Los días fueron largos entonces, como despojados para siempre de oscuridad, polvorientos y tristes. Él, con una mirada infinita y rodeado de ángeles, detenía nuestra marcha desde algún lugar y nos permitía descansar. La saliva se volvió al final un algodón correoso y la palabra pereció. Nos sentamos en el camino como en un silencio emponzoñado y el sol, caído de costado, ensangrentó
Como una infatigable máquina de guerra, el Armenio echó a rodar sus pasos hacia el agua verdosa, hacia aquel charco apestoso. Ioan, como un espectro, lo siguió de cerca en el aire polvoriento. Tenue, la luz se colaba entre ellos, alejándolos.
- Vamos a parar aquí, hombre, para elevar nuestras oraciones, dijo el Armenio.
- ¡Yo voy a recitar el alfabeto! - dijo Ioan mirando con desgana - pues, como
nos enseña la literatura mística, el alfabeto contiene en sí mismo todos los rezos, hasta la comunicación misma con los ángeles.
- Sí, hombre, dijo el Armenio quitándose la armadura polvorienta, también
Philander von Sittewald hacía lo mismo, y un suabo o un batavio, no recuerdo ahora, dijo mirando el montón de hierro del que se había despojado Nicolaus Grudius, el mismo que acababa sus cartas con aquella fórmula tan agradable: “Hasta pronto, gran caballero; espera en breve una respuesta favorable”, dijo que no está bien dejarse afligir por la falta de gratitud.
Al decir esto, el Armenio se quedó desnudo ante la mirada de Ioan, y éste, el atribulado geógrafo, también. Dos enormes pilas de hierro yacían a sus pies, vencidas por los cuerpos blancos y andrajosos.
- Galen, dijo Ioan, recomienda un baño de azufre tras la derrota en la guerra.
- ¡Y no sólo eso! dijo un liviano anticuario, vestido de judío, en algún lugar del
mundo. Llevaba un hatillo de libros bajo el brazo, que deshizo delante de ellos. ¡Compren, señores!, dijo, y dio un paso atrás.
Diez libros se desperdigaron por el suelo siguiendo este orden: Catalogus plantarum sicularum, Mundos Subteraneus de Kircher, Descartes: Les passions de l`âme d`Indangine: Chiromance et Physiognomie editado en Rouen, una obra sin título de Pseudo-Aristóteles, Encelius: De re Metalica, Hieroglyphica, la traducción apócrifa del egipcio, Pellegrini: Del concetto poetico, completamente destartalado, Olahus: Procesus Universalis y Comenius con su obra titulada Pampaedia.
- Estos libros, dijo Ioan mirándolos, me recuerdan aquellos tiempos mejores
en que los leía.
- Compren, señores, repitió Herţog, el anticuario, y vuestras mercedes vivirán
una y otra vez tiempos de paz.
El sol brilló medio torcido, rojo y triste como un abalorio de coral hacia el borde de sus miradas y los angustió enormemente.
- Lo mismo el abalorio de Antiterra es igual, dijo Ioan mirando el sol, molesto por la luz del velo purpúreo, cual clámide arrugada en su mirada.
Como dos emperadores se mostraron entonces tristes, desvestidos e implacables. Se dirigieron solemnes hacia el agua y pisaron su verdosa telaraña.
- Está caliente como una sopa agria, hombre, dijo el Armeno dando un paso y sintiendo como se le hunde el pie en el cieno como si fuera algodón, ufano por el cosquilleo: el cosquilleo del agua en el cuerpo agotado. Y al instante no se veía más que sus cabezas, como si hubieran sido colocadas en una bandeja de pórfido, en medio de una espera muda y perenne.
El anticuario Herţog se acercó hasta la orilla del agua y les leyó del libro titulado Pampaedia, en concreto, un fragmento del capítulo Pandidascalia, justo donde dice:
“¿Pero qué es, de hecho, un pandidascalus? Es un conocedor de la Pampaedia.”
Y a continuación:
“Para que el pandidáscalo sea realmente lo que tiene que ser, debe perseguir un triple propósito en su didáctica: la universalidad, la simplicidad y la espontaneidad.”
Leyó con agrado y entonación, y se alegraron mucho, dado que así es como pensaban los dos en aquel entonces.
