El invierno de los varones, Los jabalíes eran mansos

Ştefan Bănulescu | August 18, 2008
Translated by: Rafael Pisot, Cristina Sava

 

De pie, Condrat empuja el remo contra los gruesos troncos de los robles para separar la barca y avanzar por el bosque. Ramas rotas y trozos de hielo, mezclados con islas flotantes de hierbas y raíces, hojas secas, plumas de garza y cormorán chocan con las cuadernas de la barca. La tormenta arrastra el agua, haciendo remolinos entre los árboles y la maleza. El agua no cubre mucho, pero ha calado la corteza de los troncos más viejos se ha filtrado hasta arriba, hasta las ramas más altas y – entre la tempestad y el ruido de las placas de hielo que chocan contra los robles – se oye el murmullo del agua bajo la piel de los árboles. A medida que arrecia la tormenta y la barca se abre paso, las hierbas secas del año pasado quedan al descubierto bajo las aguas.
El esfuerzo de Condrat, que empuja la barca a través del bosque sin perder el equilibrio, pasa desapercibido gracias a la quietud de sus movimientos. Sus ojos, azules y desvaídos, están clavados al frente.
- ¿Ves algo, Condrat? – grita el gordo desde el otro lado de la barca, levantando la voz para que las palabras traspasen el ruido de la tormenta y de las ramas.
Condrat no contesta y sigue remando. Sin mirar a su acompañante, rodea con un golpe de remo un roble viejo y seco, caído en el agua, con las raíces arrancadas y abiertas. Como un rodillo, el cierzo aplasta el agua y empuja las venas largas y gruesas de las raíces por encima del árbol caído, haciendo que éstas se junten y se mezclen con las ramas de lo alto de la copa.
- Menos mal que se ha partido, el muy carcamal. Mira cómo se besa las raíces – vuelve a gritar el barrigudo desde el otro lado de la barca, buscando con la boca mellada el lugar más adecuado para que las palabras lleguen, cruzando el aire, directamente hasta Condrat. Menos mal que se ha partido el roble éste viejo.
Condrat no escucha al gordo, o quizá no lo oye, y sigue empujando la barca con el remo.
El barrigudo se calla un rato para descansar. Con la manga de la pelliza se seca, jadeando, el sudor de la frente estrecha y de las mejillas coloradas y redondas, mezclado con la lluvia y con el barro. Se coge la pierna de madera con las manos y la apoya en el borde de la barca para guardar mejor el equilibrio de la embarcación, sacudida por la tormenta. Luego se llena los pulmones de aire y empieza a gritar de nuevo:
- Hace treinta años estaba igual de seco, tieso como una vela. La gente no quería talarlo. Preferían rodearlo, decían que no está seco, que está vivo, lo mismo pensaban –mal rayo los parta, son todos unos necios – que era tan robusto, que no le hacían falta las hojas para vivir. Y ya ves tú, por dentro estaba más podrido que un zumaque apestoso. Puaj!
El gordo escupe y el escupitajo se vuelve contra su cara.
Condrat rema acompasadamente a ambos lados de la barca, intentando dejar atrás las corrientes de agua que rodean al roble, abatido en medio de un claro del bosque, a merced de la tormenta; no se divisa ningún otro árbol en cien metros a la redonda.
- Mira, Condrat, cómo ha chupado el barro el carcamal éste de roble. Acuérdate de cuando había tierra. Por culpa del roble se secó todo. No crecía ni la hierba alrededor. Y la gente decía que era el árbol más bonito y más robusto. Que era el orgullo de nuestro bosque. Talaban los árboles jóvenes, pero a éste ni lo tocaban. Y fíjate ahora lo hueco que está… ¡ni que fuera un catalejo, míralo por dentro, para que veas en qué quedan las cosas!
Condrat saca la barca de la corriente y la empuja con fuerza hacia los árboles altos que tiene delante.
