un ojo morado y la base del cráneo destrozada, cuando se lo llevaban a la morgue en una camilla de lo más pesada.
            Cuando me dieron el alta, recibí instrucciones detalladas de un hombre muy bien envuelto en una manta de cuadros sobre el modo en que tienen que ser perseguidos y denunciados los ciudadanos que muestran un comportamiento divergente en la sociedad. Miré con buenos ojos su manta y seguí sus indicaciones todo lo bien que pude. Sólo que siempre me pillaban y, lo que es más curioso, todos me regalaban un helado de vainilla. En casa, mi padre estudiaba en el microscopio el cucurucho que yo me encargaba de llevarle intacto. Entonces me demostraba qué es el paralaje, me enseñaba un paramecio que palpitaba bajo la lente o intentaba explicarme el funcionamiento de una cámara de vídeo, de un enchufe o del satélite que cada noche pasaba por encima de nuestra casa. Creo que el simple manejo del ocular despertaba en él alguna que otra nostalgia, porque otra vez se ponía a contármelo todo, mientras me daba breves explicaciones sobre la vida de los infusorios en el agua dulce, sobre la historia de su familia, su madre había sido una mujer guapa, que había sufrido de tuberculosis y en aquella época no se encontraba hidrácida, así que tomaba paracetamol, se cortaba el pelo como una deportista, cuidándose, a pesar de escupir sangre sin parar y por todas partes, de su marido violento y de sus dos hijos, su hermana se había hecho ingeniera en una obra de construcción, donde había conocido, en una barraca, a su futuro marido, un experto en dinamita que acabaría de cónsul, y su padre, el dueño de aquel pequeño mundo, o sea, mi abuelo, ya tenía el grado de general cuando se compró el primer automóvil con bocina de la ciudad, con el que había atropellado al tendero. Al parecer era un hombre robusto, distante, hablante dos idiomas en los que se expresaba con fluidez delante del espejo del baño y luego había escrito un diario íntimo muy prolijo en detalles, donde anotó el nombre y los vicios de todos y cada uno de los vecinos, e incluso una hora antes de morir, había anotado cómo debía repartirse la pensión: un leu de gas para el quinqué, tres para el pan, diez bani para las cerillas y novecientos para el aguardiente. Mi padre me decía, sonriendo con ambigüedad, que el abuelo habría sido un modelo magistral de nuestro modo de vida, si todavía siguiera vivo. Descuidado. Pueril. O más bien insensato, nos hacía perder el tiempo con tonterías. Como ejemplo vivo me ponía a mí. Sabía que quería ser pintor, aunque él tenía la esperanza de que me hiciera ilusionista. Sobre todo después del episodio aquel de la escuela. En la vida uno no hace lo que le gusta, solía decir, y lo decía bastante a menudo, lo mismo la frase hasta le sonaba bien, y entonces uno se ve obligado a emprender algo en beneficio de los demás, que están indefensos, de la sociedad, que es eterna, y esto mientras uno aún pueda, porque siempre tenemos ante los ojos una representación del límite, la conoces muy bien, aunque podría decirse que en tu caso el cerebro no te ayuda demasiado, porque yo también he visto las ondas de tu encefalograma, como si fueran las líneas de un cuaderno de rayas, el cementerio, ése es el punto de mira, la representación última, en algunas cruces pone Ionescu, en otras no, no te olvidaremos nunca, aquí descansa nuestro Padre o nuestra adorada Hija, desde hace mucho tiempo, se ha ido al carajo la tumba, se ha hundido en la tierra por culpa de la lluvia, es terrible lo que ha podido llover aquí, cuando era pequeño robaba las moras de los árboles que crecían del vientre, de las nalgas y de las mejillas de los que descansan en paz bajo tierra, si es que han hallado la paz, vitaminas y gusanos a la vez, en las moras, los gusanos ricos en proteínas y las moras en vitaminas, y mientras los mordisqueaba miraba las inscripciones realizadas por los artistas verdaderos, los números, las fechas de nacimiento y de muerte, en muchas ocasiones mal escritas, pero qué importaba, en mármol o en madera. Y alguna que otra fotografía. Él militar, ella en el instituto o en el asilo, en una fotografía vieja que tiraba a color sepia, debajo de un cristal roto. La mayoría sin hacer otra cosa durante su mísera vida que no fuera luchar por salir de la miseria y sin entender, pobres de ellos, hay que ver lo imbéciles que eran, que la pobreza los ayuda a estar más cerca del sol al que le has disparado con ventosas, a recogerse en sí mismos, a sudar y a desaparecer en el éter sin arrepentirse de nada. La gente es peligrosa, ésa es la pura verdad, no ha habido ni hay nada que hacer. Se necesitan algunos minutos para poder entender los nombres que hay escritos en los monumentos.
            Mi padre tenía un martillo. Hace veinte años, era miércoles, después de ver aquella herramienta impregnada de sangre cuajada y cabellos, empezó a llover. No sé muy bien por qué me di cuenta tan tarde, pero sólo entonces pensé en que mi padre mataba gente con el martillo, en el jardín. Habían aparecido muchos montículos sospechosos entre las hortalizas. Y hacía lo que hacía, estoy completamente seguro, con el consentimiento o incluso con el apoyo de mis tías solteronas, que tenían unas piernas de infarto, con aquellas plantas de los pies que parecían triples, las veía por el agujero de la cerradura de su habitación con las cortinitas almidonadas, a fin de cuentas, unas señoronas muy raras que hacían como que iban a la iglesia cuando en realidad no iban más que hasta el baño que había en el fondo del patio, donde yo había dejado una araña gigante. Pero una araña de lo más idiota, porque en dos años no consiguió ni siquiera impedirles que hicieran sus necesidades, así que ni hablar de que hubiera sido capaz de asustarlas. Era