Luego hablaron de los baños de Betseda, que están cerca de
Después Ioan recordó algo que había vivido y empezó a contarlo:
1. Historia del Cacodemonio de Cantemir
En 1800, como tenía algo de dinero, decidí viajar, y no para descubrir algo que desconocía, sino porque acababa de salir de una enfermedad y tenía el cuerpo y la cabeza extenuados. Me compré una Biblia, me hice el hatillo con lo poco que tenía y, una mañana cálida y serena emprendí mi camino. Era el comienzo de un precioso otoño, un tiempo idóneo para el viaje.
No elegí un camino determinado y ni siquiera ahora podría decir por qué puerta de Bucarest salí: tampoco me importaba. Sólo era feliz porque me aprestaba a viajar y porque no dejaba ninguna preocupación a mis espaldas: y tampoco me esperaba preocupación alguna en el camino que había emprendido. Un día recogí un palo más grueso que, usándolo como cayado, fue mi compañero durante mucho tiempo.
El primer día de mi viaje transcurrió en silencio, en medio de la luz dorada de aquel otoño. Tenía un mendrugo de pan y como la orilla del camino estaba llena de ciruelos sin injertos no tuve que detenerme para comer. Jamás me hubiera imaginado que las ciruelas y el pan podían ofrecer comida tan abundante. Hacia el atardecer preparé mi madriguera en un pajar y bajo la luz del crepúsculo de aquel día abrí la Biblia y leí las siguientes palabras:
“Señor, mi corazón no es soberbio y mis ojos desconocen la vanidad; no codicio lo que es demasiado difícil y elevado para mí. ¡Al contrario! ¡He calmado y refrenado mi corazón! Igual que el niño destetado está junto a su madre, así está mi corazón, como un niño destetado en mi interior. Israel, confía en tu Señor ahora y para siempre”
y una gran serenidad descendió sobre mí junto a
- ¡Ven aquí, hombre, así te calientas y charlamos un rato!
Era un cacodemonio viejo y gruñón. Se había enrollado la cola alrededor del cuerpo y miraba el fuego. Tampoco levantó la mirada cuando volvió a decir:
- ¡No tenemos ninguna gracia!
Sólo entonces me desperté de veras y como una muela podrida pero que no
provoca ningún dolor fui a la vez vacilante y mortal aquella noche. Bajé del pajar en el que me había instalado y me acerqué al fuego. El cacodemonio de Cantemir tenía una bota de vino tinto de la que bebimos en silencio, pasándonosla el uno al otro. Miré de reojo y a escondidas a mi vecino. Tenía la cara como una ciruela seca, pero de otro color, algo parecido a una mezcla de amarillo azafrán con ocre y con un poco del azul de
- ¿No tendrás algo de tabaco?
Saqué la bolsa de tabaco y se
caso es que ya no volví a verla. No tuve el valor de pedirle que me la devolviera, así que durante un tiempo fingí no haber tenido nunca semejante bolsa, aunque lo único que hacía era pensar en ella. Tosí, dándola ya por perdida, y volví a beber de
Hizo como que no me oía, así que lo repetí, mirándolo directamente a los ojos, lo cual me provocaba un inmenso cansancio en los músculos oculares, así que despatarré la mirada todo lo que pude y le dije:
- ¡No está mal el vino! pero mirándolo fijamente y con voz serena.
Se rió, desvelando los muñones de los dientes y un burro llegado de alguna parte se mofó también él también, desvelando sus muelas gigantes.
Grandes hojas de tabaco amarillo empezaron a caer desde el cielo justo encima de los rescoldos y durante un rato ardieron con llamas azules. Meloso y agrio, su aroma se esparció por la tierra y nos envolvió. En un momento dado las estrellas entraron en el ocaso y una brisa fría se posó sobre nuestros hombros; yo tenía el cuerpo entumecido. Bebimos otra vez de la bota y nos entraron ganas de hablar. Dije:
- En este momento, Ulises acaba de matar a los pretendientes, a esos príncipes frágiles y avaros.
Se río para sí y sacó un reloj de una sola manecilla, la que señala la hora y sin cristal, se lo acercó a la oreja y lo pegó al oído, no se oía nada, lo sacudió, pero tampoco se escuchó nada. Asqueado, tiró el reloj al fuego y dijo:
- ¡Sí!
Y el reloj se convirtió en una mancha negra que empezó a hacer tictac, señalando las tres con su manecilla larga y negra. Lo cogió del fuego y se lo metió en el bolsillo.