- Mejor me callo, Condrat. Ya no tengo nada que medir con las palabras. De día y de noche se agolpan unas detrás de otras y pasamos por encima de ellas como si fuesen recuerdos. Donde aún hay tierra, no se puede pasar. Este invierno no han venido las aves polares al Delta, como solían venir en tiempos de paz, a pasar las vacaciones de verano. Desde el Polo hasta aquí ya no tienen por dónde volar. El cielo está ocupado. Las balas de los cañones llegan muy lejos. Estamos ya a primeros de marzo y ya verás como esta primavera no vendrán las grullas desde el sur. ¿Cuántas aves podrán pasar por encima de Grecia e Italia? Rommel sigue en África. Nos quedaremos sólo con los gorriones, amigo mío.
El barrigudo descansa un rato, vuelve a llenarse los pulmones de aire, coloca otra vez la boca en la dirección del viento y grita de nuevo:
- Tengo ganas de hablar, Condrat. Yo era alguien, Condrat, un espíritu elevado, y me he echado a perder estando entre vosotros. No he tenido con quién hablar mientras he vivido en el pueblo. Y tú sabes bien cómo he vivido. Estaba tan aislado, que empecé a hablar por la noche en sueños. Me acostaba, me quedaba dormido y a media noche soñaba en voz alta. Y se ve que decía cosas bonitas, porque mi mujer cogió durante un tiempo la costumbre de despertarse por la noche, levantarse de la cama, coger el ganchillo, sentarse en la silla y escucharme, apoyada en la estufa. Una mañana me dijo: “Anoche hablaste mejor que anteanoche. No sé qué decías de un pájaro blanco que se apoyaba sobre una sola pata en el Delta, entre los juncos, y que bebía leche de las estrellas. Y bebió tanta leche de las estrellas, que se hartó, escondió el pico y se acostó; pero las estrellas ya estaban picoteadas y caía tanta leche en el agua de abajo, que se hizo muy espesa y se formó una especie de tierra rocosa de leche. Y me dijiste: «Ya está, nos vamos de aquí, nos libramos de este pueblo miserable, prepárate, que nos vamos. Ayúdame a levantar la casa, agarra bien los tejados, que no se rompan, porque están medio podridos. Coge las agujas, el ganchillo, la silla y la estufa, que nos vamos al bancal ese de leche rocosa. Allí el agua no nos inundará la casa todos los años. Ayúdame a levantar también la iglesia, que se han mojado los santos y la ponemos allí, en el bancal de leche de piedra, para que se sequen».” Y cuántas otras cosas no diría yo. Y, por la mañana, en vez de alegrarme, todo se me había olvidado y escuchaba a escondidas a mi mujer, que se lo contaba todo a las vecinas. Pero algunas palabras se las quedaba ella, Condrat, y lo peor es que no me las robaba como Dios manda. Mi mujer no es muy lista. Y me daba cuenta de que no se quedaba con todo lo que yo decía por la noche, así que muchas cosas se han perdido, y nadie sabe lo bonitas que eran cuando las decía yo por primera vez. Y amanecía y otra vez no tenía con quién hablar, porque todos vosotros estabais ocupados con vuestras cosas, vuestros hijos, vuestros animales, con el agua que siempre os inundaba y os sigue inundando las casas y no tenéis a dónde ir, porque vuestra suerte no le importa a nadie. No me habéis hecho nunca caso, Condrat: algunos hasta se reían de mí, Vlase, sin ir más lejos. No he tenido con quién hablar…esa es la verdad. Con quién querías que hablara, ¿con la señorita María, que es como una virgencita muda? Más que maestra es comadrona y enfermera, y funcionaria en este pueblo dejado de la mano de Dios: quién hubiese apuntado los alumbramientos y las muertes, de no estar ella. Déjame hablar, Condrat. (Condrat, ausente, sigue a lo suyo, remando). Escúchame ahora, que lo mismo luego… ¿O es que crees que a mí no me hubiese gustado hacer de funcionario o, si quiera, de enfermero? Pero la esclerosis se cruzó en mi camino, vosotros lo único que veis es que he perdido la pierna, pero también me ha dañado las venas de las manos y ya no puedo coger ni la pluma para apuntar el año, el mes, el día, la hora… Estoy enfermo por culpa de vuestra agua y de vuestros malditos inviernos que dejaron sin voz hasta a Ovidio, el poeta del amor sensible.
