El efecto de eco controlado

Mircea Nedelciu | November 01, 2008
Translated by: Rafael Pisot

 

El efecto de eco controlado

Un vaso de cristal grueso, desportillado, lleno de un vino blanco del color del aceite, la intensa luz de la lámpara de una mesilla, una pila de folios en blanco, el ruido de los grifos propalado por las tuberías, por todo el edificio, una puerta entreabierta, el vestíbulo, otra puerta entreabierta se vislumbra a través de la primera, en el salón Cornelia habla con una compañera de trabajo. Una parte de la rodilla, la nariz y unas veces la frente, y otras una parte del antebrazo, ocupan el resquicio alto y estrecho de la puerta. Sus voces emiten de vez en cuando una vocal más aguda e incluso una palabra completa, ininteligible, sin contexto. Es el mundo, pues, pero el mundo visto a través de una hendidura como ésta, descompuesta en pedazos nada funcionales ni anatómicos. De repente una de las puertas se cierra. Seguro que han pasado ahora a un cotilleo más virulento, que no admite demasiados testigos. Mirada largamente fijada en la puerta. “Ahora eres un ratón, hombre – dice el Pintor – un ratón de piel gris y ojos temerosos. Te sientas en tu escritorio, frente a unos papeles que ni siquiera te pones a roer y, leyéndolos o tratando de encontrar una solución, buscas de hecho un agujero en el que esconderte cuanto antes mejor. ¿Quieres un café? ¡Vamos a hacer un café! ¿O tienes miedo de que sea malo para las arterias? De hecho, en cuanto me digas un día cosas de estas, te echo. ¿Pero sabes cómo? Hago contigo una pelota y te tiro por la ventana. Y soy bueno, porque estamos en la planta baja. Soy clemente porque sé que antes fuiste un perro callejero y te transformaste en ratón porque no te recogieron los de la perrera. ¡Se olvidaron de ti los de la perrera! Y entonces pensaste que la cosa va bien; ¿tienes bastante con una cucharadilla de azúcar?”

 

Lo escuchabas con una sonrisa que apenas podías reprimir, como siempre, y examinabas de cerca uno de sus lienzos de gran formato, recién empezado. Sabías que esto lo sacaba de quicio. El secreto de ciertos efectos de color se revelaba ante tus ojos en contra de su voluntad y después, cuando el cuadro estaba ya terminado, si le decías aquello de “sé lo que has hecho aquí: primero has dado con el pincel así y luego asá” perdía los papeles, te llamaba espía y se consideraba injustamente tratado. Otras veces, en cambio, a pesar de examinar con gran atención un cuadro a lo largo de sus diferentes fases, no lograbas pillar el truco y entonces se ponía loco de contento, y hasta parecía alegrarse más que por haber obtenido un gran éxito en una exposición.

A las tres y veinticinco minutos, la puerta del despacho se abre y aparece una nariz afilada, firmemente empujada hacia delante, una nariz muy conocida por todos los del despacho. “¿Y éste qué querrá ahora? Son casi las tres y media y tenemos que irnos a casa”. La mirada, aplastada por la puerta insuficientemente abierta, no se detiene en los papeles ya apilados, no es exactamente una mirada de jefe, sino una mirada que busca algo y, al encontrarlo, una sonrisa se ilumina en su rostro:

            - Camarada Grigoruţă, no te vayas, que tenemos que hablar ¿vale?

            - De acuerdo, camarada…

            Pero la puerta vuelve a cerrarse. Tiene que decirte algo justo a estas horas: ¡hasta ahora no ha tenido tiempo! Los demás empiezan a vestirse, las mujeres a revisar sus caretos en los espejitos especialmente guardados en los cajones. Son las tres y treinta minutos. Todos te saludan con más o menos complicidad según van saliendo.

            - ¡Out of graces, back in graces! dice el último, haciendo una exagerada reverencia con el gorro.

