Papá
ha muerto. Era un hombre tranquilo, un poco místico, con dos surcos
hondos a ambos lados de la nariz, a veces melancólico y los
domingos, a la hora de la comida, solía hacer bromas. Tiraba la
cuchara de la sopa hacia la lámpara y luego intentaba cogerla. Pero
no la cogía. Unas veces rompía la lámpara, otras el plato de sopa.
La sopa se vertía, grasienta y amarilla, no sólo encima del mantel
sino también sobre sus pantalones de raya en medio, escurriéndose
finalmente hasta la alfombra persa, donde se volvía extremadamente
visible y estable. Yo me moría de risa, mi madre no. Incluso ahora
me entran ganas de reír, mirando la Orden al Mérito en el Trabajo
Clase III que mi padre recibió hacia el 68. Es una cajita muy mona,
granate, agradable al tacto y dentro hay una insignia de plata, una
cinta roja y papá. La insignia representa el escudo del país,
rodeado por unos rayos de sol.
La verdad es que mi
padre nunca persiguió a nadie, ni siquiera a un vecino. Al
contrario, ayudó a todo el mundo, y todo lo que pudo. Por ejemplo,
uno quiso irse a Venezuela una primavera y mi padre le consiguió,
con grandes esfuerzos, un astrolabio. Por desgracia, el hombre no
supo dónde ponerlo y ni siquiera fue capaz de llegar al aeropuerto,
sino que se internó en medio del bosque, a paso acelerado, así que
se lo cargaron desde una torreta, descerrajándole un tiro justo
entre los ojos. Nos lo trajeron al anochecer para que lo
reconociéramos. A excepción de la cara, que parecía firmada por
Kandinski (Vasili), era el mismo profesor de piano que conocíamos
todos en el bloque, sólo que más amarillo de lo habitual y
enfundado en un traje negro de lo más expresivo, abrochado hasta el
cuello. Recuerdo que la señora de la limpieza murmuró algo
relacionado con la peste que echaba, aunque el caso es que nadie la
había invitado a participar en la identificación. O en el
velatorio, porque se quedó dos días en el pasillo, para que la
gente lo viera.
Mi padre era una persona
alegre y llevaba tirantes. El único, en todo el bloque, que se lo
pasaba bien. Había agujereado la puerta de la entrada para instalar
tres mirillas de cristal verde, por las que miraba sobre todo los
domingos, anotando en una agenda negra quién entraba en la escalera.
Cuando no conocía el nombre del que pasaba, hacía una pequeña
muesca en el marco de la puerta, como a la altura de la cadenita.
Un
día, buscando entre los papeles de un vecino sospechosamente viejo
(siempre me animaba a hacerlo, con la ganzúa) encontré un
comentario algo atípico, titulado Epístola, escrito con
caracteres intencionadamente infantiles y firmado por un tal Gabriel,
del que cito un breve fragmento: “Un conocido prestidigitador
(ovacionado en Madrid y Estocolmo, decía el cartel) apareció una
tarde en la arena del circo de nuestro pueblo. Todos nos juntamos
para presenciar el espectáculo, esperando ver lo nunca visto. Y cuál
no sería nuestra sorpresa al descubrir, y bastante rápido, que el
hombre no sólo era incapaz de hacer malabarismos con las bolitas de
plástico blanco, algunas de ellas rojas, que se le caían sin parar
y tras las cuales tenía que correr de un lado a otro, a veces
derrapando en la arena, y no sólo soltaba una especie de humo
azulado que olía a orina de diabético, sino que era absolutamente
incapaz de decir algo ingenioso, una adivinanza, por ejemplo, que
todo el mundo pudiera entender, o por lo menos los niños que, presa
del aburrimiento, empezaron a cortar con una
sierra el pilar central de la
carpa, que se cayó restallando encima de unas viejas, haciendo que
gritaran, no sin razón, que ya está aquí el fin del mundo, pero es
que ni siquiera le salían las volteretas más simples y no era por
culpa de aquellas imponentes alas, de chapa, de mago – en realidad
se parecía más a un avión que a otra cosa – sino debido a
aquella cabeza suya de sorprendentes dimensiones, cubierta por mechas
de pelo astral, como bien tuvo a observar un paleto que exageraba
como todos los paletos, de hecho, unos mechones mezquinos y teñidos,
de noche enrollados a unos rulos y de día pegados con gomina, unos
mechones que, hay que reconocer, alguien hubiera podido tomar por una
maqueta de constelaciones lejanas, a aquella edad o si vivías en un
pueblo como ése, sin luz eléctrica ni monumentos históricos que
recordar, uno podía llamarse fácilmente a engaño en lo relativo a
la pilosidad y, a fin de cuentas, la mayoría de las sensaciones
dependían del lugar en el que uno se encontrara, porque si estaba en
las primeras filas no tardaba en darse cuenta de que aquel cabezón
desequilibraba claramente al ilusionista acróbata, aunque no era de
color tierra, como hubiera sido de esperar, ni tenía forma de pera,
ni presentaba señales de mutilación, ni sangraba, ni te miraba con
los ojos como platos, así, enseñándonos todos los dientes para
hacernos reír. Era la cabeza de un ángel. Al cabo de dos horas
conseguimos llevarlo hasta el ambigú, donde lo emborrachamos como
una cuba”.