- ¡Lo mismo se había congelado! dijo. Pues como estaba diciendo… ¡acaba de matar a los pretendientes ésos frágiles y avaros! dijo recostándose de lado.
De algún lugar sacó un palillo de oro y empezó a escarbarse entre los muñones. Aleteando con sus pesadas alas, llegaron dos sillones. El cacodemonio se incorporó y me invitó a sentarme en uno de ellos. Me senté y luego se sentó también él. Como dos reyes estuvimos allí sentados, dominando la llanura.
- Es casi el momento, dijo, en el que acaba con la vida de los pretendientes.
Una brisa se abatió sobre nosotros, sentados allí en ambos tronos dorados y nos sojuzgaron pendencieros pensamientos.
2. La historia de los pretendientes contada por el Cacodemonio
Los pretendientes son animales hostiles - dijo el cacodemonio clavado en su sillón y haciendo brillar su palillo de oro bajo la luz de la luna - y llenos de encanto, de meliflua mirada y sinuosos movimientos, como la serpiente, dijo, los muy hipócritas, añadió. No existe en el mundo baño turco donde no te los encuentres, juegan a los dados en las escaleras que hay cerca del agua y, si te tropiezas con ellos y les pides perdón, como es propio de una persona de mundo, ellos ni se inmutan y siguen a lo suyo, los muy perfumados. Y si estiras la pierna y con la uña del dedo gordo le rascas la espalda a uno de ellos, embadurnados como están con esos maldichos aceites perfumados, para llamarle la atención de alguna manera, el agua pestañea roñosa y embriagadora. Ya puedes rascarle un buen rato, que es como si arañaras la gruesa muralla de una iglesia.
Un buen día, justo una hora después de las doce, me entraron unas ganas locas de tomarme un sorbete y un vaso de agua fría, y casi me pongo malo recorriendo los arrabales con esta idea perezosa en la cabeza, perseguido por una multitud de niños.
- ¡Es el mismo diablo! dijo un hombre del lugar, mirándome con atención,
pero hacía tanto calor que no le importó lo que me dijo y la verdad es que a mí tampoco.
Iba yo vestido según la moda occidental, cosa que, en cierto modo, me ayudaba, pues podía abanicarme con la chistera, aunque no lo suficiente, porque hacía un calor pegajoso, como de mercadillo, y la luz resbalaba por encima del mundo como un turrón, empapándola con su pringue. No sé qué me pasó, pero el caso es que estornudé y el estornudo abrió un hueco en el calor y apareció un pequeño griego de lo más invernal y acicalado, que empezó a ponerme los dientes largos con lo que yo tanto deseaba: un sorbete y un baño turco. Dos acacias enanas y llenas de espinas me habían desgarrado la ropa, así que rompí una espina y empecé a pinchar a mi griego que, sumiso, apretaba el paso. El camino se alargó hasta lo indecible, entre árboles reducidos a ceniza, iglesias rojizas y charcos pestosos, ajomate y lentejas de agua. ¡Quién sabía adónde íbamos y de dónde veníamos! El cañón meridiano retumbó por encima de la ciudad, anunciando la hora occidental. Dieron de repente las cuatro y el sol se colocó en diagonal sobre nuestras cabezas, mostrándonos la hora verdadera. Atrás habíamos dejado el vacío y los campos, gordos y sebosos camaradas nos embriagaban en las cafeterías, dulces aromas nos envolvían, arrebatadores alcoholes, enormes antojos aleteaban sobre nosotros, derrotándonos. Detrás caminaba el griego por las callejuelas estrechas y polvorientas.
- ¡Llegamos enseguida! dijo él, y brilló el triunfo en su mirada al decir esto.
Los vapores del baño turco nos golpearon al entrar, entorné los ojos y pude ver el cartel, ligeramente inclinado hacia un lado, pintado con tinta roja y verde: “Baño turco” y en una parte habían pintado un gordo que sudaba y que nos echaba una mirada amarilla y feliz. Me acerqué todo lo que pude y rasqué con la uña aquella mirada amarilla, examinándola. El gordo abrió la boca y dijo:
- ¡Bienvenidos! y de su boca, una vez pronunciadas estas palabras, surgió un ojo que nos miró meloso.
- ¡Entremos! dijo el griego y un sudor frío resbaló por mi cuerpo.
Desde algún lugar, el sol menguó como la cabeza de un niño muerto. El gordo se rió desde
- ¡Bienvenidos!