El barrigudo se ha quedado afónico y no puede gritar. Ya no encuentra en el viento el lugar más adecuado para que sus palabras lleguen hasta Condrat. El viento se mezcla y se enreda en sí mismo, enroscándose con la lluvia. Las palabras del gordo se dispersan, las sílabas se mezclan entre sí, desatándose y volando cada una por su lado. El gordo intenta atraparlas con el oído. Le parece extraordinario oír las sílabas del revés, agrupadas de otra manera e intenta atraparlas y guardarlas en la memoria, con la esperanza de que sobrevivirá y podrá hablar de ellas como si de un recuerdo único se tratara. Pero no consigue atrapar esas palabras vueltas del revés y lo único que oye – cuando el viento da tregua a sus ráfagas repetidas y breves – es el graznido de los cuervos, el crujido de las ramas y el sonido vidrioso de los trozos de hielo que flotan en el agua. Nota la boca seca y vacía y se pasa la lengua por los labios gruesos, mojados por la lluvia. Toca con la lengua algo frío y suave que ha ido a parar a la comisura de los labios. Dirige al cielo los ojos pequeños y hundidos y, con los labios apretados para poder sentir mejor las palabras, para que éstas no se le escapen, susurra:
- Copos de nieve. Ha vuelto el invierno. Habrá ventisca otra vez.
Condrat sigue haciendo avanzar la barca a través de la espesura. Los robles crecen unos junto a otros. Los troncos se tocan entre sí, las ramas azotadas por el viento se enredan y se arañan: la savia brota, gruesa y verde, y se mezcla con el hielo, con la lluvia, con la nieve que arrecia y con el barro, que se transforma en una costra coronando las olas.
Luego, de golpe, la barca llega a una interminable extensión de agua, en la que ni siquiera se ve un árbol. El bosque se ha acabado de repente. Turbia y vacía, el agua del delta se extiende por doquier. Los islotes de juncos secos, oscuros como la ceniza y esparcidos por el agua, no engañan la vista: en ellos no hay tierra. Flotan a la deriva, empujados por los remolinos de agua.
- ¡Da la vuelta!, grita el barrigudo con todas sus fuerzas. ¡Hay que volver, Condrat! Esto es lo que hay. No hay tierra. Para qué seguir. ¡Da la vuelta, maldita sea! No hay tierra en el bosque, ni en ninguna parte. Todo está inundado, el pueblo, el bosque, el cañaveral. ¡Da la vuelta! ¡No tenemos dónde enterrar a tu hijo! No hay tierra ni para cavar un hoyo. Ni para una tumba, si quiera. Hay que volver al pueblo. Lo mismo encontramos en casa de alguien un zaguán, o un cuarto que no esté inundado y lo enterramos allí.
Condrat deja caer el remo en el agua. Pestañea. Las gotas de lluvia y sudor se juntan bajo la barba sin afeitar. La lluvia fina y abundante asfixia el aire, mezclándose con las manchas blancas y las agujas de nieve que lo atraviesan. Hay ventisca.
Condrat quiere sentarse y acurrucarse. Tiene frío. Tirita. Mira hacia el fondo de la barca y ve con estupor cómo el agua ha penetrado en la embarcación. En ella flota el ataúd del niño. La lluvia y la nieve caen como una bruma sonora sobre la tapa del ataúd.
Condrat endereza la espalda, coge el remo con las dos manos y da la vuelta violentamente hacia el bosque, empujando la barca con furia, forcejeando, apretando la mandíbula áspera y enjuta, golpeando el agua con el remo a ambos lados de la barca. Agarra las ramas de los árboles con las manos y tira de ellas para que la barca avance a través del agua y del hielo. Con un ruido sordo, la barca atraviesa rápidamente los juncos y las ramas rotas.
- ¡Hacia las dunas, Condrat! – grita la voz. ¡No hacia el pueblo, hacia las dunas!