A
veces, cuando caía la noche, jugábamos a los espías. Yo era, en
concreto, el espía y mi padre me perseguía a cuatro patas, hasta el
baño. Allí me cogía, con admirable regularidad y me apretaba los
dedos en un torno fabricado por él, que tenía unos tornillos
grandes, de madera, minuciosamente cincelados. Me dolía, pero yo
tenía que gritar de placer.
Un poco más tarde, al
cumplir los dieciséis, descubrí a mi padre en su despacho – donde
tenía todo tipo de micrófonos, emisores, objetos difíciles de
identificar pero que electrocutaban, cámaras de fotos, embudos y
auriculares con los que escuchaba las tuberías de la calefacción –
dibujando con delicadeza a una vecina desnuda. La vecina, aunque era
de una enorme belleza, gemía. Lo mismo porque la había atado a la
lámpara de pie con un alambre. Después no volví a verla más que
un par de veces, parecía cambiada, pero el dibujo lo sigo guardando
hoy en día, encima de la cama, es, de hecho, un guache
que sugiere extraordinariamente bien tanto los pechos como la lámpara
de pie.
Y, aun así, repito,
papá ha sido una buena persona. Mantengo firmemente mi opinión, con
conocimiento de causa y a pesar de que, últimamente, se sigue
afirmando, cada vez con más virulencia, que mandó a cientos de
personas al canal. Donde se ha sabido que sufrieron enormemente. No
es verdad. Ellos no tenían nada mejor que hacer que construir cada
día, cada uno de acuerdo a sus fuerzas, un pequeño castillo de
arena, que nadie les pidió jamás que fuera demasiado grande. Lo
único difícil era lo de buscar, porque se sentían obligados, si no
por una dosis de decencia, por los menos por razones de orden
estético – para pagar, de algún modo, la manutención y el
alojamiento gratuitos – a juntar conchas nacaradas, de aquellas
denominadas uñas de sirena, que luego clavaban justo en lo alto del
castillo. Algunos, más comodones, más ancianos y más enigmáticos,
prefirieron arrancarse sus propias uñas, normalmente de la mano, con
los alicates, y alguna que otra vez también de los pies, para
colocarlas en la torre de arena más alta, que de paso se coloreaba
con un poco de sangre, intentando, a través de este método, engañar
a mi padre cuando venía en inspección. Por supuesto que no lo
conseguían. Y, como era lógico, recibían
su castigo. Por desgracia, ellos ya no pueden dar testimonio, porque
murieron cuando vinieron las olas.