            Pruebas el vino y tuerces el gesto. No eres un experto pero, como no estás acostumbrado a ese licor tan preciado (algunos afirman incluso que puede ser analizado como una obra de arte, aplicando gran parte de los principios de la estética), el primer contacto suele parecerte desagradable. Ordenas tu escritorio, mueves inútilmente la lámpara de mesa para buscarle una posición óptima y de nuevo la mirada vuelve a coagularse en el vino de color amarillento y en aquel vaso no muy elegante que lo circunda.

 

Era aquél un vino tinto de color oscuro, casi negro, que el encargado había sacado de sus olvidadas reservas personales, y Fatache había agradecido el detalle proponiendo inmediatamente una larga conversación sobre dónde reside la verdadera calidad de semejante vino, probándolo, exhibiendo sus conocimientos de viñador y provocando, a pesar de las inexactitudes, la elogiosa sorpresa del encargado (todavía de pie y algo inclinado hacia delante). Tú, de todas maneras, estabas sorprendido por que el “camarada Fatache” te hubiera invitado a su mesa e intentabas de vez en cuando participar en la conversación, dándole, por supuesto, la razón. También Triescu estaba siempre de acuerdo con Fatache, fingía ser un ingenuo en materia de vinos y hacía preguntas con respuesta amañada. Al cabo de diez minutos el responsable se había excusado amablemente, dando a entender que aún tenía mucho trabajo pendiente (y era cierto, porque acto seguido se había puesto a dar vueltas por el salón como media hora, observando a los camareros, haciéndoles discretas señales o insultándolos con la mirada) y se había ido. Fatache había seguido hablando un rato de los vinos (Triescu y tú erais todo oídos, con gestos afirmativos y exclamaciones como “¡increíble!”) luego se había pasado al tema de sus viajes al extranjero, de las mujeres, de los judíos y de los cotilleos. De vez en cuando se os pedía también a vosotros que contarais algún chiste y que os alegrarais, modestamente, por supuesto, mientras Fatache se reía a carcajadas y a destiempo.

 

            Todo esto tendría que ser escrito ahora en un papel, pero tienes la impresión de que la lámpara no está bien colocada, no sabes por qué te pica la piel, la puerta que ellas cerraron casi a modo de complot te pone de mal humor y el vino tiene un sabor imposible.

            - ¿Cuándo te coges unos días libres, no de vacaciones, sino así, por la cara, y nos vamos unos días a la montaña? ¿O es que no te deja tu mujer?

            - Ahora no puedo, pero seguro que me los cojo.

- Tengo que enseñarte unas fotos que hice, ¿te he dicho que nos hemos comprado una casa con vigas de madera? Tres mil, como no está en el centro del pueblo la gente se ha ido yendo, no tenían nada que hacer con la casa y se alegraron de que apareciera un colgado que les diera tres mil.

Ves cómo ordena las cosas en la sucia mesita de madera, colocando las dos tazas, el cenicero, los cigarrillos, apagando una luz, encendiendo otra, “¡menudo maniático!” te dices a ti mismo e intentas imaginártelo en aquella casa de vigas de madera, con tierra por el suelo, lo ves encendiendo el fuego con paciencia, lo admiras, de hecho, por ese permanente contacto ritual con la materia, en su cara ves siempre esa alegría a la que tú no tienes acceso.

            - Las he llevado a revelar, mañana ya tendré el negativo y me pondré con ello, he encontrado un papel muy guapo, húngaro, con un contraste estupendo. O mejor te cuento lo que comí ayer, ¿quieres que te cuente lo que comí ayer?

            - ¡No!

            - Venga, ratoncillo canijo, déjame que te lo cuente, que fue todo un festín.

            Cada vez te resultaba más difícil interrumpirlo, preguntarle algo, hacer que hablara sobre lo que a ti te preocupaba.

            Al final la puerta del despacho volvió a abrirse (estabas solo, fumabas y ya eran las cuatro menos veinte minutos) dejando en primer lugar espacio a esa nariz ridícula (más ridícula todavía cuando la lleva un jefe), luego a Bencu en su totalidad, y a su pícara sonrisa, siempre lista para transformarse en una máscara de intransigencia.

