De pie, Condrat empuja el remo contra los gruesos troncos de los
robles para separar la barca y avanzar por el bosque. Ramas rotas y
trozos de hielo, mezclados con islas flotantes de hierbas y raíces,
hojas secas, plumas de garza y cormorán chocan con las cuadernas de
la barca. La tormenta arrastra el agua, haciendo remolinos entre los
árboles y la maleza. El agua no cubre mucho, pero ha calado la
corteza de los troncos más viejos se ha filtrado hasta arriba, hasta
las ramas más altas y – entre la tempestad y el ruido de las
placas de hielo que chocan contra los robles – se oye el murmullo
del agua bajo la piel de los árboles. A medida que arrecia la
tormenta y la barca se abre paso, las hierbas secas del año pasado
quedan al descubierto bajo las aguas.
El esfuerzo de Condrat, que empuja la barca a través del bosque sin
perder el equilibrio, pasa desapercibido gracias a la quietud de sus
movimientos. Sus ojos, azules y desvaídos, están clavados al
frente.
- ¿Ves algo, Condrat? – grita el gordo desde el otro lado de la
barca, levantando la voz para que las palabras traspasen el ruido de
la tormenta y de las ramas.
Condrat no contesta y sigue remando. Sin mirar a su acompañante,
rodea con un golpe de remo un roble viejo y seco, caído en el agua,
con las raíces arrancadas y abiertas. Como un rodillo, el cierzo
aplasta el agua y empuja las venas largas y gruesas de las raíces
por encima del árbol caído, haciendo que éstas se junten y se
mezclen con las ramas de lo alto de la
copa.
- Menos mal que se ha partido, el muy carcamal. Mira cómo se besa
las raíces – vuelve a gritar el barrigudo desde el otro lado de la
barca, buscando con la boca mellada el lugar más adecuado para que
las palabras lleguen, cruzando el aire, directamente hasta Condrat.
Menos mal que se ha partido el roble éste viejo.
Condrat no escucha al gordo, o quizá no lo oye, y sigue empujando la
barca con el remo.
El barrigudo se calla un rato para descansar. Con la manga de la
pelliza se seca, jadeando, el sudor de la frente estrecha y de las
mejillas coloradas y redondas, mezclado con la lluvia y con el barro.
Se coge la pierna de madera con las manos y la apoya en el borde de
la barca para guardar mejor el equilibrio de la embarcación,
sacudida por la tormenta. Luego se llena los
pulmones de aire y empieza a gritar de
nuevo:
- Hace treinta años estaba igual de seco, tieso como una vela. La
gente no quería talarlo. Preferían rodearlo, decían que no está
seco, que está vivo, lo mismo pensaban –mal rayo los parta, son
todos unos necios – que era tan robusto, que no le hacían falta
las hojas para vivir. Y ya ves tú, por dentro estaba más podrido
que un zumaque apestoso. Puaj!
El gordo escupe y el escupitajo se vuelve
contra su cara.
Condrat rema acompasadamente a ambos lados de
la barca, intentando dejar atrás las corrientes de agua que rodean
al roble, abatido en medio de un claro del bosque, a merced de la
tormenta; no se divisa ningún otro
árbol en cien metros a la redonda.
- Mira, Condrat, cómo ha chupado el barro el
carcamal éste de roble. Acuérdate de cuando
había tierra. Por culpa del roble se secó todo. No crecía ni la
hierba alrededor. Y la gente decía que
era el árbol más bonito y más robusto. Que era el orgullo de
nuestro bosque. Talaban los árboles jóvenes, pero a éste ni lo
tocaban. Y fíjate ahora lo hueco que está… ¡ni que fuera un
catalejo, míralo por dentro, para que veas en qué quedan las
cosas!
Condrat saca la barca de la corriente y la
empuja con fuerza hacia los árboles
altos que tiene delante.