El
piano de pared era de mamá. Creo que andaría yo por los cinco o
seis años cuando me sorprendió la violencia con la que mi padre
decretó, con la cabeza debajo de la lámpara, que ya era hora de que
empezara a tocar. Mamá objetó que soy demasiado pequeño y que, de
todos modos, no veía de qué iba a servirme. Sobre todo porque ni
siquiera había empezado a hablar. No importa, dijo mi padre, ya es
hora de que también él haga algo inteligente. En nuestra casa,
situada en el centro de la ciudad, nadie había tocado jamás ningún
instrumento. Ni siquiera mamá. Y de los vecinos no tengo nada que
contar, porque ninguno se atrevía a saltar la alambrada. Sólo al
cabo de tres años, cuando nos fuimos a vivir a un bloque, las cosas
adquirieron otro cariz. Apareció, pues, un profesor. Era delgado,
llevaba gafas de cristal redondo y sentía pavor por mi padre. A
pesar de ello, durante las dos horas que duraba la lección semanal
de piano, jugábamos, el profesor y yo, con su teatro de marionetas
en miniatura o hacíamos figuras de plastilina. No tenía oído
musical. Pero cuando llegaba mi padre, no era yo el que tenía que
enseñarle lo que habíamos estudiado ese día, sino el profesor. Se
sentaba en el taburete, con la espalda encorvada, las manos
visiblemente temblorosas y manchadas de plastilina roja amarilla
verde, e interpretaba tímidamente una sonata de Chopin, siempre la
misma, en si bemol menor opus 35, luego,
para delicia de mi familia, hundida en el sillón, el vals de los
asnos, que acababa durmiendo a todo el mundo, hasta a la criada, que
otra vez había puesto azúcar en el estofado. En vez de sal. El
profesor soportó el estofado con azúcar y las observaciones de
índole musical de mi padre casi durante seis meses, hasta que una
mañana, entró en casa enfundado en una caperuza de lana, golpeó
con odio el teclado del piano, los bajos, se encerró en el trastero,
confesó que era un enemigo del pueblo y que yo era un retrasado
mental y que ya no aguanta más – dijo que ya no aguanta más en un
tono agudo – preguntándome al final
si no quería que hiciéramos los dos con plastilina, había traído
él un paquete, la cabeza de Garibaldi en su lecho de muerte. La
hicimos, y no salió bastante bien, con sus bigotes azules y todo,
sólo que al día siguiente el profesor no volvió a aparecer. Lo que
es yo, no volví a verlo hasta entonces, de noche, cuando nos lo
trajeron vestido de negro. Mi padre tiró la cabeza de Garibaldi, yo
rompí la placa de bronce del piano y luego le arranqué un pedal. El
pedal lo ajusté a la bicicleta con la que participé en un concurso
regional de triciclos. No gané, quedé el último, para
desesperación de mis padres. Mi sueño era ser artista. Todo mi ser
aspiraba a semejante meta. Unos diez o veinte años más tarde, logré
hacer algo en esta dirección, al ser elegido, tras una prueba de
telegenia, para actuar en una película religiosa cuyo nombre he
olvidado, de lo que me acuerdo es de que tenía el papel de prota, o
mejor dicho, era el doble del personaje principal y hacíamos que los
ciegos vieran, los cojos anduvieran y los leprosos rieran. Sólo que
el mundo del cine no me gustó. Y eso que sigo saludando por la calle
al ciego que curé. Y en mi infancia, a pesar de mis aspiraciones
evidentes, me tocó aprender todo tipo de tonterías, patinar, correr
los mil metros, saltar al potro (¿?), trepar por una soga, pero nada
me salía, y el profe de gimnasia, un plasta al que sólo le quedaba
un año para jubilarse, se chivó a mi padre, y así fue como
desaparecieron tanto la soga como el profesor. La historia no se me
daba nada bien, de la química lo único que me gustaba eran los
ácidos con los que salpicaba las faldas de la chicas, a ellas no les
hacía ni pizca de gracia, las mujeres no tienen sentido del humor, y
en la asignatura de rumano era un cero a la izquierda. Eso sí, tenía
talento para el dibujo. Dibujaba sin parar, con febrilidad, y con la
lengua fuera, personajes minúsculos, como si fuera un pequeño
Bosch. Jugaba mucho en el cementerio. Les arrancaba las alas a las
moscas, metía mariposas en el horno, cortaba las orugas en dos y les
clavaba alfileres a los ratones, en los ojos. Era, lo que se dice, un
niño maduro. En aquellos días, normalmente durante el fin de
semana, en los que oía gritos insoportables que bajaban desde el
desván donde trabajaba papá, hacía una acuarela y corría a toda
prisa hasta donde estaba mamá, a la que veía con unos auriculares
estéreos en las orejas y una máscara negra en la cara. No podía
enseñarle la acuarela porque no podía quitarle la máscara. Tuve
una niñez difícil, no hallaba consuelo por ninguna parte. Y mi
padre trabajaba. Trabajaba sin parar. No podía molestarlo en
aquellos momentos, se hubiera enfadado. Se le había metido entre
ceja y ceja la idea de purificar el barrio. De limpiarlo. En cambio,
el tragaluz siempre estaba lleno de polvo.