            - Camarada Grigoruţă, había dicho él sentándose y haciéndote una señal para que tomaras asiento (en el trabajo eres Grigoruţă o camarada Grigoruţă, para las chicas, de soltero, eras Grig, en la documentación, Gregor Vranca, en la facultad eras “Goyus semper monta un pollus” y en casa Cornelia te sigue llamando Grig) verás por qué te he pedido que te quedes un poco más, ¿tenías prisa?...

            - No.

            - Pueees, mira… tú fuiste entonces a Sibiu con Fatache, el del ministerio, cuando se emborrachó, hizo lo que hizo y acabasteis pagándolo todo vosotros, tú y Triescu, ¿no?

            - Pues sí, fuimos, pero…

            - No me entiendas mal, pero me gustaría que tú (porque Triescu ya lo ha hecho) me escribieras un par de páginas sobre lo que pasó essastamente.

            - ¡¡!!

            - O sea… Te pido de verdad que no me entiendas mal, tú eres una persona responsable, nosotros tenemos que… con nuestras propias fuerzas… ¿entiendes? quiero decir que… individuos como éstos que… por tener enchufes o por dar la impresión de tenerlos, sabes… el valor, hombre, ¿qué pasa si él está en el ministerio y nosotros aquí? Essastamente como pasó, no que te lo inventes o, qué sé yo, no… ¿me entiendes?

            - Sí, pero…

            - Ya lo sé, no tienes por qué tener miedo, nadie se va a enterar, mira, ni siquiera tienes que firmarlo, escribes sólo lo que pasó y punto, ¿vale? ¿Puedes hacerlo,  Grigoruţă? ¿Puedes, hombre?

            - Sí, podría pero...

            - Mira, te vas a casa, lo piensas bien y tratas de recordar cómo pasó todo ¿vale? Y lo escribes. Dos páginas o, como mucho, tres, ¿de acuerdo?

            Hablaba en voz baja, casi murmurando, aunque no había nadie más en el despacho ni seguramente en los despachos de al lado, se inclinó demasiado hacia ti, por encima de la mesa, tú intentabas alejar de él el cigarrillo, para que no le molestara, el humo, quiero decir, cosa que a él, aunque no fuera fumador, le daba igual y al final de todo ya habías aceptado.

            - Sííí… pero queda entre nosotros ¿de acuerdo? ¡Nadie sabe nada! – añadió él – y te estrechó la mano, dejando que te fueras a casa.

            Él se quedó un poco más, tenía algo de trabajo pendiente. Tal vez para evitar que salierais juntos.

            Afuera, en la calle, el aire que la lluvia había dejado a su paso te había puesto de mal humor, pero no por mucho tiempo y, en cualquier caso, no para el resto del día. Ahora ya no tenías muchas ganas de pensar demasiado en el aire que respirar. Así que, de repente se te ocurrió llamar al Pintor. No sabías si estaba en casa, había estado unos días en la montaña, pero te apetecía charlar un poco con alguien. Querías escuchar sus reflexiones musitadas, carentes de realismo, cómicas. Después de contestarte al teléfono, y tras haber salido a su encuentro, empezaste a darle vueltas a cómo ibas a preguntarle simplemente: “Un jefe de menor rango te pide que le hagas una jugarreta a un jefe más importante. En este caso ¿qué es lo que tienes que hacer?” Y cómo después vas a escuchar con mucho gusto sus desvaríos. Sólo que ahora tenías que esperar a que surgiera la ocasión.

 

- “….Tiene mi mujer una compañera que ha cumplido no sé cuántos años de matrimonio, gente de esa, ¿cómo se llama? nuevos burgueses… y han decidido hacer una “party”. ¡Ya ves tú, una “party”! ¡Hay que joderse! Y me dice mi mujer: “Ponte el traje, que vamos a una «party»”. Yo me pasé ayer todo el día en el tren y, normalmente, cuando tengo que ponerme el traje, me pongo de mal humor, pero cuando oí lo de “party” me entró la risa y al final fui. En el tren pasé hambre como diez horas, ya sabes lo que quiero decir. Si quieres más café, mira, ahí tienes el cazo”.