- Mejor me callo, Condrat. Ya no tengo
nada que medir con las palabras. De día y de noche se agolpan unas
detrás de otras y pasamos por encima de ellas como si fuesen
recuerdos. Donde aún hay tierra, no se puede pasar. Este invierno no
han venido las aves polares al Delta, como solían venir en tiempos
de paz, a pasar las vacaciones de verano. Desde el Polo hasta aquí
ya no tienen por dónde volar. El cielo está ocupado. Las balas de
los cañones llegan muy lejos. Estamos ya a primeros de marzo y ya
verás como esta primavera no vendrán las grullas desde el sur.
¿Cuántas aves podrán pasar por encima de Grecia e Italia? Rommel
sigue en África. Nos quedaremos sólo con los gorriones, amigo mío.
El barrigudo descansa un rato, vuelve a
llenarse los pulmones de aire, coloca otra vez la boca en la
dirección del viento y grita de nuevo:
- Tengo ganas de hablar, Condrat. Yo era
alguien, Condrat, un espíritu elevado, y me he echado a perder
estando entre vosotros. No he tenido con quién hablar
mientras he vivido en el pueblo. Y tú sabes
bien cómo he vivido. Estaba tan aislado, que empecé a hablar por la
noche en sueños. Me acostaba, me quedaba dormido y a media noche
soñaba en voz alta. Y se ve que decía cosas bonitas, porque mi
mujer cogió durante un tiempo la costumbre de despertarse por la
noche, levantarse de la cama, coger el
ganchillo, sentarse en la silla y escucharme, apoyada en la estufa.
Una mañana me dijo: “Anoche hablaste mejor que anteanoche.
No sé qué decías de un pájaro blanco que se apoyaba sobre una
sola pata en el Delta, entre los juncos, y que bebía leche de las
estrellas. Y bebió tanta leche de las estrellas, que se hartó,
escondió el pico y se acostó; pero las estrellas ya estaban
picoteadas y caía tanta leche en el agua de abajo, que se hizo muy
espesa y se formó una especie de tierra rocosa
de leche. Y me dijiste: «Ya está, nos vamos de aquí, nos libramos
de este pueblo miserable, prepárate, que nos vamos. Ayúdame a
levantar la casa, agarra bien los
tejados, que no se rompan, porque están medio podridos. Coge las
agujas, el ganchillo, la silla y la estufa, que nos vamos al bancal
ese de leche rocosa. Allí el agua no nos inundará la casa todos los
años. Ayúdame a levantar también la iglesia, que se han mojado los
santos y la ponemos allí, en el bancal de leche de piedra, para que
se sequen».” Y cuántas otras cosas
no diría yo. Y, por la mañana, en vez de alegrarme,
todo se me había olvidado y escuchaba a escondidas a mi mujer, que
se lo contaba todo a las vecinas. Pero algunas palabras se las
quedaba ella, Condrat, y lo peor es que no me las robaba como Dios
manda. Mi mujer no es muy lista. Y me daba cuenta de que no se
quedaba con todo lo que yo decía por la noche, así que muchas cosas
se han perdido, y nadie sabe lo bonitas que
eran cuando las decía yo por primera vez. Y amanecía y
otra vez no tenía con quién hablar, porque todos vosotros estabais
ocupados con vuestras cosas, vuestros hijos, vuestros animales, con
el agua que siempre os inundaba y os sigue inundando las casas y no
tenéis a dónde ir, porque vuestra suerte no le importa a nadie. No
me habéis hecho nunca caso, Condrat: algunos hasta se reían de mí,
Vlase, sin ir más lejos. No he tenido con quién hablar…esa es la
verdad. Con quién querías que hablara, ¿con la señorita María,
que es como una virgencita muda? Más
que maestra es comadrona y enfermera, y funcionaria en este pueblo
dejado de la mano de Dios: quién hubiese apuntado los alumbramientos
y las muertes, de no estar ella. Déjame hablar, Condrat. (Condrat,
ausente, sigue a lo suyo, remando). Escúchame ahora, que lo mismo
luego… ¿O es que crees que a mí no me hubiese gustado hacer de
funcionario o, si quiera, de enfermero? Pero la esclerosis se cruzó
en mi camino, vosotros lo único que veis es que he perdido la
pierna, pero también me ha dañado las venas de las manos y ya no
puedo coger ni la pluma para apuntar el año, el mes, el día, la
hora… Estoy enfermo por culpa de vuestra agua y de vuestros
malditos inviernos que dejaron sin voz hasta a Ovidio, el poeta del
amor sensible.