tan mansa, la pobre. No podía comerse ni una mosca, y menos aún comerse dos tías. Yo creo que ellas fueron las culpables de todos los males, porque, entre otras cosas, se desvestían delante del espejo y luego rezaban el Padrenuestro desnudas. E igual que me exasperaban a mí, muy bien podían sacar de quicio a mi padre, sobre todo porque empezaron a tener achaques y, por muy tranquilo que hubiera sido uno, era imposible no cargarse a alguien sólo con escucharlas. Y al ver cómo se peinaban el cabello ralo en el lavabo, olvidándose luego de limpiarlo o, si lo limpiaban, cómo atascaban el sifón, cómo canturreaban inquietantes melodías populares con la ventana abierta, cómo hablaban ellas solas, dando vueltas por toda la casa, cómo le echaban en cara a mi madre que no ponía elementos nutritivos en la sopa, así que los ponían ellas, patatas sin pelar, y eso que la cáscara contiene tocoferol, cómo miraban a los trabajadores de la fábrica, jadeando como en Más a la izquierda, tres martillos, una famosa canción de la época, cómo se metían en el baño por la mañana y cómo hacían gimnasia en el colgadero de sacudir alfombras. En fin, aquel día que llovió, me puse a mirar los pájaros. Había algunos mirlos, un grajo y dos abejarucos. Habían comido mucho, alguien les había dejado en el umbral un pan entero migado en agua, o en otra cosa, y en dos horas se lo habían cepillado. En un momento dado el grajo cayó fulminado. Un abejaruco se golpeó varias veces con la cabeza en la ventana y las otras aves se sintieron mal hasta las nueve de la noche. Les entró un hipo de ésos que no se acaban nunca y algunas se cayeron de los postes de teléfono. Menos mal que el patio no estaba asfaltado.
            Entonces empecé a entenderlo todo.
            Todavía no sabía muy bien qué. Pero me embargó una interminable emoción al pensar en el grajo. Y en cómo se nos va la vida.
            Al cabo de un tiempo, el cura, pendiente de la lectura, se hizo un lío y, en vez de echar tierra sobre el ataúd, me la echó a mí. Y yo estaba resfriado aquel día. Me quité la tierra de la nariz con un extremo de la cinta en la que ponían eternas condolencias. Como la tinta estaba fresca, se borró lo de condolencias y no quedó más que lo de eternas. Desde el bloque de al lado del cementerio se oíaCuadros de una exposición, de Musorgski.
            Por no hablar de los problemas que tuve con el ataúd. Entré en un montón de tiendas o como se llamen, y por todas partes me explicaron, con un tono pegajoso, castaño y lastimero, en cierto modo religioso, musitado por unos individuos educados, de pelo castaño y ojos muy juntos y sumamente pequeños, que existen diferencias considerables de precio entre tales objetos, porque unos son más ligeros, de chopo, otros de roble o de haya, también los hay de perfil aerodinámico, de aluminio, para ocasiones especiales, y que de todos modos es mucho más caro un ataúd con engarces que uno sin ellos. Miré algunos ejemplares que, por suerte, estaban vacíos. Y así pude enterarme de que los engarces representaban, sin excepción, un surtido de florecillas típicamente japonesas, era cierto, me di cuenta de que las habían hecho con una paciencia a medida del fanatismo japonés, así que supongo que hasta los gusanos ésos, recién aparecidos en el mundo, las desprecian, en caso de que no les hagan gracia, al menos por un tiempo. Luego se planteó la cuestión de las agarraderas. Si una agarradera de cobre cuesta un ojo de la cara y te hace de odiarla de repente, con saña, y le entran a uno ganas de arrancarla, pisotearla y fundirla, qué se puede decir de un ataúd con cuatro. Así que al final acabé eligiendo un ataúd pequeño, sencillo, sin barniz ni almohada ni agarraderas. Pensé que, a fin de cuentas, podría cargarlo también a hombros.
            Pero como al entierro no vinieron más de tres personas, dos de las cuales eran mujeres, me tocó arrastrarlo.
            Mi padre mi miraba con aversión.
           Si recuerdo bien, también aquella mirada fue uno de los motivos que tanto me sacaron de quicio aquella tarde de viernes cuando, después de mirar con apatía mi último cuadro, uno que tenía un trenecito, y luego de decirme que no tengo ni pizca de talento, mi padre intentó hacerme entender qué es eso del talento. Trabajo. Vocación. Entrega. ¿Sabes tú qué es la vocación? me preguntó. Y me enseñó la medalla, su insignia de plata con el escudo del país, que había recibido “por los extraordinarios servicios prestados en defensa del orden social y del estado”. Luego me puso una cinta de magnetofón. Una cinta Agfa. Oí la voz de una mujer que pedía agua. Le pedí que dejara la cinta puesta. Al cabo de un momento de silencio descifré la misma voz, sólo que ahora parecía más poética. Lo mismo nadie le había traído agua. Lo que le habían hecho a aquella mujer no estaba grabado. Miré a mi padre de refilón. Por la defensa del orden del estado, repitió él colocando la cortina, que no sé por qué razón no dejaba de moverse. Luego me confesó que llevaba dieciocho años trabajando en aquello, un trabajo casi musical, por no llamarlo música pura, porque sólo en una profesión como ésa puede uno escuchar cada semana a alguien pidiendo agua con los ojos quemados o chillando en si bemol, como en la sonata de Chopin, que tanto le gustaba escuchar mientras se comía tranquilamente el estofado con azúcar, y puso fin a aquella retahíla pegando el ojo a la mirilla y diciendo que se siente de lo más orgulloso. Le pregunté por qué. No pudo responderme, sobre todo porque en ese momento pasaba una señora con sombrero. Después de hacer una pausa en deferencia a la señora, le pedí que entonara un si bemol. Pero tampoco fue capaz. Así que le di un golpe con el martillo. Solo uno. Tenía la cabeza muy blanda.
 