De
todos modos, confieso que casi nunca me animó a pintar. Decía que
eso es cosa de mujeres. Que un hombre tiene que echar mano de la
azada. O disparar con el cañón. Además, comentaba que no soy capaz
de dibujar gente en movimiento, o al menos gente fácil de reconocer.
Mejor miras por la mirilla. Aprende a hacer esbozos, me aconsejaba
él. Hice todo lo que pude, hasta esbozos, pero el caso es que
contento no lo vi nunca. No estaba de acuerdo con mis inquietudes y
yo no entendía por qué, pues me había traído un profesor de
piano, cosa que se acercaba bastante a las actividades que en
realidad a mí me gustaban. Sólo una vez, en Babele, en lo
alto de la montaña, pude despertar su interés. Para su delicia, le
disparé al sol dos ventosas con una pistola de ventosas. No volví a
encontrar proyectiles. Me pasé el día llorando, y no pude ni tocar
el cuaderno de dibujo. Entonces mi padre me prometió una pistola de
las de verdad, cuando fuera mayor. Cuando me hice mayor, me matriculé
en la escuela paralelipipédica para hijos de militares. Éramos un
montón en el edificio, un edificio gris. Los profesores se portaban
de una manera rara, rígida, llevaban uniforme. Unos tenían la
costumbre de tirar el libro desde la puerta del aula hasta la mesa.
Me dijeron que sueño demasiado, en demasiados colores, demasiado
irreal. En la clase de orientación turística tiré justo en la otra
dirección, me tropecé y di con un champiñón rojo. El mismo
champiñón lo descubrió también el monitor, que me explicó que es
una planta inferior, carente de clorofila, que vive como un parásito
o saprofito y que se reproduce por esporas. Luego me soltó el nombre
de algunas setas venenosas: falo hediondo (Phalus impudicus),
amanita de las moscas
(Amanita muscaria), Boletus satanas,
Russula emetica, hifoloma de láminas verdes (Hypholoma
fasciculare). Ésta es, siguió mientras me quitaba la planta de
la mano, un Lactarius deliciosus. También recibe el nombre de
níscalo. Y para demostrarme lo delicioso que es, se lo comió. Un
minuto más tarde entraba en coma.
Luego
participé en las prácticas de tiro. Un sargento que conocía a mi
padre me saludó, un cabo me dio un beso en las dos mejillas, cuando
no andaba yo muy atento. El problema era cargar y disparar con el
fusil automático. Al principio les pregunté que por qué tengo yo
que disparar, pero como nadie me contestó, apunté al árbol que
estaba más cerca. Era un roble. Le di dos veces en la copa, entre
los aplausos de mis compañeros. Algunos pájaros echaron a volar
trinando. Me ordenaron que volviera a disparar. Esta vez a una
liebre. Aunque no la vi, la hice pedazos. Unos gitanos, cuyas casas
lindaban con el muro del este del cuartel, cantaban y celebraban una
boda. No sé lo que me entró, pero me puse a dispararles. Le di a la
cantante en una pierna. Luego hubo gritos. Para poner fin a todo
aquello, volví a disparar tres veces más. El violinista murió en
el acto. Lo enterraron a toda prisa al lado de la liebre. En fin, a
cierta distancia. Y así es como se acabó toda la historia, no hubo
denuncias, mi padre tenía contactos y yo alucinaciones, eso es lo
que todos dijeron, que las tenía incluso mientras dormía y el
músico había sido una persona modesta y sin familia. Desde entonces
ya no sueño. Al cabo de cuatro años pasé de curso. Luego me
desperté en el hospital.