El barrigudo se ha quedado afónico y no puede
gritar. Ya no encuentra en el viento el lugar más adecuado para que
sus palabras lleguen hasta Condrat. El viento se mezcla y se enreda
en sí mismo, enroscándose con la lluvia. Las palabras del gordo se
dispersan, las sílabas se mezclan entre sí, desatándose y volando
cada una por su lado. El gordo intenta atraparlas con el oído. Le
parece extraordinario oír las sílabas del revés, agrupadas
de otra manera e intenta atraparlas y
guardarlas en la memoria, con la esperanza de que sobrevivirá y
podrá hablar de ellas como si de un recuerdo único se tratara. Pero
no consigue atrapar esas palabras vueltas del revés y lo único que
oye – cuando el viento da tregua a sus ráfagas repetidas y breves
– es el graznido de los cuervos, el
crujido de las ramas y el sonido vidrioso de los trozos de hielo que
flotan en el agua. Nota la boca seca y
vacía y se pasa la lengua por los labios gruesos, mojados por la
lluvia. Toca con la lengua algo frío y suave que ha ido a parar a la
comisura de los labios. Dirige al cielo
los ojos pequeños y hundidos y, con los
labios apretados para poder sentir mejor las palabras, para que éstas
no se le escapen, susurra:
- Copos de nieve. Ha vuelto el invierno. Habrá
ventisca otra vez.
Condrat sigue haciendo avanzar
la barca a través de la espesura. Los robles crecen unos junto a
otros. Los troncos se tocan entre sí, las ramas azotadas por el
viento se enredan y se arañan: la savia brota, gruesa y verde, y se
mezcla con el hielo, con la lluvia, con la nieve que arrecia y
con el barro, que se transforma en una costra coronando las olas.
Luego, de golpe, la barca llega a una
interminable extensión de agua, en la que ni siquiera se ve un
árbol. El bosque se ha acabado de repente. Turbia y vacía, el agua
del delta se extiende por doquier. Los islotes de juncos secos,
oscuros como la ceniza y esparcidos por el agua, no engañan
la vista: en ellos no hay tierra. Flotan a la
deriva, empujados por los remolinos de agua.
- ¡Da la vuelta!, grita el barrigudo con todas
sus fuerzas. ¡Hay que volver, Condrat! Esto es lo que hay. No hay
tierra. Para qué seguir. ¡Da la vuelta, maldita sea! No hay tierra
en el bosque, ni en ninguna parte. Todo está inundado, el pueblo, el
bosque, el cañaveral. ¡Da la vuelta! ¡No tenemos dónde enterrar a
tu hijo! No hay tierra ni para cavar un hoyo. Ni para una
tumba, si quiera. Hay que volver al pueblo. Lo
mismo encontramos en casa de alguien un zaguán,
o un cuarto que no esté inundado y
lo enterramos allí.
Condrat deja caer el remo en el agua. Pestañea.
Las gotas de lluvia y sudor se juntan bajo la barba sin afeitar. La
lluvia fina y abundante asfixia el aire, mezclándose con las manchas
blancas y las agujas de nieve que lo atraviesan. Hay ventisca.
Condrat quiere sentarse y acurrucarse. Tiene
frío. Tirita. Mira hacia el fondo de la barca y ve con estupor cómo
el agua ha penetrado en la embarcación.
En ella flota el ataúd del niño. La lluvia y la nieve caen
como una bruma sonora sobre la tapa del ataúd.
Condrat endereza la espalda, coge el remo con las dos
manos y da la vuelta violentamente hacia el bosque, empujando la
barca con furia, forcejeando, apretando la mandíbula áspera y
enjuta, golpeando el agua con el remo a ambos lados de la barca.
Agarra las ramas de los árboles con las manos y tira de ellas
para que la barca avance a través del agua y del hielo. Con
un ruido sordo, la barca atraviesa rápidamente los juncos y las
ramas rotas.