 

            El nuevo cuadro en el que estaba trabajando parecía un conglomerado de casitas amorfas, una calle de arrabal o un barrio en plena demolición. Todo tipo de manchas geométricas de colores se concentraban alrededor de una especie de cuadrado blanco que ocupaba el centro y que parecía una ventana abierta, tímidamente atravesada en la parte inferior por dos ramitas florecidas. Debajo del marco. El pintor hablaba, se movía, se reía solo. ¿Cómo ibas a desviar su atención justo ahora, con una pregunta que lo encaminara hacia la moralidad de tus acciones, que lo hiciera hablar sabiamente de Bencu, tu jefe, el jefe del departamento de la institución más importante del ministerio, y que tuviera que dar su opinión, a su manera, sobre las “dos o tres páginas” que tenías que escribir sobre Fatache, el homólogo de Bencu en el ministerio?

 

Es verdad, aquel día Fatache se había cogido un pedo, había insultado a los camareros, tenía ganas de bronca con unos obreros que también habían bebido en una mesa de al lado, quería restregarle a todo el mundo su D.N.I. para que supieran “quién era él”, tú y Triescu hicisteis todo lo posible para pararle los pies y de repente os hartasteis de “Fatache, el gran boss”, pero de aquí a propinarle un golpe mezquino por la espalda, tal y como te pedía Bencu, había un gran trecho… En efecto, después de la pelea con los camareros, en la mesa apareció otra cuenta desorbitada, todos se habían olvidado del vino que el encargado os había traído de regalo, Fatache ya no estaba sobrio, al encargado no lo encontraba nadie y tú y Triescu habíais pagado la consumición, pero esto no significaba de ninguna manera que Fatache os hubiera obligado a pagarle la bebida.

 

            La puerta vuelve a abrirse, esta vez un poco más, y la amiga de Cornelia entra para despedirse de ti.

            - ¿Qué tal, Grig?, pregunta ella, y tú mueves los hombros sonriendo culpable, pero ella no tiene cómo saber por qué hay culpabilidad en tu sonrisa, así que no la percibe. ¿Trabajando otra vez? Te vas a volver todo un filósofo, muchacho. Ella sigue y tú te ríes, ahora con modestia, como uno que ya es filósofo y no le queda más remedio que reconocer su éxito.

            Cornelia también se ríe, lo mismo su amiga ha hecho una broma estupenda. O igual la han preparado las dos ¿quién sabe? Te levantas y le dices “Muy buenas noches” a esa chica que fue tu compañera de facultad, pero que, en ese momento, no sabes cómo se llama, la acompañas con Cornelia hasta la puerta, vuelves a tu sitio, pruebas otra vez el vino, recuerdas cómo por la tarde, en el taller del Pintor, en vez de escucharlo, en vez de llevar a cabo ese salto hacia la imponderabilidad que te habías prometido hacer cuando ibas de camino a su casa, mirabas como un idiota el cuadro que tenía detrás.  

- “…Y ella había encontrado en una de esas estúpidas revistas o en alguna de las exposiciones de mis ilustres camaradas de la asociación de artistas una idea para un traje de noche que hacía juego de maravilla tanto con su estupidez como con su cuerpo. Hacía tiempo que no veía algo más estrafalario, así que en seguida me puse de buen humor y le eché el guante al  foie-gras. Oye tú, rata de oficina, ¿Sabes lo que toman los hombres después de diez años de matrimonio? ¡Pues, foie-gras! La verdad es que también le hubiera quedado bien un collar de foie-gras, tenía que haberle dado la idea, pero ¡si hubieras visto a los demás levantando el meñique de la mano izquierda cuando cogían los cubiertos para probar el foie-gras! ¡Una maravilla! Espera, que tengo aquí una cinta de Jacques Brel, espera que te la ponga, pa´ que veas lo que dice: “Les bourgeois / Cést comme les cochon / Plus ça devient bête!”. Y la conversación… ¿qué quieres que te diga? No vale la pena describirlos. ¡Simplemente tenías que haberlos visto! ¿Dónde demonios esconden tantas “cualidades” cuando son más jóvenes, macho?