About this issue

This July, The Observer Translation Project leaves its usual format to present a special CRISIS ISSUE. Things are tough all over. Hard Times suddenly feels like the book of the moment. The global economic crisis impacts life as we know it, and viewed from Bucharest the effects reverberate in domains that include geo-politics and publishing in Romania and abroad, with the crisis at The Observer Translation Project as an instance of a universal phenomenon. read more...

Translator's Choice

Author: Stelian Tănase
Translated by: Jean Harris

From Maestro: A Melodrama. Episode 7

Emiluţa has an unfortunate thought. She’ll throw herself off the top of the building. Why? What the fuck? Let’s say for the cause of PeaceonEarth, for the slumdogs, Europe, for the lonely. Which is to say she doesn’t have a ghost of a reason. Viva Walachia! The way things stand, if ...

Translator’s Note
Translator’s Note: a synopsis
Author: Ştefan Agopian
Translated by: Ileana Orlich

How I Learned to Read (from Tache de Catifea / The Velvet Man)

The bearded man was the owner of an apothecary shop where he worked with two apprentices. Nobody paid me any mind, so I spent all day in what was supposed to be the shop. I say this because it was a large, dark room full of odors—a mix of smells from everywhere. The room hadn’t been cleaned ...

Translator’s Note
Re: Learning to Read, from Tache de catifea / The Velvet Man
Author: Gabriela Adameşteanu
Translated by: Patrick Camiller

Wasted Morning - Napoleon in Bucharest

“What you’ve got here is heaven on earth,” Vica says as she drops onto the kitchen chair. “But where’s your mother?” “At work,” Gelu lazily replies, leaning sideways against the door. “She’s doing mornings this week, didn’t you know?” He is tall and thin, with unset ...

Author: Petre Ispirescu
Translated by: Jean Harris

Youth Without Age and Life Without Death

It happened once as never before-y, ‘cause if it couldn’t be true, it wouldn’t make a story about the time when the poplar tree made berries and the willow tree broke out in cherries, when bears began to brawl with their tails, and wolf and lamb, unfurling their sails, threw arms around each ...

Translator’s Note
On Petre Ispirescu
Exquisite Corpse

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17 December
Tardes de Cinema Romeno
As tardes de cinema romeno do ICR Lisboa continuam no dia 17 de Dezembro de 2009, às 19h00, na ...
14 December
Omaggio a Gheorghe Dinica Proiezione del film "Filantropica" (regia Nae Caranfil, 2002)
“Filantropica” è uno dei film che più rendono giustizia al ...
12 December
Årets Nobelpristagare i litteratur Herta Müller gästar Dramaten
Foto: Cato Lein 12.12.2009, Dramaten, Nybroplan, Stockholm I samband med Nobelveckan kommer ...
10 December
Romanian Festival @ Peninsula Arts - University of Plymouth
13 & 14 November 2009. Films until 18 December. Twenty of Romania's most influential and ...
10 December
Lesung und Gespräch mit Ioana Nicolaie
Donnerstag, 10. Dezember, um 19.30 Uhr Ort: Szimpla Café Gärtnerstrs.15, ...
 
 

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