Todavía
recuerdo con cariño los largos y sombreados senderos por los que
solía pasear en las frescas mañanas de primavera, envuelto en una
bata de felpa, tratando de adivinar desde qué ventana de qué salón
me mira mi padre. Sabía que estaba pendiente de cualquier movimiento
mío, nos habían ingresado a la vez. Lo pasé bien en el hospital,
quizá por primera vez en mi vida, y eso que me habían dicho que
estaba en misión. Me habían colocado en un pabellón para
neuróticos de gravedad desconocida, unos se tragaban tenedores,
otros perseguían pájaros, en fin, la mayoría eran pequeños
autistas y maniaco-depresivos de lo más silenciosos. Los demás eran
compañeros míos, también en misión. Habíamos improvisado una
especie de equipo en nuestro salón de seis camas, nos ayudábamos
entre nosotros a lavarnos los dientes, comíamos juntos los paquetes
que nos mandaban nuestras familias, que lloraban de emoción, lo
repartíamos todo, los medicamentos, el jabón, el spray
contra las cucarachas. Las cucarachas del hospital eran abundantes,
ágiles, rojas y negras, parecía gustarles el hospital, porque las
veíamos por todas partes, en las mesitas de noche, en las camas, y
eso que nos ponían, para que no las viéramos, un montón de
inyecciones sebosas, y, al cabo de un tiempo, ya no podíamos
caminar. Las enfermeras eran, sin excepción, rubias, creo que ex
jugadoras de balonmano, una especie de descendientes femeninas
(aunque no mucho), de Guillermo Tell, la opinión unánimemente
expresada en voz baja, cuando jugábamos a las tablas reales en el
pasillo, era que entre una ballesta y una jeringa no hay, en
realidad, ninguna diferencia, ni siquiera en lo relativo a la
distancia desde la cual se dispara. El tiempo pasaba. A veces me
salían dos de seis en los dados.
Entre
los individuos de siempre yo veía gente extraña, que no hacía otra
cosa que dar vueltas por el patio en pijama y zapatillas. Desde los
primeros días entablé conversación con un pintor, un tipo
interesante que había intentado suicidarse inyectándose aguarrás,
pero no lo había conseguido y ahora le faltaba una mano, Bordea, me
parece que se llamaba y se pasaba las horas muertas con la oreja
pegada a una radio vieja. Una vez le pedí que me dejara escuchar
también a mí y me dijo que no se oye nada, porque no la enciende. Y
la verdad es que no tenía cómo encenderla, porque le faltaban casi
todas las piezas. Otro, un dentista, después de exigirme que abriera
la boca, me preguntó dos veces si he visto fantasmas. Él los había
visto, cerca del parque Cişmigiu, viniendo desde
la calle Brezoianu. Lo raro es que llevaban sombrero. Además,
parecía maricón, y las dos veces, al final de la historia de los
fantasmas, me invitó melancólicamente a pasar por su casa cuando le
dieran el alta – llevaba diez años ingresado – tenía una joya
de estudio cerca de la Estatua de los Aviadores, no se
acordaba muy bien dónde, y le dije amablemente que no puedo. Aunque
parecía convincente, y el caso es que una vez, mientras veía en la
tele del comedor un concierto de violín de Mozart, vi a Oistrach,
que había muerto hacía cuatro años, esto a propósito de
fantasmas. Y, hablando de esto, recuerdo que nuestros padres nos
visitaban puntualmente cada domingo. Nos traían zumo, tubos de
colores y calcetines. En aquel momento yo pintaba brújulas, igualito
que Braque. A mi padre no le gustaba Braque, en cambio me di cuenta
un invierno de que le gustaba una empleada de la Fábrica de Pan.
Estaba ingresada en otro edificio, donde las mujeres. Y hacía frío,
nevaba como a través de una flauta y la empleada caminaba descalza
por la nieve. Y entonces fue cuando conocí a un nuevo compañero, un
tipo de unos sesenta años, más bien taciturno. Su problema era que
no podía dormir y durante horas y horas paseaba por el pasillo, de
una punta a otra, fumando sin parar, avanzando como a tirones, con
pasos de idéntica longitud, motivo por el cual le habían puesto el
nombre de trenecito. En una tarde del mes de diciembre hizo
una escala inesperada en el hueco de la escalera, con una pirueta
impecable, en el último momento, cayéndose de cabeza hasta el piso
de abajo. Así que, por lo menos a él, no tuve que seguir
vigilándolo. Y, aun así, le hice un retrato bastante aceptable, con
un ojo morado y la base del cráneo destrozada, cuando se lo llevaban
a la morgue en una camilla de lo más pesada.