¡Hacia las dunas de arena que hay detrás del pueblo! Las dunas son altas y el agua todavía no ha llegado hasta la cima. Vamos a ver primero allí. Lo enterramos en las dunas. Le hacemos un lecho de ramas para que no se hunda en la arena. ¿Tú qué dices, mujer? – grita el gordo con las últimas fuerzas que le quedan hacia el otro lado de la barca, donde hay una mujer arrodillada junto al ataúd. En el fondo de la barca la mujer se ha acurrucado bajo la lluvia, arrecida por el frío; se ha encogido y enroscado tanto, que apenas se la ve. Desde fuera de la barca nadie la hubiese visto. Parece estar dormida. Ha metido las manos debajo de la arpillera que cubre la tapa del ataúd, para protegerlas de la lluvia y de la nieve, para calentarlas. Tiene la cara aplastada contra la tela. La toquilla negra está tan empapada, que reluce; entre los pliegues se ha acumulado el agua, como si fueran surcos pequeños con un borde blanco de nieve.
Condrat hace avanzar la barca empujando con destreza la punta del remo contra los árboles. La barca corta la bruma del agua y las ramas enredadas, haciendo rápidas eses entre los árboles y avanzando entre crujidos.
La mujer sigue acurrucada con las manos debajo de la tela y con la cara aplastada contra la gruesa tela de cáñamo. Cansado de seguir el rumbo de la barca y los movimientos violentos de Condrat, cuya cabeza y hombros ya no se ven entre los árboles, el gordo se queda dormido con la nariz metida en el cuello de la pelliza y empieza a hablar en sueños entre ronquidos, en voz alta, casi gritando.
La mujer cambia de postura en el fondo de la barca y levanta la cabeza hacia el gordo. Tiene todavía grabada la pregunta que le ha hecho: “¿Tú qué dices, mujer?” – lo sigue oyendo hablar, sin saber que habla en sueños y sin entender lo que dice, pero le retumba en los oídos el “¿Tú qué dices, mujer?”. Levanta la cabeza, despegándola ligeramente de la tapa cubierta con la arpillera y la apoya en una de las mejillas: los pequeños surcos de agua que se han formado en los pliegues del pañuelo se desbordan, derritiendo los bordes de nieve. La mujer siente cómo el agua fría le corre por el cuello, por el pecho, por la espalda. Se acurruca aún más por culpa del frío, pero se alegra de que el agua, fría como el hielo, la haya despertado al llegarle a la piel, ayudándola a darse cuenta de que está viva. Quiere poner la cabeza como antes, pero retumban en su mente las palabras del gordo: “¿Tú qué dices, mujer?” Y se alegra de nuevo, hasta se ríe en silencio y piensa que alguien le hace caso de verdad y espera oír su opinión. Y empieza a responder, soltando palabras deslavazadas:
- Yo, ¿qué voy a decir, padre Ichim, ya que me pregunta? ¿Qué puedo decir? Que ya lo he dicho de todas las maneras posibles, que es mi hijo y el de Condrat, que hay que enterrarlo en alguna parte, claro, hay que enterrarlo.
Nadie oye sus palabras. De hecho, tampoco ella habla para que la oigan. Tampoco ella se oye claramente, ni hace ningún esfuerzo para que sus palabras tengan sentido. El diácono Ichim duerme profundamente, habla y se estremece en sueños. Agazapado dentro de la barca, Condrat, sigue haciendo avanzar la barca a través de los árboles. La mujer sigue hablando, pero más bien por gusto. Siente cómo las palabras le retumban en el pecho, cómo adquieren una forma redonda y cálida en los labios; se acurruca aún más en sí misma, en su abrigo de lana raída y acaba dando con su cuerpo breve y delgado, que tan ajeno le parece desde hace tanto tiempo. Y suelta una risa exigua, como ante una hermosa maravilla. El agua, llena de hielo, corre y resuena a ambos lados de la barca. La mujer habla aún más alto y se cobija en su pelliza, aplastando la mejilla contra la arpillera que cubre el ataúd.