- ¡Hacia las dunas, Condrat! – grita la voz.
¡No hacia el pueblo, hacia las dunas!
¡Hacia
las dunas de arena que hay detrás del pueblo! Las dunas son altas y
el agua todavía no ha llegado hasta la cima. Vamos a ver primero
allí. Lo enterramos en las dunas. Le hacemos un lecho de ramas para
que no se hunda en la arena. ¿Tú qué dices, mujer? – grita el
gordo con las últimas fuerzas que le quedan hacia el otro
lado de la barca, donde hay una mujer arrodillada junto al ataúd. En
el fondo de la barca la mujer se ha acurrucado bajo la lluvia,
arrecida por el frío; se ha encogido y enroscado
tanto, que apenas se la ve. Desde fuera de la barca nadie la hubiese
visto. Parece estar dormida. Ha metido las manos debajo de la
arpillera que cubre la tapa del ataúd, para protegerlas de la lluvia
y de la nieve, para calentarlas. Tiene la cara aplastada contra la
tela. La toquilla negra está tan empapada, que reluce; entre
los pliegues se ha acumulado el agua, como si fueran surcos pequeños
con un borde blanco de nieve.
Condrat hace avanzar la barca empujando con destreza la punta del
remo contra los árboles. La barca corta la bruma del agua y las
ramas enredadas, haciendo rápidas eses entre los árboles y
avanzando entre crujidos.
La mujer sigue acurrucada con las manos debajo
de la tela y con la cara aplastada
contra la gruesa tela de cáñamo. Cansado de seguir el rumbo de la
barca y los movimientos violentos de Condrat, cuya cabeza y hombros
ya no se ven entre los árboles, el gordo se queda dormido con la
nariz metida en el cuello de la pelliza y empieza a hablar en sueños
entre ronquidos, en voz alta, casi gritando.
La mujer cambia de postura en el fondo
de la barca y levanta la cabeza hacia el gordo. Tiene todavía
grabada la pregunta que le ha hecho: “¿Tú
qué dices, mujer?” – lo sigue oyendo hablar, sin saber que habla
en sueños y sin entender lo que dice, pero le retumba en los oídos
el “¿Tú qué dices, mujer?”. Levanta la cabeza, despegándola
ligeramente de la tapa cubierta con la arpillera y la apoya en una de
las mejillas: los pequeños surcos de agua que se han formado en los
pliegues del pañuelo se desbordan, derritiendo los bordes de nieve.
La mujer siente cómo el agua fría le corre por el cuello, por el
pecho, por la espalda. Se acurruca aún más por culpa del frío,
pero se alegra de que el agua, fría como el hielo, la haya
despertado al llegarle a la piel, ayudándola a darse cuenta de que
está viva. Quiere poner la cabeza como antes, pero retumban en su
mente las palabras del gordo: “¿Tú qué dices, mujer?” Y
se alegra de nuevo, hasta se ríe en silencio y
piensa que alguien le hace caso de verdad y espera oír su opinión.
Y empieza a responder, soltando palabras deslavazadas:
- Yo, ¿qué voy a decir, padre Ichim, ya que
me pregunta? ¿Qué puedo decir? Que ya lo he dicho de todas las
maneras posibles, que es mi hijo y el de Condrat, que hay que
enterrarlo en alguna parte, claro, hay que enterrarlo.
Nadie oye sus palabras. De hecho, tampoco ella
habla para que la oigan. Tampoco ella se oye claramente, ni hace
ningún esfuerzo para que sus palabras tengan sentido. El diácono
Ichim duerme profundamente, habla y se estremece en sueños.
Agazapado dentro de la barca, Condrat, sigue haciendo avanzar
la barca a través de los árboles. La mujer
sigue hablando, pero más bien por gusto. Siente cómo las palabras
le retumban en el pecho, cómo adquieren una forma redonda y cálida
en los labios; se acurruca aún más en sí misma, en su abrigo de
lana raída y acaba dando con su cuerpo breve y delgado, que tan
ajeno le parece desde hace tanto tiempo. Y suelta una risa exigua,
como ante una hermosa maravilla. El agua, llena de hielo, corre y
resuena a ambos lados de la barca. La mujer habla aún más alto y se
cobija en su pelliza, aplastando la
mejilla contra la arpillera que cubre el ataúd.