            Ahora se oía el radiocasete murmurando una melodía francesa y allí estaba el Pintor, con su careto de filósofo cínico, siguiendo con el sermón y riéndose él solo. Se le iba la olla y decía:

            “- Oohh, y a semejante festín habían acudido, amigo mío, hasta los dioses. Había venido el Dinero, el Piso (de cuatro habitaciones, y había venido con el Chalet, que se había puesto un collar de escalera interior), el Automóvil, el D.N.I. de Bucarest, el Pasaporte, los Viajes y la Familia que vive en el extranjero, y otros Dioses menores. Ellos se entrometían sin ser vistos en la exquisita conversación de los comensales, que no paraban de rendirles pleitesía.  

            - Y a ese ¿qué título vas a ponerle? Le habías preguntado tú, interrumpiendo su tesis y señalando el cuadro que tenía a sus espaldas.

            - Éste voy a titularlo “La calle del Eco”, que es como se llama una calle que está a las afueras y que me parece que están demoliendo.”

            Ahora intentas concentrarte de nuevo delante de una hoja de papel que sigue en blanco.

            ¿Cómo tiene que ser el texto para que Bencu no pueda usarlo? ¿Cómo se podría hacer de él un bumerán? ¿Y en qué medida se puede plasmar en un papel “lo que ocurrió essastamente y que te han pedido con tanta insistencia? ¿No se transformaría justo así en un bumerán? ¿Cómo podrías mantener tu anonimato después de escribir el texto? ¿Cómo empezar y cómo terminar para dejar claro que te desvinculas de Bencu y que escribes simplemente para evitar una serie de consecuencias desagradables? De hecho, si no escribieras nada y acudieras mañana al trabajo con la frente bien alta (“¡No puedo hacer algo así, camarada Bencu!”), ¿qué ocurriría? Él te sonreiría con complicidad (“¡No pasa nada, camarada Grigoruţă!”) y, como hay sucursales por todo el país, al cabo de unos días les harías falta durante cuatro o cinco meses en Baia Mare o en Oradea, o en Cluj, Cornelia pondría mala cara (“siempre igual: eres un memo”) y acabarían acumulándose un montón de disgustos. Sin embargo, ¿son suficientes tales excusas para cometer un acto tan mezquino? En el fondo, cualquier hecho puede ser encubierto por exiguas justificaciones, hasta el propio Bencu te lo ha demostrado e incluso Triescu estaría dispuesto, en cualquier momento, a darte otro ejemplo. Él no va de héroe.  Pero la historia (incluso la historia de una empresa o de un matrimonio), ¿necesita, de verdad, héroes? Hasta los héroes, para poder surgir, precisan de ciertas condiciones. ¿Qué es eso del heroísmo cotidiano, y a qué conduce? Y además, ¿tienes tú cara de héroe? Tú, con los caprichos de Cornelia, con la hipoteca, con tu miedo a que no te manden demasiado lejos. Ahora en serio. Y aunque no te importara nada, ya se lo has prometido, le has prometido que vas a escribir “dos o tres páginas”, ¿sería ahora moral dar un paso atrás? Ponte a escribir, Grigoruţă, y deja ya de hacer melindres ¿qué pasa? ¿que por ser economista estás al loro de lo que ocurre en el mundo? También el Pintor, cuando le contaste por fin la historia, te aconsejó que escribieras.

“ - Escríbele tú, señor ratón, una carta a quien te la haya pedido, y empiezas con «¡La puta que te parió!» y acabas con la misma frase. Me parece una frase estupenda para este tipo de casos. ¡Una auténtica preciosidad de un maestro del estilo!”

-          ¿Y Cornelia?...

-          Ah, sí, se me olvidaba. La redactas en dos ejemplares y una se la mandas directamente a ella, ¿me entiendes?

A él todo aquello le parecía de lo más simple y empezó a fregar las tazas de café. Luego las puso boca abajo, para escurrirlas, y regresó a su cuadro.