- Lo que le decía, padre Ichim… ¿qué sé yo?... que es mi hijo, que yo ya he dicho lo que tenía que decir. Donde diga usted, padre, donde diga Condrat, allí lo enterramos. ¿Qué otra cosa podemos hacer? Pero, ¿dónde vamos a enterrarlo, si no hay un trozo de tierra firme? Donde Vlase, mi cuñado, que tiene un patio alto que nunca se ha inundado del todo, lo mismo se podría enterrar en el patio. Por no hablar de su casa, porque el agua no ha llegado ni al borde del soportal, como tampoco ha llegado a la escuela. Hay que ver lo bien que aguanta la casa de Vlase, y eso que lleva tres o cuatro años sin ponerle ni un clavo. Los de Sulina trabajan muy bien, los pilares se los hizo un tártaro de Cîşla. Pero Vlase no puede ayudarnos, ya me lo ha dicho: “No puedo, Fenia”. En el patio tiene pienso para las vacas y ¿qué va a hacer, darle fuego? “Te ayudo, cuñada, con algo de dinero, que yo no soy pagano, que también yo tengo hijos”. Tiene dos, ya grandes, los conoce usted. “Que yo no soy pagano. Te lo llevo a Tulcea en barca, sesenta kilómetros, si quieres enterrarlo allí, como dios manda, en un cementerio. Sólo que no te lo puedo llevar ahora, porque el Danubio todavía está helado, el invierno se acaba y, mira, todavía no se ha derretido el hielo como en los lagos de por aquí, y no puedo, la verdad, nos cogen las placas de hielo en medio del río y, ya sabes, el Danubio tiene tres brazos, no uno, y la avalancha de hielo se nos echa encima. Pero el pienso lo necesito, cuñada. ¿Cómo vamos a dejar que se mueran las vacas, encima de que las pobres andan por ahí – ¿no lo ves? – con el agua hasta las rodillas? Fíjate en ellas, cuñada, para que me entiendas bien: la vaca estrellada está medio coja. Con la leche tan buena que daba, la teníamos ahí, para cruzarla, la trajimos de Chilia-Veche. ¿Qué sabes de tu hermano Vangu? ¿No era pescador en Chilia? “Qué quieres que sepa, cuñado, no he vuelto a saber nada de él?”. “Así es la vida, cuñada, se pierde el trato con la gente. Si quieres algo de pienso, te doy del mío, mucho no tengo y en lo que se retira el agua, quién sabe. Pero vosotros, cuñada, no necesitáis pienso, porque no tenéis vacas y casi mejor así, mejor no tener nada que perderlo todo. Yo las tengo aquí en el patio, qué quieres que haga, seis tenía y seis sigo teniendo. Se le antojaron al ladrón ese de las marismas, Gură Spovidău. Y esto desde el invierno. Se puso unos huesos de caballo en las abarcas y vino patinando por el Danubio, desde el bosque de Letea, donde vive escondido, a ver qué podía robar de por aquí. Si no llega a liarse en la noche de la Epifanía con la hija de Căpuci, la dentuda esa con la que pasó todo el invierno bien calentito, al lado de la cocina de carbón, seguro que ya me había robado las vacas. La gente dice que también Andrei El Muerto, el padre de los ladrones, ha vuelto a aparecer, no sé por qué dicen que ha vuelto a morir otra vez, si ya van cinco veces. ¡Qué va! Lo han visto ayer, en el bosque que hay donde las dunas, mientras zurcía la camisa al lado de un árbol. No para ni siquiera ahora, cuando todo está lleno de agua. Esta maldita agua lo resucitó para que nos saquee también él. Nos acecha desde el bosque, como los cuervos. ¿Crees tú, cuñada, que la mostrenca esa de Vica, la hija de Andreiel Muerto, la que se ha quedado a vivir, la muy viciosa, en el pueblo, no está compinchada con su padre, el ladrón ese de Andrei? Mantén a tu Condrat lejos de Vica, que con su amor miserable le ha sorbido el seso a tantos hombres decentes: a Petre Litră, a Stavre Pălici, a Chizlinski, a Luca Horobeţ, hombres con la cabeza sentada, con familia e hijos. Le pierden los hombres de buen corazón a la culebra esa, para poder enroscarse mejor a su antojo. ¿O es que piensas que Condrat se la llevó en balde con sus amigotes, cuando fueron a pescar este otoño fuera de veda? Mántelo lejos, Fenia, que ya tenéis disgustos de sobra y luego la Vica esa ¿qué piensa?, que mejor engatusa a tu Condrat, que tiene que irse al frente de todas maneras”.
Fenia, con la cabeza apoyada en la arpillera, estalla en una especie de llanto. Y del llanto ajado, sin modulaciones, brota una canción igual de lánguida, la canción de Vica. Suena a plañido, pero a la vez a maldición. Fenia llora a su hijo muerto, pero también entona con odio la letra de la canción:
 