- Lo que le decía, padre Ichim… ¿qué sé
yo?... que es mi hijo, que yo ya he dicho lo que tenía que decir.
Donde diga usted, padre, donde diga Condrat, allí lo enterramos.
¿Qué otra cosa podemos hacer? Pero, ¿dónde vamos a enterrarlo, si
no hay un trozo de tierra firme? Donde Vlase, mi cuñado, que tiene
un patio alto que nunca se ha inundado del todo, lo mismo se podría
enterrar en el patio. Por no hablar de su casa, porque el agua no ha
llegado ni al borde del soportal, como tampoco ha llegado a la
escuela. Hay que ver lo bien que aguanta la casa de Vlase, y eso que
lleva tres o cuatro años sin ponerle ni un clavo. Los de Sulina
trabajan muy bien, los pilares se los hizo un tártaro de Cîşla.
Pero Vlase no puede ayudarnos, ya me lo ha dicho: “No puedo,
Fenia”. En el patio tiene pienso para las vacas y ¿qué va a
hacer, darle fuego? “Te ayudo, cuñada, con algo de dinero, que yo
no soy pagano, que también yo tengo hijos”. Tiene dos, ya grandes,
los conoce usted. “Que yo no soy pagano. Te lo llevo a Tulcea en
barca, sesenta kilómetros, si quieres enterrarlo allí, como dios
manda, en un cementerio. Sólo que no te lo puedo llevar ahora,
porque el Danubio todavía está helado, el invierno se acaba y,
mira, todavía no se ha derretido el hielo como en los lagos de por
aquí, y no puedo, la verdad, nos cogen las placas de hielo en medio
del río y, ya sabes, el Danubio tiene tres brazos, no uno, y la
avalancha de hielo se nos echa encima. Pero el pienso lo necesito,
cuñada. ¿Cómo vamos a dejar que se mueran las vacas, encima de que
las pobres andan por ahí – ¿no lo ves? – con el agua hasta las
rodillas? Fíjate en ellas, cuñada, para que me entiendas bien: la
vaca estrellada está medio coja. Con la leche tan buena que daba, la
teníamos ahí, para cruzarla, la trajimos de Chilia-Veche. ¿Qué
sabes de tu hermano Vangu? ¿No era pescador en Chilia? “Qué
quieres que sepa, cuñado, no he vuelto a saber nada de él?”. “Así
es la vida, cuñada, se pierde el trato con la gente. Si quieres algo
de pienso, te doy del mío, mucho no tengo y en lo que se retira el
agua, quién sabe. Pero vosotros, cuñada, no necesitáis pienso,
porque no tenéis vacas y casi mejor así, mejor no tener nada que
perderlo todo. Yo las tengo aquí en el patio,
qué quieres que haga, seis tenía y
seis sigo teniendo. Se le antojaron al ladrón ese de las marismas,
Gură Spovidău. Y
esto desde el invierno. Se puso
unos huesos de caballo en las abarcas y vino patinando
por el Danubio, desde el bosque de Letea, donde vive escondido, a ver
qué podía robar de por aquí. Si no llega a liarse en la noche de
la Epifanía con la hija de Căpuci,
la dentuda esa con
la que pasó todo el invierno bien calentito, al lado de la cocina de
carbón, seguro que ya me había robado las vacas. La gente dice que
también Andrei El
Muerto, el
padre de los ladrones, ha vuelto a aparecer, no sé por qué dicen
que ha vuelto a morir otra vez, si ya van cinco veces. ¡Qué va! Lo
han visto ayer, en el bosque que hay donde las dunas, mientras zurcía
la camisa al lado de un árbol. No para ni siquiera ahora, cuando
todo está lleno de agua. Esta maldita agua lo resucitó para que nos
saquee también él. Nos acecha desde el bosque, como los cuervos.