Cuando
me dieron el alta, recibí instrucciones detalladas de un hombre muy
bien envuelto en una manta de cuadros sobre el modo en que tienen que
ser perseguidos y denunciados los ciudadanos que muestran un
comportamiento divergente en la sociedad. Miré con buenos ojos su
manta y seguí sus indicaciones todo lo bien que pude. Sólo que
siempre me pillaban y, lo que es más curioso, todos me regalaban un
helado de vainilla. En casa, mi padre estudiaba en el microscopio el
cucurucho que yo me encargaba de llevarle intacto. Entonces me
demostraba qué es el paralaje, me enseñaba un paramecio que
palpitaba bajo la lente o intentaba explicarme el funcionamiento de
una cámara de vídeo, de un enchufe o del satélite que cada noche
pasaba por encima de nuestra casa. Creo que el simple manejo del
ocular despertaba en él alguna que otra nostalgia, porque otra vez
se ponía a contármelo todo, mientras me daba breves explicaciones
sobre la vida de los infusorios en el agua dulce, sobre la historia
de su familia, su madre había sido una mujer guapa, que había
sufrido de tuberculosis y en aquella época no se encontraba
hidrácida, así que tomaba paracetamol, se cortaba el pelo como una
deportista, cuidándose, a pesar de escupir sangre sin parar y por
todas partes, de su marido violento y de sus dos hijos, su hermana se
había hecho ingeniera en una obra de construcción, donde había
conocido, en una barraca, a su futuro marido, un experto en dinamita
que acabaría de cónsul, y su padre, el dueño de aquel pequeño
mundo, o sea, mi abuelo, ya tenía el grado de general cuando se
compró el primer automóvil con bocina de la ciudad, con el que
había atropellado al tendero. Al parecer era un hombre robusto,
distante, hablante dos idiomas en los que se expresaba con fluidez
delante del espejo del baño y luego había escrito un diario íntimo
muy prolijo en detalles, donde anotó el nombre y los vicios de todos
y cada uno de los vecinos, e incluso una hora antes de morir, había
anotado cómo debía repartirse la pensión: un leu de gas
para el quinqué, tres para el pan, diez bani para las
cerillas y novecientos para el aguardiente. Mi padre me decía,
sonriendo con ambigüedad, que el abuelo habría sido un modelo
magistral de nuestro modo de vida, si todavía siguiera vivo.
Descuidado. Pueril. O más bien insensato, nos hacía perder el
tiempo con tonterías. Como ejemplo vivo me ponía a mí. Sabía que
quería ser pintor, aunque él tenía la esperanza de que me hiciera
ilusionista. Sobre todo después del episodio aquel de la escuela. En
la vida uno no hace lo que le gusta, solía decir, y lo decía
bastante a menudo, lo mismo la frase hasta le sonaba bien, y entonces
uno se ve obligado a emprender algo en beneficio de los demás, que
están indefensos, de la sociedad, que es eterna, y esto mientras uno
aún pueda, porque siempre tenemos ante los ojos una representación
del límite, la conoces muy bien, aunque podría decirse que en tu
caso el cerebro no te ayuda demasiado, porque yo también he visto
las ondas de tu encefalograma, como si fueran las líneas de un
cuaderno de rayas, el cementerio, ése es el punto de mira, la
representación última, en algunas cruces pone Ionescu, en otras no,
no te olvidaremos nunca, aquí descansa nuestro Padre o nuestra
adorada Hija, desde hace mucho tiempo, se ha ido al carajo la tumba,
se ha hundido en la tierra por culpa de la lluvia, es terrible lo que
ha podido llover aquí, cuando era pequeño robaba las moras de los
árboles que crecían del vientre, de las nalgas y de las mejillas de
los que descansan en paz bajo tierra, si es que han hallado la paz,
vitaminas y gusanos a la vez, en las moras, los gusanos ricos en
proteínas y las moras en vitaminas, y mientras los mordisqueaba
miraba las inscripciones realizadas por los artistas verdaderos, los
números, las fechas de nacimiento y de muerte, en muchas ocasiones
mal escritas, pero qué importaba, en mármol o en madera. Y alguna
que otra fotografía. Él militar, ella en el instituto o en el
asilo, en una fotografía vieja que tiraba a color sepia, debajo de
un cristal roto. La mayoría sin hacer otra cosa durante su mísera
vida que no fuera luchar por salir de la miseria y sin entender,
pobres de ellos, hay que ver lo imbéciles que eran, que la pobreza
los ayuda a estar más cerca del sol al que le has disparado con
ventosas, a recogerse en sí mismos, a sudar y a desaparecer en el
éter sin arrepentirse de nada. La gente es peligrosa, ésa es la
pura verdad, no ha habido ni hay nada que hacer. Se necesitan algunos
minutos para poder entender los nombres que hay escritos en los
monumentos.