Vica, hija de basilisco
¿cuál es tu laya, cuál tu linaje?
En una barca te parió tu madre
el Danubio fue tu ama,
fue tu artesa y por la noche
la luna te dio su leche
 
Fenia pasa la cara por la arpillera para secarse los ojos y la nariz. Luego retoma el relato deslavazado del encuentro con su cuñado Vlase:
- “Pues eso, cuñada, lo que te decía, mantén lejos a Condrat. Que la Vica ésta se presenta donde menos te lo esperas, igual que su padre. La primera vez que Gură Spovidău se la benefició, la muy loca desapareció cuatro días, con toda el agua que había, y se fue hasta la charca de Bogdaproste. Y en lo que estuvo allí, que lo mismo se tiró un año, escondida en el cañaveral, se le pudrió hasta el vestido y andaba con la cintura y el pecho tapados con las hojas de los juncos, como un fantoche, y vivía de los peces que cogía con la boca, como si fuera una nutria. Y estando en Bogdaproste, ¿dónde te crees que apareció un buen día? ¡En Babadag! Una ciudad grande, con su ferrocarril y su aljama. ¿Y cómo te imaginas que se presentó en Babadag? Pues envuelta hasta los tobillos en un percal estampado, con flores rojas y amarillas, y con la cabeza llena de peinetas azules. Y con unas sandalias de terciopelo blanco con hebillas redondas, que ¿cómo iba ella a andar descalza? ¿Y a quién crees que le sorbió el seso en Babadag? Pues a Hogea, al pope de los tártaros y los turcos. Lo sacó de la aljama, ya ves tú, a Hogea, un jovenzuelo de 78 años que era más pulcro que una patena. La gente de Babadag – gente distinguida, de la ciudad – hizo la vista gorda, porque se avergonzaba de Hogea. Y luego Vica se vino otra vez aquí al pueblo. Lo que te decía, cuñada, que es pecado enterrar al niño en un patio y que las vacas se lo encuentren. Tengo una barca con dos remos y si no estuviese el río helado, te lo llevaba yo a Tulcea, cuñada. Pero ni siquiera ha empezado a derretirse. Y cuando se derrita, todavía hay que esperar a que las placas de hielo se fundan. De haber podido, te lo hubiese llevado yo, cuñada”. ¿Pero cómo voy a dejar a mi hijo en Tulcea, entre forasteros, padre Ichim? Y de Carpena, qué quiere que le diga, que es buena gente y que quiso echarme una mano: “Déjala, Vlase, que traiga al niño y lo entierre aquí en nuestro patio, que es alto y está empedrado”. “No puede ser, Carpena, si metes el pico en la tierra, sale agua. Hay agua debajo, hasta las entrañas de la tierra”. Hay que ver lo bien que habla mi cuñado, que te dan ganas de quedarte ahí escuchándolo. Y cogió el pico y lo clavó al lado de un montón de pienso. Y empezó a cavar y a cavar, y cavaba y echaba pestes, hasta que el agua empezó a borbotear y a salpicar. Y era un agua tan clara, que daba gusto verla. En cuanto Carpena vio el agua del hoyo, se remangó la falda, se agachó, se tumbó en el suelo y empezó a beber con ansia: “Qué agua tan buena, Vlase, hay que secarla y hacer aquí una fuente. Da pena profanar el patio haciendo un cementerio. Menos mal que se te ha ocurrido pasar por aquí, Fenia, porque nos has dado una fuente como dios manda. Que sea por el alma de tu hijo. Venga, Vlase, entra en casa, que hay que santiguarse delante del icono, que esto es una señal divina.” Y entraron los dos en casa y yo me fui con la barca, a ver si encontraba a alguien más. No sé por qué la gente habla mal de Carpena; yo no tengo ningún motivo. Y no porque sea mi hermana. La moda le da igual, siempre va con el mismo vestido. Pero yo sé que tiene otros dos, y bien buenos que son, aparte del que lleva siempre, pero no se los pone nunca. Los vestidos buenos los ha envuelto en hierba de la buena, de la que segaron hace un año en Periprava. Y los cojines estampados de seda, los que tiene en el baúl, los ha rellenado de hierba, los ha cosido y los tiene en el desván, arriba del armario. ¡Y bien que ha hecho Carpena! ¿cuándo volveremos a tener hierba? Quien sabe...
Fenia habla cada vez más despacio y en voz más baja, cuenta esas historias deslavazadas moviendo sólo los labios, sin pronunciar las palabras. Luego deja de mover los labios. Los tiene pegados por el frío. Y se acuerda, extrañamente, de sus manos: ya no sabe dónde las tiene y empieza a buscarlas con la barbilla, que mueve de un lado a otro sobre la arpillera, que está tan helada como la corteza de un árbol. Debajo de la tela nota algo duro, del tamaño de unas manos, pero en vez de alegrarse de haberlas encontrado, la invade el tedio por tener que cuidarlas, moverlas, desentumecerlas, buscarles cobijo, ella que está exhausta y arrecida. Siente como la tapa del ataúd se le ha pegado a los dedos. El hielo que hay debajo de la tela brilla. Sopla el cierzo, trayendo sin cesar nieve y agua. Por culpa de la humedad la pelliza le pesa y cruje a cada movimiento, llena de costras de hielo. No sólo ha dejado de sentir las manos, sino también el cuerpo. Trata de buscarlo moviendo el hombro enjuto dentro del abrigo, palpando el lugar donde imagina que están