¿Crees tú, cuñada, que la mostrenca esa de Vica, la hija de Andreiel Muerto,
la que se ha quedado a vivir, la muy viciosa, en el pueblo, no está
compinchada con su padre, el ladrón ese de Andrei? Mantén a tu
Condrat lejos de Vica, que con su amor miserable le ha sorbido el
seso a tantos hombres decentes: a Petre Litră, a Stavre Pălici, a
Chizlinski, a Luca Horobeţ, hombres con la cabeza sentada, con
familia e hijos. Le pierden los hombres de buen corazón a la culebra
esa, para poder enroscarse mejor a su antojo. ¿O es que piensas que
Condrat se la llevó en balde con sus amigotes, cuando fueron a
pescar este otoño fuera de veda?
Mántelo lejos,
Fenia, que ya tenéis disgustos de sobra y luego la Vica esa ¿qué
piensa?, que mejor engatusa a tu
Condrat, que tiene
que irse al frente de todas maneras”.
Fenia, con la cabeza apoyada en la arpillera,
estalla en una especie de llanto. Y del llanto ajado, sin
modulaciones, brota una canción igual de lánguida, la canción de
Vica. Suena a plañido, pero a la vez a maldición. Fenia llora a su
hijo muerto, pero también entona con odio la letra de la canción:
Vica,
hija de basilisco
¿cuál
es tu laya, cuál tu linaje?
En
una barca te parió tu madre
el
Danubio fue tu ama,
fue
tu artesa y por la noche
la
luna te dio su leche
Fenia pasa la cara por la arpillera para
secarse los ojos y la nariz. Luego retoma el relato deslavazado del
encuentro con su cuñado Vlase:
- “Pues eso,
cuñada, lo que te decía, mantén lejos a Condrat. Que la Vica ésta
se presenta donde menos te lo esperas, igual que su padre. La primera
vez que Gură
Spovidău se la benefició, la muy loca desapareció cuatro días,
con toda el agua que había, y se fue hasta la
charca de Bogdaproste. Y en lo que estuvo
allí, que lo mismo se tiró un año, escondida en el cañaveral, se
le pudrió hasta el vestido y andaba con la cintura y el pecho
tapados con las hojas de los juncos, como un fantoche, y vivía de
los peces que cogía con la boca, como si fuera una nutria. Y estando
en Bogdaproste, ¿dónde te crees que apareció un buen día? ¡En
Babadag! Una ciudad grande, con su ferrocarril y su aljama. ¿Y cómo
te imaginas que se presentó en Babadag? Pues envuelta hasta los
tobillos en un percal estampado, con flores rojas y amarillas, y con
la cabeza llena de peinetas azules. Y con unas sandalias de
terciopelo blanco con hebillas redondas, que ¿cómo iba ella a andar
descalza?
¿Y a quién crees que le sorbió el seso en Babadag? Pues a Hogea,
al pope de los tártaros y los turcos. Lo sacó de la aljama, ya ves
tú, a Hogea, un jovenzuelo de 78 años que era más pulcro que una
patena. La gente de Babadag – gente distinguida, de la ciudad –
hizo la vista gorda, porque se avergonzaba de Hogea. Y luego Vica se
vino otra vez aquí al pueblo. Lo que te decía,
cuñada, que es pecado enterrar al niño en un patio y que las vacas
se lo encuentren.
Tengo una barca con dos remos y si no estuviese el río helado, te lo
llevaba yo a Tulcea, cuñada. Pero
ni siquiera ha empezado a derretirse. Y cuando se derrita, todavía
hay que esperar a que las placas de hielo se fundan. De haber podido,
te lo hubiese llevado yo, cuñada”. ¿Pero cómo voy a dejar a mi
hijo en Tulcea, entre forasteros, padre Ichim? Y de Carpena, qué
quiere que le diga,
que es buena gente y que quiso echarme una mano: “Déjala, Vlase,
que traiga al niño y lo entierre aquí en nuestro patio, que es alto
y está empedrado”. “No puede ser, Carpena, si metes el pico en
la tierra, sale agua. Hay agua debajo, hasta las entrañas de la
tierra”. Hay que ver lo bien que habla mi cuñado, que te dan ganas
de quedarte ahí escuchándolo. Y cogió el pico y lo clavó al lado
de un montón de pienso. Y empezó a cavar y a cavar, y cavaba y
echaba pestes, hasta que el agua empezó a borbotear y a salpicar.