Mi
padre tenía un martillo. Hace veinte años, era miércoles, después
de ver aquella herramienta impregnada de sangre cuajada y cabellos,
empezó a llover. No sé muy bien por qué me di cuenta tan tarde,
pero sólo entonces pensé en que mi padre mataba gente con el
martillo, en el jardín. Habían aparecido muchos montículos
sospechosos entre las hortalizas. Y hacía lo que hacía, estoy
completamente seguro, con el consentimiento o incluso con el apoyo de
mis tías solteronas, que tenían unas piernas de infarto, con
aquellas plantas de los pies que parecían triples, las veía por el
agujero de la cerradura de su habitación con las cortinitas
almidonadas, a fin de cuentas, unas señoronas muy raras que hacían
como que iban a la iglesia cuando en realidad no iban más que hasta
el baño que había en el fondo del patio, donde yo había dejado una
araña gigante. Pero una araña de lo más idiota, porque en dos años
no consiguió ni siquiera impedirles que hicieran sus necesidades,
así que ni hablar de que hubiera sido capaz de asustarlas. Era tan
mansa, la pobre. No podía comerse ni una mosca, y menos aún comerse
dos tías. Yo creo que ellas fueron las culpables de todos los males,
porque, entre otras cosas, se desvestían delante del espejo y luego
rezaban el Padrenuestro desnudas. E igual que me exasperaban a
mí, muy bien podían sacar de quicio a mi padre, sobre todo porque
empezaron a tener achaques y, por muy tranquilo que hubiera sido uno,
era imposible no cargarse a alguien sólo con escucharlas. Y al ver
cómo se peinaban el cabello ralo en el lavabo, olvidándose luego de
limpiarlo o, si lo limpiaban, cómo atascaban el sifón, cómo
canturreaban inquietantes melodías populares con la ventana abierta,
cómo hablaban ellas solas, dando vueltas por toda la casa, cómo le
echaban en cara a mi madre que no ponía elementos nutritivos en la
sopa, así que los ponían ellas, patatas sin pelar, y eso que la
cáscara contiene tocoferol, cómo miraban a los trabajadores de la
fábrica, jadeando como en Más a la izquierda, tres martillos,
una famosa canción de la época, cómo se metían en el baño por la
mañana y cómo hacían gimnasia en el colgadero de sacudir
alfombras. En fin, aquel día que llovió, me puse a mirar los
pájaros. Había algunos mirlos, un grajo y dos abejarucos. Habían
comido mucho, alguien les había dejado en el umbral un pan entero
migado en agua, o en otra cosa, y en dos horas se lo habían
cepillado. En un momento dado el grajo cayó fulminado. Un abejaruco
se golpeó varias veces con la cabeza en la ventana y las otras aves
se sintieron mal hasta las nueve de la noche. Les entró un hipo de
ésos que no se acaban nunca y algunas se cayeron de los postes de
teléfono. Menos mal que el patio no estaba asfaltado.
Entonces
empecé a entenderlo todo.
Todavía
no sabía muy bien qué. Pero me embargó una interminable emoción
al pensar en el grajo. Y en cómo se nos va la vida.