las costuras más gruesas. Es su hombro, o tal vez no, porque más bien lo nota como una tabla mojada. “Lo mismo me he ahogado”. Quiere separar los párpados del agua y del hielo que se deslizan sin parar por su cara y que le oprimen las pestañas. A través de la neblina de la lluvia y de la blancura de la nieve, ve a Condrat y al diácono temblando, perdidos en algún lugar entre el bosque y el cielo. La barca ha desaparecido, sólo se ven los torrentes de agua que borran la silueta de los árboles y de las ramas, y a su paso no queda más que una interminable mancha blanquecina y cuervos que vuelan desconcertados. Asoma, de vez en cuando, el bosque, todo el bosque, irrumpiendo bajo el agua y la nieve, emergiendo y desplomándose luego del revés, con las copas de los árboles hacia abajo, ensuciando los torrentes con sus raíces abigotadas y llenas de barro. Logra ver a Condrat flotando en el agua y en la nieve del aire, moviendo el remo entre las ramas que vuelan errantes a merced del cierzo, alejándose de ella, con ramas en las sienes y en los hombros, lo ve elevándose y descendiendo, pasando rápidamente junto a algunas nubes y raíces a través de la cortina de agua que se extiende sin fin, cosida al cielo con hilo de hielo. De vez en cuando los ojos inmóviles de la mujer vislumbran también al diácono que, embozado en su pelliza, resbala bajo el agua y la nieve. Oye cómo las palabras que decía entre sueños borbotean bajo el agua. El diácono también se desvanece, desapareciendo bajo el blancor de la nieve; sólo se oye alguna palabra suya, más recia, que, con un sonido tenue y cortante, se quiebra cortada, descuartizada por los añicos de cristal del hielo que corretea por el agua.
Y todo se derrumba. Y no se ve más que a ella misma en el fondo de la barca, junto al ataúd, sin Condrat, sin el diácono. Grita su nombre. No se ve nada, ya no hay nada: y tal vez por ello su grito no llega ni siquiera hasta ella, que también ha desaparecido. Se ha desvanecido al igual que el bosque, que las nubes, que las calles, que Condrat. Ahora todo es blanco y reina la calma. Y el blancor y el silencio son tan densos, tan rebosantes, tan espesos, tan heladores, que el cierzo se oye retumbar, hostigado en algún lugar fuera del mundo...
  • ¡Dame el hacha!
Las palabras suenan sin fuerza, desde algún lugar más allá de lo blanco y del silencio, y Fenia reconoce en ellas la voz de Condrat. “Puede que sean sus palabras, que llevan años perdidas por aquí”. Condrat habla despacio con ella y con todo el mundo, “quién sabe dónde habrá escondido las palabras éstas, que ahora salen del escondite y vagan solas, en busca de aquellos tiempos en los que aquí vivía gente. ¿Cómo sería la vida entonces? Ah, ya... también vívía Vica”. Y las palabras de Condrat regresan de nuevo desde más allá de lo blanco:
- ¡Fenia, dame el hacha!
“Las palabras no consiguen morir, agonizan”. Fenia siente lástima por las palabras de Condrat y quiere librarlas del sufrimiento, para que no deambulen perdidas por el lugar en el que antaño había gente; para traerlas a este mundo, donde está ella, donde están los muertos.
Estira la mano, dura como un témpano, para quitar la nieve gruesa que la separa de las palabras de su marido. Araña el hielo con las uñas. Se esfuerza por apartar la nieve y el hielo de la gruesa pared, pero no lo consigue. Las palabras correndel otro lado, se oyen cada vez con menos fuerza, se alejan, vagan solas. Fenia pega el oído al muro de nieve y estira la mano, pero resbala y cae. Como un trozo de madera, la palma de su mano topa de repente con una mano grande, ardiente, sudorosa, tendida hacia ella. Agarra la mano, cuyo calor enseguida reconoce, y recuerda, también de repente, que esa misma mano la ha acariciado, a ella, a Fenia, cuando era joven. ¿Cuántos años habrán pasado desde entonces? Aprieta con fuerza la mano ardiente de antaño, para no perderla. Algo se ha partido. Se ha resquebrajado el blancor que une el cielo con el agua en la que se ha hundido la barca; a través de la grieta hendida en el hielo que inunda el firmamento, Fenia ve a Condrat, agachado hacia ella, mirándola con sus desvaídos ojos azules:
- ¡Levántate, Fenia, y dame el hacha!
Fenia trata de levantarse. Suelta la mano de Condrat y siente cómo la palma resbala por su cuerpo. A tientas encuentra el hacha tirada en el fondo de la barca, al lado del pico y de la pala, junto al ataúd. Intenta levantar el mango del hacha, pero no acierta a entender si lo ha levantado o no. Más tarde encuentra la palma de la mano, que sigue debajo de la mejilla, aún aplastada contra la arpillera que cubre el ataúd – aunque se había levantado y se había vuelto a sentar en el mismo sitio – y le invade un sueño profundo.
Condrat corta algunas ramas de un roble frondoso y las deja caer en la barca, lejos de la mujer. Suelta el hacha y empieza otra vez a empujar la barca con el remo. El diácono duerme en paz: ya no habla en sueños.
 