Con su brillo torcido, el cartel se inclinó hacia nosotros; rojas y verdes, las letras
se fundieron en mi cabeza, juntándose: “Baño turco”, fue lo que leí. El gordo Trimalchion asintió y una puerta se abrió perezosa hacia nosotros. Pisamos las baldosas de malaquita en medio de una fresca y perenne penumbra. Un humo fino y perfumado nos envolvió y uno que fumaba una pipa de agua, sentado a la turca delante de ella, nos dijo mientras exhalaba el humo con parsimonia:
- ¡Yo soy el dueño!
Alegrándome de que el dueño fuera él le dije:
- ¡Me alegro!
El chapoteo del agua se oía desde algún lugar de
desaparecido quién sabe donde, y ya nada me importaba cuando dije:
- ¡Quisiera darme un baño!
Me miró con asombro, se levantó, largo y delgado, y con una voz cualquiera
dijo:
- ¡Vale, como quieras! y tras dar un par de palmadas vinieron dos rollizos que me cogieron por las axilas y empezaron a arrastrarme. Cuando llegué donde estaba el agua me dieron un empujón y me caí en el piscina como el que se cae en un pilón. Uno de ellos me tiró un libro de lo más destartalado, diciéndome:
- ¡Léelo, y así te entretienes!
El libro flotaba en el agua, abierto, y al traerlo hacia mí pude leer: “Y a los descarriados que habían quedado en los tiempos de Asa, su padre, los hizo desaparecer de nuestra patria.”
Y luego:
“Él alabó a Baal, ante el que se santiguó, y encolerizo al Dios de Israel, tal y como había hecho su padre”. Estas palabras me enternecieron y entonces el libro se hundió hasta el fondo, de modo que no pude ver nada. Feliz por todo lo que había leído empecé a ir de un sitio para otro por el agua, que unas veces estaba caliente y otras fría, y allí donde más caliente estaba me tumbé sobre las escaleras, tratando de dormir. Cuando me levanté se oía una multitud de ruidos, pero imposibles de distinguir, y una agradable oscuridad se esparcía sobre nosotros y el chapoteo del agua me recordó todo lo que había pasado y dónde estábamos. Un gordo blancuzco zangoloteó a mi alrededor, y hasta se tumbó a mi lado: al verme la cola se alegró como un imbécil y, mirándola sin parar, al final dijo:
- ¿Puedo tocarla? Hasta tendió la mano, que parecía un calabacín, tratando de cogerme
- ¡Espera, hombre, a qué viene tanta prisa!
Me levanté y le pasé la cola por delante de las narices, pero parece que mi gesto le gustó una barbaridad porque él, que estaba blanco, se puso rojo y soltó un mugido de bestia acuchillada. Aumentó entonces el arrullo que había a mi alrededor y de un brinco decidí elevarme por encima de ellos: el techo se abrió ante mí y no tardé en verme rodeado por el polvo del camino, y el agua que me caía a chorretones, cada vez más abundante y apestosa, enseguida formó un charco gigante que, soñoliento, empezó a engullirme.
3. La refriega de los pandidascales
Una mañana como de alcohol nos envolvió hacia el final, altos y pálidos, mientras estábamos en nuestros sillones, apoltronados e inexpugnables. El frescor de la noche y la niebla se juntaron en las órbitas de nuestros ojos y si ningún antojo por satisfacer pusimos rumbo a la llanura.
Como aves frescas y naturales, los pensamientos ya no merodeaban aturdidos. Un cielo azul oscuro nos invadió: un cielo de otro mundo, de otra vida, de otros sucesos.
El burgo se juntó rojizo en nuestra mirada. Caminamos por calles estrechas, perros enfermizos nos miraron con maldad, pero no les hicimos caso y, siguiendo nuestra marcha, empujamos el mundo hacia adelante. Torres azoradas como senos nos recibieron en el cielo. Aquellos relojes empezaron de repente a dar una hora sempiterna:
- ¡Es la hora! Dijo el cacodemonio. ¡Vamos!
Lo seguí y pronto llegamos a una plaza circular con fuentes pobladas por
dragones y quimeras. Sobre un edificio gigante como un ayuntamiento ondeaban banderas multicolores. Rodeamos una fuente para llegar al edificio. No nos recibió nadie, pero al cacodemonio aquello pareció no importarle.