Y era un agua tan clara, que daba gusto verla. En cuanto Carpena vio
el agua del hoyo, se remangó la falda, se agachó, se tumbó en el
suelo y empezó a beber con ansia:
“Qué agua tan buena, Vlase, hay que secarla y hacer aquí una
fuente. Da pena profanar
el patio haciendo un cementerio. Menos mal que se te ha ocurrido
pasar por aquí, Fenia, porque nos has dado una fuente como dios
manda. Que sea por el alma
de tu hijo.
Venga, Vlase, entra en casa, que hay que santiguarse delante del
icono, que esto es una señal divina.” Y entraron los dos en casa y
yo me fui con la barca, a ver si encontraba a alguien más. No sé
por qué la gente habla mal de Carpena; yo no tengo ningún motivo. Y
no porque sea mi hermana. La moda le da igual, siempre va con el
mismo vestido. Pero yo sé que tiene otros dos, y bien buenos que
son, aparte del que lleva siempre, pero no se los pone nunca. Los
vestidos buenos los ha envuelto en
hierba de la
buena, de la que segaron hace
un año en Periprava. Y los cojines estampados de seda, los que tiene
en el baúl, los ha rellenado de hierba, los ha cosido y los tiene en
el desván, arriba del armario. ¡Y bien que ha hecho Carpena!
¿cuándo volveremos a tener hierba? Quien sabe...
Fenia habla
cada vez más despacio y en voz más baja, cuenta esas historias
deslavazadas moviendo sólo los labios, sin pronunciar las palabras.
Luego deja de mover los labios. Los tiene pegados por el frío. Y se
acuerda, extrañamente, de sus manos: ya no sabe dónde las tiene y
empieza a buscarlas con la barbilla, que mueve de un lado a otro
sobre la arpillera,
que está tan helada como la corteza de un árbol. Debajo de la tela
nota algo duro, del tamaño de unas manos, pero en vez de alegrarse
de haberlas
encontrado, la invade el tedio por tener que cuidarlas, moverlas,
desentumecerlas, buscarles cobijo, ella que está exhausta y
arrecida. Siente como la tapa del ataúd se le ha pegado a los dedos.
El hielo que hay debajo de la tela brilla. Sopla el cierzo, trayendo
sin cesar nieve y agua. Por culpa de
la humedad la pelliza le pesa y cruje a cada movimiento, llena de
costras de hielo. No
sólo ha dejado de sentir las manos, sino también el cuerpo. Trata
de buscarlo moviendo el hombro enjuto dentro del abrigo,
palpando el lugar donde
imagina que están las costuras más gruesas. Es su hombro, o tal vez
no, porque más bien lo nota como una tabla mojada. “Lo mismo me he
ahogado”. Quiere separar los párpados del agua y del hielo que se
deslizan sin parar por su cara y que le oprimen
las pestañas. A través de la neblina de la lluvia y de la blancura
de la nieve, ve a Condrat y al diácono temblando, perdidos en algún
lugar entre el bosque y el cielo. La barca ha desaparecido, sólo se
ven los torrentes de agua que borran la silueta de los árboles y de
las ramas, y a su paso no queda más que una interminable mancha
blanquecina y cuervos que vuelan desconcertados. Asoma, de vez en
cuando, el bosque, todo el bosque,
irrumpiendo bajo el agua y la nieve, emergiendo y desplomándose
luego del revés, con
las copas de los árboles hacia abajo, ensuciando los torrentes con
sus raíces abigotadas y llenas de barro. Logra ver
a Condrat
flotando en el agua y en la nieve del aire, moviendo el remo entre
las ramas que vuelan errantes a merced del cierzo, alejándose de
ella, con ramas en las sienes y en los hombros, lo ve elevándose y
descendiendo, pasando rápidamente junto a algunas nubes y raíces a
través de la cortina de agua que se extiende sin fin,
cosida al cielo con hilo de hielo.