            - “Que sepas que yo también me he preguntado por qué los del Ayuntamiento la han llamado precisamente la calle del Eco. Que me parta un rayo si lo sé. Pero es que no puedo dejar de pensar en eso, mira un momento cómo se suceden los colores desde el centro hacia los bordes!”

- "Sí – le has dicho tú – pero esto no es más que una colchadura, un efecto que se detiene en el marco, porque le pondrás también un marco, ¿no?

En ese momento montó en cólera y te gritó:

            - “¡Pues claro que voy a ponerle también un marco! Le voy a poner un marco y lo voy a exponer y habrá también un imbécil que lo compre para colgarlo en el salón y comer debajo foie-gras o patatas fritas, ¿qué te parece?”

            - “Vale – has dicho tú –  ¿tienes algún disco nuevo?”

No, no tenía ninguno y seguisteis escuchando a Jacques Brel.

            Cornelia trastea en el baño. La adivinas dirigiéndose hacia el dormitorio, apagando las luces, te gustaría que te dirigiera la palabra. También ella, adivinando tal vez tus pensamientos, abre la puerta y te pregunta:

-          ¿No te acuestas?

-          No, me quedo un poco más. ¡Buenas noches!

-          ¡Buenas noches!

No hace falta más. La gente siente una gran necesidad de información. Todo el tiempo y de todo tipo.

            - Vivir eficazmente significa vivir con una información adecuada, había dicho el Pintor al cabo de unos diez minutos, después de haberse calmado y de haber empezado a citar a los clásicos de la cibernética. Todos los dramas de la antigüedad empezaron, a fin de cuentas, por la falta de una información adecuada. Romeo, de haber recibido a tiempo la carta del cura, no se habría suicidado antes de que Julieta recobrara el sentido. El drama hubiera tenido un final feliz. Pero el texto de Shakespeare, ¿habría tenido el mismo valor?”

            Estabas sorprendido. Nunca antes habías visto al Pintor tratando de justificarse.

            En teoría, un drama como éste ya no sería posible hoy en día. Una llamada, un telegrama, un viaje de una hora en avión: todo se puede solucionar.

            Sí, pero tú no sabes dónde está Fatache, parece que está fuera de la ciudad, no tienes ninguna posibilidad de comunicarte con él antes de mañana por la mañana, y además, ponerlo en guardia, ¿sería una solución para ti?

            “ – Pero ¿quién decide qué información es adecuada para mí y cuál no?”,  añadía él y se ponía a dar vueltas por el taller, encendía una luz y apagaba otra.

Al final le dijiste “hasta luego” y te fuiste.

            Ahora en todo el bloque reina el silencio y ni siquiera se oye el ruido de la calle. La noche se ha adueñado de todo. Te tomas otro trago de vino y, de repente, como estremecido por su sabor medio agrio, algo te inquieta: de la historia de la chica Bencu parecía no saber nada. Si lo hubiera sabido, te habría llamado la atención para que tampoco te olvidaras de añadirla.

 

Pasada la medianoche, tras haber conseguido a duras penas meter a Fatache en su habitación y volver a la vuestra, que estaba en el mismo pasillo, oísteis un grito. Salisteis inmediatamente. Allí estaba Fatache, con una chica de unos 20 años que quería zafarse de él. Le decía: “¿Tú sabes, cariño, quién soy yo?”. Tuvisteis que encerrarlo en su habitación y quedaros con la llave. La chica os decía que llamarais a la policía, que aquello había sido un intento de violación, pero cuando Triescu le aconsejó que llamara ella misma desde la recepción, dejó de insistir y os pidió un cigarrillo. Sólo cuando se hubo marchado os preguntasteis qué hacía allí, a la una de la madrugada, sola, en el pasillo del hotel.   

 

            De todos modos, aquel episodio te produjo un tedio tan grande, que enseguida lo olvidaste. ¿Sería éste el motivo por el que Triescu no había comentado nada al respecto? ¿O era precisamente a través de esta omisión como intentaba él comunicarse contigo? ¿Era acaso una omisión adecuada para Fatache? ¿Qué otra justificación tendrías para empezar a escribir? Aun así, ¿qué le deparará la noche a la página en blanco que tienes delante?