El congreso de los pandidascales ya había empezado cuando nosotros llegamos. Uno de ellos, pertrechado con un embudo, gritaba algo desde un estrado y señores ancianos movían sus cucuruchos con tal de escucharlo, en función de cómo se meneaba el sujeto de marras. El cacodemonio de Cantemir me arrastró tras de sí y nos sentamos en la mesa de la presidencia, donde cuatro cacodemonios malencarados dirigían
Una parte de los pandidascales dejó sus cucuruchos y empezó a aplaudir, los demás miraban apesadumbrados. Cuando los aplausos se desvanecieron, un anciano pandidascal, al que se le caía la baba por la comisura de los labios, pidió la palabra y los cacodemonios de la presidencia se
- Pitágoras fue anterior a Etálides, el hijo de Hermes, luego vino Euforbo, Hermótimo, y después Pirro, pescador de Delos: sólo al final, después de todos, vino Pitágoras. En ese momento empezó a ahogarse y la tos le impidió hablar durante un buen rato, pero la cosa es que tosía tan bien, que todos pensaron que seguía hablando e inclinaban la cabeza en señal de aprobación, y cuando terminó de toser aplaudieron, aunque esta vez la otra mitad de los pandidascales. El caso es que no había acabado, como yo creía, porque acto seguido dijo:
- Y ahora vamos a ver lo que dice Jámblico sobre todo esto.
Y empezó a describir la fiesta que ofreció Pirro, el pescador de Delos, cuando casó a su segunda hija con uno de nombre Brontinus, la persona de confianza del tirano Polícrates, el año aquél en que la cosecha de judías llamadas kyamos había sido de lo más copiosa.
El invierno nos pilló de golpe, mientras el anciano pandidascal hablaba, las ventanas de abrieron como arrancadas de cuajo y alegres, y la nieve descendió sobre nosotros: aquella ventisca nos cuajó
- ¿Pero cuáles son las habas a las que los griegos llaman kyamos?
Dio una palmada y dos sirvientes trajeron un cazo enorme, humeante, y un
cucharón, y se lo pusieron delante. Metió el cucharón en el cazo y, salivando estrepitosamente, empezó a comer sin importarle nada.
Entre bocado y bocado dijo:
- ¡Está divina!
Los pandidascales de su bando aplaudieron felices. El zampabollos del estrado
puso fin rápidamente al contenido del cazo, eructó satisfecho al final y dijo:
- ¡Pitágoras hacía lo mismo!
Un pandidascal soltó su cucurucho y acercándose al estrado se presentó como
doctor en medicina: sacó un tubo, lo colocó sobre la barriga del que había ingerido las habas kyamos y se quedó así un rato, escuchando lo que acontecía en la panza. Después le tomó el pulso, le examinó la lengua que, obediente, el orador sacó todo lo que pudo y, al final, declaró que tenía una salud de hierro. La sala estalló en hurras y ovaciones, y los pandidascales derrotados abandonaron apesadumbrados la sala.
4. El banquete de los pandidascales
El banquete de los pandidascales empezó hacia las ocho de la tarde en los salones del Ayuntamiento. Alguien había detenido la ventisca y la plaza de las fuentes estaba ahora iluminada por miles de antorchas. Las quimeras de las fuentes habían iniciado una grácil danza, esparciendo la nieve como en un juego de fuegos artificiales y entonando un cántico de alabanza en honor de los pandidascales vencedores. Cientos de carrozas multicolores traían a los pandidascales desde donde habían tenido a bien quedarse antes de que empezara la fiesta, y los dejaban delante de las escaleras de mármol del Ayuntamiento, que dos mayordomos de librea barrían a cada momento para quitar la nieve esparcida por las ruedas de las carrozas. Una caterva de sosegados ciudadanos se amontonaba curiosa en la plaza y por culpa de su cálido jadeo empezó la nieve a derretirse y a formar charcos plateados. Los invitados no dejaban de llegar y cuando aparecieron los cacodemonios que habían dirigido el congreso, la muchedumbre los reconoció y estallaron gritos de hurra y aplausos. Ellos brizaron sus colas en señal de agradecimiento, mientras los vigilantes les hacían sitio para pasar, recurriendo para ello a sus porras cortas y llenas de nudos. Un pintor semioficial empezó raudo un dibujo a plumilla en el que se podía apreciar fácilmente el Ayuntamiento y los cuatro cacodemonios que movían sus colas. Fue condecorado con la orden del Pandidascal de Plata y elevado al rango de Caballero de