De vez en cuando los ojos inmóviles
de la mujer vislumbran
también al
diácono que, embozado en su
pelliza, resbala bajo el agua y la nieve. Oye cómo las palabras que
decía entre sueños
borbotean bajo el agua. El diácono también se desvanece,
desapareciendo bajo el blancor de la nieve; sólo se oye alguna
palabra suya, más recia, que, con
un sonido tenue y cortante, se quiebra cortada, descuartizada por los
añicos de cristal del hielo que corretea por el agua.
Y todo se derrumba. Y no se
ve más que a
ella misma en el fondo de la barca, junto al ataúd, sin Condrat, sin
el diácono. Grita su nombre. No se ve nada, ya no hay nada: y tal
vez por ello su grito no llega ni siquiera hasta ella, que también
ha desaparecido. Se ha desvanecido al igual que el bosque, que las
nubes, que las calles, que Condrat. Ahora todo es blanco y reina la
calma. Y el blancor y el silencio
son tan densos, tan rebosantes, tan espesos, tan heladores, que
el cierzo se oye retumbar, hostigado en algún lugar fuera del
mundo...
Las palabras suenan
sin fuerza, desde algún lugar más allá de lo blanco y del
silencio, y Fenia reconoce en ellas la voz de Condrat. “Puede que
sean sus palabras, que llevan años perdidas por aquí”. Condrat
habla despacio con ella y con todo el mundo, “quién sabe dónde
habrá escondido las palabras éstas, que ahora salen del escondite y
vagan solas, en busca de aquellos
tiempos en los que aquí vivía gente. ¿Cómo sería la vida
entonces? Ah, ya... también vívía Vica”.
Y las palabras de Condrat regresan de nuevo desde más allá de lo
blanco:
- ¡Fenia, dame el hacha!
“Las palabras no consiguen morir, agonizan”.
Fenia siente lástima por las palabras de Condrat y quiere librarlas
del sufrimiento, para que no deambulen perdidas por el lugar en el
que antaño había gente; para traerlas a este mundo, donde
está ella, donde están los muertos.
Estira la mano, dura como un témpano, para
quitar la nieve gruesa que la separa de las palabras de su marido.
Araña el hielo con las uñas. Se esfuerza por apartar la nieve y el
hielo de la gruesa pared, pero no lo consigue. Las palabras correndel otro lado,
se oyen cada vez con menos fuerza, se alejan, vagan solas. Fenia pega
el oído al muro de nieve y estira la mano, pero
resbala y cae. Como un trozo de madera, la palma de su mano topa de
repente con una mano grande, ardiente, sudorosa, tendida hacia ella.
Agarra la mano, cuyo calor enseguida reconoce, y recuerda, también
de repente, que esa misma mano la ha acariciado, a ella, a Fenia,
cuando era joven. ¿Cuántos años habrán pasado desde
entonces? Aprieta con fuerza la mano ardiente de antaño, para no
perderla. Algo se ha partido. Se ha
resquebrajado el blancor que une el cielo con el agua en la que se ha
hundido la barca; a través de la grieta hendida en el hielo que
inunda el firmamento, Fenia ve a Condrat, agachado hacia ella,
mirándola con sus desvaídos ojos azules:
-
¡Levántate, Fenia, y dame el hacha!
Fenia trata de levantarse. Suelta la mano de
Condrat y siente cómo la palma resbala por su cuerpo. A tientas
encuentra el hacha tirada en el fondo de la barca, al lado del pico
y de la pala, junto al ataúd. Intenta levantar
el mango del hacha, pero no acierta a entender si lo ha levantado o
no. Más tarde encuentra la palma de la mano, que sigue debajo de la
mejilla, aún aplastada contra la arpillera que cubre el ataúd –
aunque se había levantado y se había vuelto a sentar en el mismo
sitio – y le invade un sueño profundo.
Condrat corta algunas ramas de un roble
frondoso y las deja caer en la barca, lejos de la mujer. Suelta el
hacha y empieza otra vez a empujar la
barca con el remo. El diácono duerme en paz: ya no habla en sueños.