 

*

* *

            Sonó el teléfono a las seis y treinta minutos y la mano descolgó automáticamente el receptor y se lo acercó al oído.  Su oído no esperaba ninguna información adicional. “¡Son las seis y treinta minutos!”, dijo la recepcionista. En ocasiones añade igualmente un “¡buenos días!” antes y después. Otras veces no tiene tiempo. ¿Es ésta una información adecuada?

 

About this issue

This July, The Observer Translation Project leaves its usual format to present a special CRISIS ISSUE. Things are tough all over. Hard Times suddenly feels like the book of the moment. The global economic crisis impacts life as we know it, and viewed from Bucharest the effects reverberate in domains that include geo-politics and publishing in Romania and abroad, with the crisis at The Observer Translation Project as an instance of a universal phenomenon. read more...

Translator's Choice

Author: Stelian Tănase
Translated by: Jean Harris

From Maestro: A Melodrama. Episode 7

Emiluţa has an unfortunate thought. She’ll throw herself off the top of the building. Why? What the fuck? Let’s say for the cause of PeaceonEarth, for the slumdogs, Europe, for the lonely. Which is to say she doesn’t have a ghost of a reason. Viva Walachia! The way things stand, if ...

Translator’s Note
Translator’s Note: a synopsis
Author: Ştefan Agopian
Translated by: Ileana Orlich

How I Learned to Read (from Tache de Catifea / The Velvet Man)

The bearded man was the owner of an apothecary shop where he worked with two apprentices. Nobody paid me any mind, so I spent all day in what was supposed to be the shop. I say this because it was a large, dark room full of odors—a mix of smells from everywhere. The room hadn’t been cleaned ...

Translator’s Note
Re: Learning to Read, from Tache de catifea / The Velvet Man
Author: Gabriela Adameşteanu
Translated by: Patrick Camiller

Wasted Morning - Napoleon in Bucharest

“What you’ve got here is heaven on earth,” Vica says as she drops onto the kitchen chair. “But where’s your mother?” “At work,” Gelu lazily replies, leaning sideways against the door. “She’s doing mornings this week, didn’t you know?” He is tall and thin, with unset ...

Author: Petre Ispirescu
Translated by: Jean Harris

Youth Without Age and Life Without Death

It happened once as never before-y, ‘cause if it couldn’t be true, it wouldn’t make a story about the time when the poplar tree made berries and the willow tree broke out in cherries, when bears began to brawl with their tails, and wolf and lamb, unfurling their sails, threw arms around each ...

Translator’s Note
On Petre Ispirescu
Exquisite Corpse

Planned events in Cultural Agenda see All Planned Events

17 December
Tardes de Cinema Romeno
As tardes de cinema romeno do ICR Lisboa continuam no dia 17 de Dezembro de 2009, às 19h00, na ...
14 December
Omaggio a Gheorghe Dinica Proiezione del film "Filantropica" (regia Nae Caranfil, 2002)
“Filantropica” è uno dei film che più rendono giustizia al ...
12 December
Årets Nobelpristagare i litteratur Herta Müller gästar Dramaten
Foto: Cato Lein 12.12.2009, Dramaten, Nybroplan, Stockholm I samband med Nobelveckan kommer ...
10 December
Romanian Festival @ Peninsula Arts - University of Plymouth
13 & 14 November 2009. Films until 18 December. Twenty of Romania's most influential and ...
10 December
Lesung und Gespräch mit Ioana Nicolaie
Donnerstag, 10. Dezember, um 19.30 Uhr Ort: Szimpla Café Gärtnerstrs.15, ...
 
 

Our Partners

Razvan Lazar_Dunkelkammer SENSO TV Eurotopics Institutul Cultural Roman Economic Forum Krynica Radio Romania Muzical Liternet Radio France International Romania Suplimentul de cultura Radio Lynx