Al
cabo de un tiempo, el cura, pendiente de la lectura, se hizo un lío
y, en vez de echar tierra sobre el ataúd, me la echó a mí. Y yo
estaba resfriado aquel día. Me quité la tierra de la nariz con un
extremo de la cinta en la que ponían eternas condolencias. Como la
tinta estaba fresca, se borró lo de condolencias y no quedó más
que lo de eternas. Desde el bloque de al lado del cementerio se oíaCuadros de una exposición, de Musorgski.
Por no hablar de los
problemas que tuve con el ataúd. Entré en un montón de tiendas o
como se llamen, y por todas partes me explicaron, con un tono
pegajoso, castaño y lastimero, en cierto modo religioso, musitado
por unos individuos educados, de pelo castaño y ojos muy juntos y
sumamente pequeños, que existen diferencias considerables de precio
entre tales objetos, porque unos son más ligeros, de chopo, otros de
roble o de haya, también los hay de perfil aerodinámico, de
aluminio, para ocasiones especiales, y que de todos modos es mucho
más caro un ataúd con engarces que uno sin ellos. Miré algunos
ejemplares que, por suerte, estaban vacíos. Y así pude enterarme de
que los engarces representaban, sin excepción, un surtido de
florecillas típicamente japonesas, era cierto, me di cuenta de que
las habían hecho con una paciencia a medida del fanatismo japonés,
así que supongo que hasta los gusanos ésos, recién aparecidos en
el mundo, las desprecian, en caso de que no les hagan gracia, al
menos por un tiempo. Luego se planteó la cuestión de las
agarraderas. Si una agarradera de cobre cuesta un ojo de la cara y te
hace de odiarla de repente, con saña, y le entran a uno ganas de
arrancarla, pisotearla y fundirla, qué se puede decir de un ataúd
con cuatro. Así que al final acabé eligiendo un ataúd pequeño,
sencillo, sin barniz ni almohada ni agarraderas. Pensé que, a fin de
cuentas, podría cargarlo también a hombros.
Pero como al entierro no
vinieron más de tres personas, dos de las cuales eran mujeres, me
tocó arrastrarlo.
Mi padre mi miraba con
aversión.
Si
recuerdo bien, también aquella mirada fue uno de los motivos que
tanto me sacaron de quicio aquella tarde de viernes cuando, después
de mirar con apatía mi último cuadro, uno que tenía un trenecito,
y luego de decirme que no tengo ni pizca de talento, mi padre intentó
hacerme entender qué es eso del talento. Trabajo. Vocación.
Entrega. ¿Sabes tú qué es la vocación? me preguntó. Y me enseñó
la medalla, su insignia de plata con el escudo del país, que había
recibido “por los extraordinarios servicios prestados en defensa
del orden social y del estado”. Luego me puso una cinta de
magnetofón. Una cinta Agfa. Oí la voz de una mujer que pedía agua.
Le pedí que dejara la cinta puesta. Al cabo de un momento de
silencio descifré la misma voz, sólo que ahora parecía más
poética. Lo mismo nadie le había traído agua. Lo que le habían
hecho a aquella mujer no estaba grabado. Miré a mi padre de refilón.
Por la defensa del orden del estado, repitió él colocando la
cortina, que no sé por qué razón no dejaba de moverse. Luego me
confesó que llevaba dieciocho años trabajando en aquello, un
trabajo casi musical, por no llamarlo música pura, porque sólo en
una profesión como ésa puede uno escuchar cada semana a alguien
pidiendo agua con los ojos quemados o chillando en si bemol, como en
la sonata de Chopin, que tanto le gustaba escuchar mientras se comía
tranquilamente el estofado con azúcar, y puso fin a aquella retahíla
pegando el ojo a la mirilla y diciendo que se siente de lo más
orgulloso. Le pregunté por qué. No pudo responderme, sobre todo
porque en ese momento pasaba una señora con sombrero. Después de
hacer una pausa en deferencia a la señora, le pedí que entonara un
si bemol. Pero tampoco fue capaz. Así que le di un golpe con el
martillo. Solo uno. Tenía la cabeza muy blanda.