 

About this issue

This July, The Observer Translation Project leaves its usual format to present a special CRISIS ISSUE. Things are tough all over. Hard Times suddenly feels like the book of the moment. The global economic crisis impacts life as we know it, and viewed from Bucharest the effects reverberate in domains that include geo-politics and publishing in Romania and abroad, with the crisis at The Observer Translation Project as an instance of a universal phenomenon. read more...

Translator's Choice

Author: Stelian Tănase
Translated by: Jean Harris

From Maestro: A Melodrama. Episode 7

Emiluţa has an unfortunate thought. She’ll throw herself off the top of the building. Why? What the fuck? Let’s say for the cause of PeaceonEarth, for the slumdogs, Europe, for the lonely. Which is to say she doesn’t have a ghost of a reason. Viva Walachia! The way things stand, if ...

Translator’s Note
Translator’s Note: a synopsis
Author: Ştefan Agopian
Translated by: Ileana Orlich

How I Learned to Read (from Tache de Catifea / The Velvet Man)

The bearded man was the owner of an apothecary shop where he worked with two apprentices. Nobody paid me any mind, so I spent all day in what was supposed to be the shop. I say this because it was a large, dark room full of odors—a mix of smells from everywhere. The room hadn’t been cleaned ...

Translator’s Note
Re: Learning to Read, from Tache de catifea / The Velvet Man
Author: Gabriela Adameşteanu
Translated by: Patrick Camiller

Wasted Morning - Napoleon in Bucharest

“What you’ve got here is heaven on earth,” Vica says as she drops onto the kitchen chair. “But where’s your mother?” “At work,” Gelu lazily replies, leaning sideways against the door. “She’s doing mornings this week, didn’t you know?” He is tall and thin, with unset ...

Author: Petre Ispirescu
Translated by: Jean Harris

Youth Without Age and Life Without Death

It happened once as never before-y, ‘cause if it couldn’t be true, it wouldn’t make a story about the time when the poplar tree made berries and the willow tree broke out in cherries, when bears began to brawl with their tails, and wolf and lamb, unfurling their sails, threw arms around each ...

Translator’s Note
On Petre Ispirescu
Exquisite Corpse

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17 December
Tardes de Cinema Romeno
As tardes de cinema romeno do ICR Lisboa continuam no dia 17 de Dezembro de 2009, às 19h00, na ...
14 December
Omaggio a Gheorghe Dinica Proiezione del film "Filantropica" (regia Nae Caranfil, 2002)
“Filantropica” è uno dei film che più rendono giustizia al ...
12 December
Årets Nobelpristagare i litteratur Herta Müller gästar Dramaten
Foto: Cato Lein 12.12.2009, Dramaten, Nybroplan, Stockholm I samband med Nobelveckan kommer ...
10 December
Romanian Festival @ Peninsula Arts - University of Plymouth
13 & 14 November 2009. Films until 18 December. Twenty of Romania's most influential and ...
10 December
Lesung und Gespräch mit Ioana Nicolaie
Donnerstag, 10. Dezember, um 19.30 Uhr Ort: Szimpla Café Gärtnerstrs.15, ...
 
 

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